Nació en Saavedra, provincia de Buenos Aires, el 4 de agosto
de 1915; su padre y su madre vinieron de la provincia de Palermo
en Italia en la década del diez.
Quizá su vocación la heredó de su padre,
quien trabajo también como ferroviario; pero lo cierto
es que Juan comenzó a trabajar desde muy pequeño,
“para agregar una papa más a la olla”.
Comenzó a cursar sus estudios primarios en Coronel Pringles;
en 1926 se traslada a la ciudad de Las Flores y en 1927 se radica
en Olavarría. Aquí finaliza sus estudios primarios
en la Escuela 8.
Desde pequeño, cuidó autos en las ferias de remates
de hacienda, vendió peras por las calles y fue canillita
de a pie.
Su mirada se ilumina cuando recuerda la Olavarría de aquellos
tiempos: El actual Boulevard Del Valle, era un zanjón y
más allá había quintas. Pasando la Avenida
Colón, había pocas casas; estaba la fábrica
de alpargatas de Lázaro y después, era todo campo.
Fue testigo de la construcción del Ferrocarril Provincial,
inaugurado en 1930 y de la habilitación de la nueva Intendencia,
en 1934.
Aprendió el oficio de plomería y hojalatería
con Don Juan Echeverría, oficio con el cual se ganó
la vida, de los catorce a los dieciocho años.
Ingresa al Ferrocarril, como peón, el 24 de diciembre de
1934 en un puesto provisorio y por tres años; su trabajo
consistía en hacer relevos por francos a cambistas y peones.
Simultáneamente, hace prácticas de telégrafo
y estudios de oficina.
Queda como efectivo en la estación López Camelo,
actualmente la estación se llama Ricardo Gaviña:
allí aprende a cocinar, lavarse la ropa y demás
menesteres domésticos, pues vive solo en un paraje donde
sólo estaba la estación de trenes y un par de construcciones
más.
A los veintitrés años es ascendido a Jefe de Estación
en el pueblo de Martinetas. Todo un logro, pero él quería
ser Maquinista: “Quería dominar a ese monstruo de
hierro”.
Con ese objetivo, deja su puesto para trasladarse a Hinojo, donde
debe comenzar de nuevo hasta aprobar el examen final.
Mientras espera el turno para rendir, su trabajo consiste en cargar
carbón, con la fuerza de sus brazos; luego es foguista
de las legendarias máquinas a vapor y acompaña al
maquinista del tren.
Recuerda la Escuela Técnica Manuel Zorrilla, de la Fraternidad
y luego su viaje a Buenos Aires donde le otorgan el certificado
tres inspectores, “con felicitaciones”.
En 1949 es maquinista por primera vez, conduciendo el tren de
pasajeros Olavarría-Bahía Blanca.
Estudia luego el manejo de Máquinas Diesel, obteniendo
el certificado correspondiente.
Se desempeña entonces como maquinista de primera, en el
recorrido Plaza Constitución-Bahía Blanca. Luego
de varios años de actividad, se retira y se dedica a armar
una casa de venta de artículos del hogar.
Reflexiona: “Siempre hay medios para ganarse la vida, aprender
oficios...”. “Antes, la diversión en Olavarría,
y en todas las ciudades era hasta las dos de la mañana.
Luego, todo el mundo a dormir, para poder volver al trabajo...”
Respecto al ferrocarril, estima que los trazados que están
hoy abandonados, podrían rehacerse: las vías están,
y de llevarse a cabo sería un gran apogeo para todo el
interior.
Su testimonio de vida lo plasmó en un libro: Historia del
Ferrocarril Sud, General Roca y Ferrosur-Roca, del año
2004.
Allí expresa, a modo de mensaje de presentación:
“Soy maquinista, soy ferroviario...tengo ese orgullo y esa
pasión...soy responsable de la alegría y la tristeza
que da el adiós”.
Don Juan Castiglia, con sus noventa agostos a cuestas, vio crecer
nuestra ciudad y nuestra provincia; sabe de las luchas, de los
fracasos y de los triunfos; juntó toda la experiencia que
da el tiempo vivido intensamente y aún hoy, desde su voz
clara y amena, deja traslucir la esperanza y el optimismo, la
fe en nosotros los ferroviarios y a todos aquellos que con su
enorme esfuerzo contribuyeron y contribuyen a hacer grande a la
ciudad de Olavarría, que en este mes festeja sus primeros
ciento treinta y ocho años de vida.