Cuando
el viernes 4 de este mes veía un flamante edificio donde
funciona un jardín de infantes que ese día no tenía
alumnos ni docentes, sentía que había en esa visión
una inevitable incongruencia. Por un lado estaba el esfuerzo del
Estado que es, al fin de cuentas, el de nosotros, los del llano
que aportamos para ello- que construía una casa confortable
y funcional para el servicio al que fue destinada, y por el otro
la actitud de un gremio que, se supone, es pensante y racional,
que no concurrió a trabajar porque llegaba al país
un presidente de la nación democrática más
poderosa del planeta, elegido por su pueblo y en función
de un encuentro continental para considerar asuntos de interés
común a 34 naciones libres y soberanas. Y más aún,
venía porque el gobierno de nuestro país había
aceptado, complacido, ser sede y anfitrión de esos jefes
de Estado americanos. Lo demás que venía en la misma
ocurrencia era para deplorar un día de escolaridad perdido
sin frutos para nadie sino para satisfacción del llamado
de grupos políticos que, no por casualidad, en las elecciones
de apenas una semana antes, no habían logrado en ninguna
localidad del país un solo representante, de los cientos
de candidatos que presentaron. Porque ese paro era un acto más
de la convocatoria general del izquierdismo más enconado
para expresar repudio a la presencia del jefe de gobierno norteamericano,
expresión absolutamente política en la que la Escuela
(con mayúscula) no debió involucrarse.
Al día siguiente, el representante gremial
de los docentes, Alex Hiese, formulaba lamentos porque la respuesta
de sus dirigidos no había sido sino parcial, a la vez que
desgranaba las explicaciones que creía necesarias para
justificar ese paro en parte fracasado. Según lo que dijo,
no era un acto de repudio a la presencia del señor Bush
“sino que lo que repudiamos son las políticas que
nos impone Estados Unidos y el neoliberalismo en general, y que
hacen que las condiciones -tanto de la educación como de
otros ámbitos- se deterioren", Mi razón no
da para entender ni conocer qué políticas nos impone
a nosotros, que integramos una nación soberana y con gobierno
legítimo, el país del Norte y por qué, ante
eso que sería un atropello de lesa nacionalidad paramos
un día de clases como única respuesta que, desde
donde se lo mire, no conduce a nada práctico sino a perder
algo valioso que es el encuentro con los educandos a los que,
en rigor, deberíamos explicarles, dando clase, en qué
consiste esa imposición extraña a nuestra condición
de independientes. No hay que ir más lejos para hallar
el fundamento de esa postura expuesta por el dirigente gremial
de los docentes, porque a renglón seguido habla del “neoliberalismo”,
referencia totalmente ideológica que ingresa de rondón,
injustificadamente, en el concepto profesional, sin mucha preocupación
por analizarla en sus alcances y significado.
Pero no terminan ahí las incongruencias
de esa jornada de paro ni en las explicaciones del señor
Hiese que, por constituir opiniones son, precisamente, opinables
como, de igual modo lo son las que aquí expongo. "Nosotros
sostenemos que hemos sufrido una derrota cultural en los años
90...” agregaba y de ahí mi sorpresa porque, que
se sepa, si hay eso, que lo hay, es producto del consentimiento
gracioso de nuestra comunidad y por falencias que bien pueden
atribuirse a la escuela, que no defiende lo que constituye el
sustento de nuestra cultura nacional cada vez más invadida.
Me preguntaba cómo es posible, por ejemplo, que no haya
respuesta para subordinaciones reiteradas a usos y costumbres
que no son de nosotros pero tienen adhesión entusiasta
y voluntaria, no impuesta. Me remito, por ejemplo, a la adhesión
al “hollowin” (o como se llame) que se ha instalado
sin la menor resistencia y sin que haya generado una lucha de
la cual se derive la “derrota” mencionada por el señor
Hiese. Pero tampoco la escuela se ha preocupado por defender cuestiones
idiomáticas que atentan hasta contra el sentido común,
como es que dos letras mayúsculas que pueden ser una C
y una D no son entre nosotros una ce y una de sino una ci y una
di, indudablemente una derrota cultural producida no por imposición,
sino por la penetración foránea sin lucha ni resistencia
de nuestra parte. Es incongruente quejarse de esas “derrotas”
cuando todo es consentido y admitido como la cosa más natural
del mundo, menos cuando hay que justificar un paro.
En otro párrafo el dirigente gremial refiere
a algunas tibias expresiones de rechazo al paro y las rechaza
diciendo que "a nosotros no nos parece excesivo el paro,
lo que sí nos parecería un exceso es que la escuela
mire para otro lado". Esta incongruencia tiene que ver con
que la escuela mira para otro lado cuando para repudiar una invasión
cultural los docentes, en vez de plantarse frente al aula y señalar
lo que está mal y dar las precisiones para corregirlo abandona
su tarea, hace de lo que debería ser una jornada de aprendizaje
de lo que debe ser para oponerlo, un día de jolgorio. ¿O
es que el señor Alex Hiese imagina que los docentes que
pararon ese día dedicaron las horas de ausencia del aula
a la meditación sobre lo que le pasa a nuestra cultura,
y a planificar acciones para su mejor defensa?
Nuestra derrota cultural será
más contundente en la medida en que no tomemos conciencia
de que un paro de esa naturaleza no produce otra cosa que una
deplorable pérdida de un día de actividad en las
aulas, un día que pudo beneficiarse instruyendo a nuestros
alumnos sobre algunos de los tantos modos prácticos de
plantarnos ante los que quieran imponernos políticas ajenas
a nuestros intereses. Un paro por razones políticas o ideológicas
no es un acierto del que pueda vanagloriarse un dirigente gremial
ni los que le obedecieron porque significa, en síntesis,
una derrota sufrida por inacción. Los que sí pueden
sentir que lucharon bien contra la ignorancia son los que no faltaron
ese día a su compromiso en el aula. Todo lo demás
que se diga para justificar aquel error cederá ante la
contundencia de una respuesta dada por quienes obedecieron al
llamado de la escuela y desoyeron lo otro.
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