edición 109 - 19 de Noviembre - 3975/5000 ejemplares -
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Incongruencias de un paro docente
por Octavio Físner Oliva


Cuando el viernes 4 de este mes veía un flamante edificio donde funciona un jardín de infantes que ese día no tenía alumnos ni docentes, sentía que había en esa visión una inevitable incongruencia. Por un lado estaba el esfuerzo del Estado que es, al fin de cuentas, el de nosotros, los del llano que aportamos para ello- que construía una casa confortable y funcional para el servicio al que fue destinada, y por el otro la actitud de un gremio que, se supone, es pensante y racional, que no concurrió a trabajar porque llegaba al país un presidente de la nación democrática más poderosa del planeta, elegido por su pueblo y en función de un encuentro continental para considerar asuntos de interés común a 34 naciones libres y soberanas. Y más aún, venía porque el gobierno de nuestro país había aceptado, complacido, ser sede y anfitrión de esos jefes de Estado americanos. Lo demás que venía en la misma ocurrencia era para deplorar un día de escolaridad perdido sin frutos para nadie sino para satisfacción del llamado de grupos políticos que, no por casualidad, en las elecciones de apenas una semana antes, no habían logrado en ninguna localidad del país un solo representante, de los cientos de candidatos que presentaron. Porque ese paro era un acto más de la convocatoria general del izquierdismo más enconado para expresar repudio a la presencia del jefe de gobierno norteamericano, expresión absolutamente política en la que la Escuela (con mayúscula) no debió involucrarse.

Al día siguiente, el representante gremial de los docentes, Alex Hiese, formulaba lamentos porque la respuesta de sus dirigidos no había sido sino parcial, a la vez que desgranaba las explicaciones que creía necesarias para justificar ese paro en parte fracasado. Según lo que dijo, no era un acto de repudio a la presencia del señor Bush “sino que lo que repudiamos son las políticas que nos impone Estados Unidos y el neoliberalismo en general, y que hacen que las condiciones -tanto de la educación como de otros ámbitos- se deterioren", Mi razón no da para entender ni conocer qué políticas nos impone a nosotros, que integramos una nación soberana y con gobierno legítimo, el país del Norte y por qué, ante eso que sería un atropello de lesa nacionalidad paramos un día de clases como única respuesta que, desde donde se lo mire, no conduce a nada práctico sino a perder algo valioso que es el encuentro con los educandos a los que, en rigor, deberíamos explicarles, dando clase, en qué consiste esa imposición extraña a nuestra condición de independientes. No hay que ir más lejos para hallar el fundamento de esa postura expuesta por el dirigente gremial de los docentes, porque a renglón seguido habla del “neoliberalismo”, referencia totalmente ideológica que ingresa de rondón, injustificadamente, en el concepto profesional, sin mucha preocupación por analizarla en sus alcances y significado.

Pero no terminan ahí las incongruencias de esa jornada de paro ni en las explicaciones del señor Hiese que, por constituir opiniones son, precisamente, opinables como, de igual modo lo son las que aquí expongo. "Nosotros sostenemos que hemos sufrido una derrota cultural en los años 90...” agregaba y de ahí mi sorpresa porque, que se sepa, si hay eso, que lo hay, es producto del consentimiento gracioso de nuestra comunidad y por falencias que bien pueden atribuirse a la escuela, que no defiende lo que constituye el sustento de nuestra cultura nacional cada vez más invadida. Me preguntaba cómo es posible, por ejemplo, que no haya respuesta para subordinaciones reiteradas a usos y costumbres que no son de nosotros pero tienen adhesión entusiasta y voluntaria, no impuesta. Me remito, por ejemplo, a la adhesión al “hollowin” (o como se llame) que se ha instalado sin la menor resistencia y sin que haya generado una lucha de la cual se derive la “derrota” mencionada por el señor Hiese. Pero tampoco la escuela se ha preocupado por defender cuestiones idiomáticas que atentan hasta contra el sentido común, como es que dos letras mayúsculas que pueden ser una C y una D no son entre nosotros una ce y una de sino una ci y una di, indudablemente una derrota cultural producida no por imposición, sino por la penetración foránea sin lucha ni resistencia de nuestra parte. Es incongruente quejarse de esas “derrotas” cuando todo es consentido y admitido como la cosa más natural del mundo, menos cuando hay que justificar un paro.

En otro párrafo el dirigente gremial refiere a algunas tibias expresiones de rechazo al paro y las rechaza diciendo que "a nosotros no nos parece excesivo el paro, lo que sí nos parecería un exceso es que la escuela mire para otro lado". Esta incongruencia tiene que ver con que la escuela mira para otro lado cuando para repudiar una invasión cultural los docentes, en vez de plantarse frente al aula y señalar lo que está mal y dar las precisiones para corregirlo abandona su tarea, hace de lo que debería ser una jornada de aprendizaje de lo que debe ser para oponerlo, un día de jolgorio. ¿O es que el señor Alex Hiese imagina que los docentes que pararon ese día dedicaron las horas de ausencia del aula a la meditación sobre lo que le pasa a nuestra cultura, y a planificar acciones para su mejor defensa?

Nuestra derrota cultural será más contundente en la medida en que no tomemos conciencia de que un paro de esa naturaleza no produce otra cosa que una deplorable pérdida de un día de actividad en las aulas, un día que pudo beneficiarse instruyendo a nuestros alumnos sobre algunos de los tantos modos prácticos de plantarnos ante los que quieran imponernos políticas ajenas a nuestros intereses. Un paro por razones políticas o ideológicas no es un acierto del que pueda vanagloriarse un dirigente gremial ni los que le obedecieron porque significa, en síntesis, una derrota sufrida por inacción. Los que sí pueden sentir que lucharon bien contra la ignorancia son los que no faltaron ese día a su compromiso en el aula. Todo lo demás que se diga para justificar aquel error cederá ante la contundencia de una respuesta dada por quienes obedecieron al llamado de la escuela y desoyeron lo otro.

 
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