Y llegan las fiestas nomás.
Un evento que suele ser emparentado con la buena mesa, aunque
esta asociación sea un mito más, como el Papá
Noel escapado de la publicidad de una gaseosa en 1931.
En general la profusión y el surtido, suelen ser enemigos
del buen gusto y la buena mesa; y menos si el comer y el libar
derivan inevitablemente en las gotitas digestivas al día
siguiente.
¡Qué quiere que le diga, no parece ser un momento
cumbre para el disfrute gastronómico! (¿estará
bien que así sea?). Para alcanzar ciertos placeres hedónicos,
se requiere de una placidez y unas compañías que
no son características de estas fiestas.
La cena de fin de año suele ser para muchos las consagración
de vaya uno a saber qué lealtades familiares que, según
esta creencia, no pueden manifestarse tomando mate una tarde cualquiera.
Y no me nieguen que más de uno habrá pensado en
pasar las fiestas lejos, lejos, brindando bajo las estrellas…sobre
todo en esos casos en que se suscitan entreveros familiares del
tipo “si va aquel, yo no voy”; “¿No les
gustó lo que preparé para la cena?, lo voy a tener
en cuenta”; “Mirá aquellos, que no vinieron
a ayudar a preparar la mesa”.
Pero antes de que mi tía Edelia se enoje y me culpe de
contribuir al quebranto de los lazos familiares, me apresuro a
aclarar que las familiares cenas navideña y findeañera
guardan cierto encanto, los cuales desde ya no están relacionados
al disfrute gozoso de la buena mesa, en la que esta columna se
especializa.
En primer lugar, y como ya se ha señalado para otras navidades,
la tradición europea en las comidas está reñida
con el clima veraniego que en general abraza diciembre. Suele
ser costumbre el recargarse de comidas calóricas; y a la
cena de navidad le sucede, como una bomba impiadosa, la cena de
año nuevo apenas una semana después. Los turrones
sobrecargan la cena de Nochebuena en pleno verano (curiosamente
desaparecen de las góndolas de los supermercados en invierno,
cuando su consumo sería más lógico).
Por suerte, siempre suelen aparecer familiares bien intencionados
que, en las noches festivas de diciembre, se muestran partidarios
del helado y la ensalada de fruta.
Si alguno tiene suerte, como en mi caso, logrará eludir
el Pío Nono (hace un tiempo algún precavido de la
familia logró evitarle la tarea culinaria a la tía
Edelia). Y si logran superar el Vitel Toné, desacertada
e inexplicable unión de carnes rojas y blancas, podrá
darse por satisfecho.
No podrá evitarse el apuro por masticar algo antes de que
se hagan las doce y suceda la jubilosa ceremonia de los fuegos
artificiales; y en mi caso, que la tía Edelia se me ponga
triste. Después vendrán impiadosamente las garrapiñadas,
el pan dulce, el maní con chocolate y los budines con frutas
secas.
El lector atento podrá esperar un consejo de parte mía,
en lo que hace delicatessens. La moderna cocina gourmet recomendaría
para una navidad de verano, como la que tenemos, para la entrada,
una ensalada de palta, apio, manzana verde y ananá, con
la que puede acompañarse pescado, incluso kanikama. Entrada
bien fresca, para un día de calor. Como principal, una
buena carne en escabeche, que puede ser un peceto, junto a una
ensalada de berros (ofrecida ahora como excentricidad).
En cuanto a bebidas uno puede aconsejar que, en lugar de helar
los espumantes, como es manía argentina, se los sumerja
con hielo y agua en un baldecito, para no cometer la imprudencia
de arruinarlos. Uno puede aconsejar y aconsejar, pero difícil
alcanzar el disfrute tranquilo de lo que se injiere, no se le
presta atención en estas fechas. Pero, siempre hay un pero,
en soledad, en pareja o pasadas las doce, puede existir un momento
de distensión para el goce de un buen espumante.
Al final, uno podrá decir… “pese a todo, nos
reunimos”. Ah, a mi tía Edelia este año se
encarga de la ensalada rusa, le sugerí que a la mayonesa
le agregara un morrón en aceite licuado, en la certeza
de que eso le dará un sabor diferente.