edición 110 - 19 de Diciembre - 3975/5000 ejemplares -
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Una de Fantasmas (cuento)
Por Lic. Ceferino D. Lazcano


La pampa no tiene muchos siglos de historia, de poblaciones con sus anécdotas y sucedidos. A medida que nos alejamos del primer centro urbano a orillas del río pantanoso y gris, la historia se vuelve más delgada, con menos años. Los árboles se aferran con menos raíces a la tierra y aún sigue viva la sangre aborigen, que también tiene sus leyendas y su historia.
De todos modos, en el escaso siglo y pico de confrontación y propiedad blanca, han corrido ríos de sangre, ríos de lágrimas de sacrificios, torrentes de sudor y de sufrimientos, como para que a este pañuelo verde que es la llanura bonaerense, acertemos a ponerle el nombre de gaucho, darle características que parecen haber estado desde siempre. Y aún con nuestros pocos años encima de este suelo ya hemos olvidado tantos lugares y tantas cosas para constituirlas en tradición...
Ya tenemos pueblos fantasmas, abandonados a la buena de Dios, a un costado del camino; escondidos entre el yuyal y los altos árboles hay escombros, paredes a medio demoler. Vida pasada.
Hay muchos pueblos fantasmas por acá nomás, taperas solitarias, taperas colectivas.
En una de las estribaciones de la Sierra Negra, supo florecer a un tiempo una hermosa villa cementera.
Regalo de la mirada y delicia para los ojos obreros cuando salían de su trabajo arduo y disciplinado.
El verde del follaje, las ondulaciones del horizonte, el cielo ornamentado de estrellas y silencio daba a esas mentes la idea provechosa de que le mundo seguía siendo atractivo, ahí mismo.
Un día como cualquier otro, excelentes profesionales encontraron una gran veta de yacimiento mineral debajo del pueblo, y entonces ocurrió lo peor: la fuga, el éxodo hacia otros destinos y en poco tiempo el poblado quedó casi solo.
El hombre, que hace y deshace, tiró abajo casas y edificios para sacar de más hondo que estos cimientos, material para hacer casas, edificios, techos y cimientos.
Marcelino Menéndez, empleado de la Villa, decidió quedarse. Casi muerto de tristeza vio cómo las topadora tiraban abajo las casas de sus compañeros de trabajo, el club, cómo amontonaban escombros en la pileta olímpica.
El se quedó. Su casa tenía grietas como su corazón. Pero se quedó con sus pocas pilchas y su soledad.
Cada vez le costó más reconstruir el paisaje de verde, el cielo contento, el cansancio del trabajo pasado y el ruido de los motores.
Un viento malo soplaba y soplaba, entre los postigos y los ladrillos desnudos.
Una noche, mientras dormía, vio venirséle encima todas las estrellas del cielo junto con la pared en desnivel y de allí en más el pueblo quedó deshabitado.
El Inventor de Leyendas Bizarras, durante una excursión de pesca al Arroyo Perdido, se vio obligado a hacer noche entre aquel caserío perdido. Sabía de los peligros por los pozos de cuarenta metros, ocultos entre las maleza y con la boca hambrienta, abierta.
Así que le voleó la pata al alambrado y se quedó cerca del club, con su radio, su mochila y su linterna a esperar la aurora.
Un alegre viento del este le acunó los pensamientos y se quedó dormido, justo debajo del mostrador.
Despertó pronto, aún era oscuro, algo como un rayo de ginebra le azotó las mejillas y al abrir los ojos vio ese destello lúgubre que parecía mirarlo desde encima de la pared más alta del club sin techo.
Despierto y alerta, apagó la radio para no gastar más en pilas; y se sintió observado por esa figura sin pupilas.
Una voz de barreno emergió desde la pared alta:
-No tengas miedo, con mi luz muerta te voy a decir dónde está mi parte en la tierra. Si te animas, te pido que a esa parte la lleves al camposanto y que el Señor cura le diga unas misas y que mis pocos parientes me recen unos Padrenuestros y que vos te acuerdes y pidas por mi alma.
Y se apagó el estruendo y voló el fantasma y como un gran colmillo fue a clavarse en dos sitios entre los eucaliptos negros.
En uno de ellos, con la primera luz de la madrugada, encontré sus huesos vestidos con traje de obrero y en el otro pozo donde se había hincado aquel esqueleto, hallé un cofre con todas sus cosas de valor: objetos de plata, de oro y un sobre con fotografías.
Invertí los objetos preciosos en un tumba; deposité los registros fotográficos junto con la urna en la que le dimos cristiana sepultura y sólo guardo en un armario muy escondido, una foto color sepia desteñido, en la que Marcelino, alto, robusto en su lozanía, me mira con ojos agradecidos, desde la cima de la Sierra Negra, su franca sonrisa de antaño desafiand

 
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