La pampa no tiene muchos siglos de historia,
de poblaciones con sus anécdotas y sucedidos. A medida
que nos alejamos del primer centro urbano a orillas del río
pantanoso y gris, la historia se vuelve más delgada, con
menos años. Los árboles se aferran con menos raíces
a la tierra y aún sigue viva la sangre aborigen, que también
tiene sus leyendas y su historia.
De todos modos, en el escaso siglo y pico de confrontación
y propiedad blanca, han corrido ríos de sangre, ríos
de lágrimas de sacrificios, torrentes de sudor y de sufrimientos,
como para que a este pañuelo verde que es la llanura bonaerense,
acertemos a ponerle el nombre de gaucho, darle características
que parecen haber estado desde siempre. Y aún con nuestros
pocos años encima de este suelo ya hemos olvidado tantos
lugares y tantas cosas para constituirlas en tradición...
Ya tenemos pueblos fantasmas, abandonados a la buena de Dios,
a un costado del camino; escondidos entre el yuyal y los altos
árboles hay escombros, paredes a medio demoler. Vida pasada.
Hay muchos pueblos fantasmas por acá nomás, taperas
solitarias, taperas colectivas.
En una de las estribaciones de la Sierra Negra, supo florecer
a un tiempo una hermosa villa cementera.
Regalo de la mirada y delicia para los ojos obreros cuando salían
de su trabajo arduo y disciplinado.
El verde del follaje, las ondulaciones del horizonte, el cielo
ornamentado de estrellas y silencio daba a esas mentes la idea
provechosa de que le mundo seguía siendo atractivo, ahí
mismo.
Un día como cualquier otro, excelentes profesionales encontraron
una gran veta de yacimiento mineral debajo del pueblo, y entonces
ocurrió lo peor: la fuga, el éxodo hacia otros destinos
y en poco tiempo el poblado quedó casi solo.
El hombre, que hace y deshace, tiró abajo casas y edificios
para sacar de más hondo que estos cimientos, material para
hacer casas, edificios, techos y cimientos.
Marcelino Menéndez, empleado de la Villa, decidió
quedarse. Casi muerto de tristeza vio cómo las topadora
tiraban abajo las casas de sus compañeros de trabajo, el
club, cómo amontonaban escombros en la pileta olímpica.
El se quedó. Su casa tenía grietas como su corazón.
Pero se quedó con sus pocas pilchas y su soledad.
Cada vez le costó más reconstruir el paisaje de
verde, el cielo contento, el cansancio del trabajo pasado y el
ruido de los motores.
Un viento malo soplaba y soplaba, entre los postigos y los ladrillos
desnudos.
Una noche, mientras dormía, vio venirséle encima
todas las estrellas del cielo junto con la pared en desnivel y
de allí en más el pueblo quedó deshabitado.
El Inventor de Leyendas Bizarras, durante una excursión
de pesca al Arroyo Perdido, se vio obligado a hacer noche entre
aquel caserío perdido. Sabía de los peligros por
los pozos de cuarenta metros, ocultos entre las maleza y con la
boca hambrienta, abierta.
Así que le voleó la pata al alambrado y se quedó
cerca del club, con su radio, su mochila y su linterna a esperar
la aurora.
Un alegre viento del este le acunó los pensamientos y se
quedó dormido, justo debajo del mostrador.
Despertó pronto, aún era oscuro, algo como un rayo
de ginebra le azotó las mejillas y al abrir los ojos vio
ese destello lúgubre que parecía mirarlo desde encima
de la pared más alta del club sin techo.
Despierto y alerta, apagó la radio para no gastar más
en pilas; y se sintió observado por esa figura sin pupilas.
Una voz de barreno emergió desde la pared alta:
-No tengas miedo, con mi luz muerta te voy a decir dónde
está mi parte en la tierra. Si te animas, te pido que a
esa parte la lleves al camposanto y que el Señor cura le
diga unas misas y que mis pocos parientes me recen unos Padrenuestros
y que vos te acuerdes y pidas por mi alma.
Y se apagó el estruendo y voló el fantasma y como
un gran colmillo fue a clavarse en dos sitios entre los eucaliptos
negros.
En uno de ellos, con la primera luz de la madrugada, encontré
sus huesos vestidos con traje de obrero y en el otro pozo donde
se había hincado aquel esqueleto, hallé un cofre
con todas sus cosas de valor: objetos de plata, de oro y un sobre
con fotografías.
Invertí los objetos preciosos en un tumba; deposité
los registros fotográficos junto con la urna en la que
le dimos cristiana sepultura y sólo guardo en un armario
muy escondido, una foto color sepia desteñido, en la que
Marcelino, alto, robusto en su lozanía, me mira con ojos
agradecidos, desde la cima de la Sierra Negra, su franca sonrisa
de antaño desafiand