A fin de año puede parecer que el
tiempo transcurrió veloz e incontrastable, que el calendario
marchó con demasiada prisa, sensación común.
Pero una visión optimista, la que siempre es recomendable
adoptar, puede llevarnos a pensar que cada año que pasa
es un año ganado. Individualmente, si lo supimos vivir,
si aprendimos a paladear un poco más nuestra vida, habremos
atesorado experiencias.
Más interesante aún es observar que también
colectivamente, se gana en conocimiento a través del paso
del tiempo.
Están los que dudan acerca de la madurez de la sociedad
argentina, los que siempre tienen a tiro la frase “esto
no tiene arreglo”.
Pero es verdad que nuestra historia es corta y un país
formado de inmigración cuenta recién con las primeras
grandes generaciones de argentinos. Pese a todo ¿alguien
puede creer fehacientemente que nada hemos aprendido como pueblo?.
¿Alguien puede pensar que no se han hecho aprendizajes
sociales?. ¿Se puede suponer que el corralito, la crisis
política y social, las alquimias políticas gestadas
en un estudio de televisión, el trueque, los cartoneros,
los patacones, las cuasi monedas, los cuasi economistas, los piquetes,
la amenaza del riesgo-país, la deuda, el default, la compra,
el remate y la readquisición, han pasado por el costado
de nuestra vida como si nada?
¿Alguien puede creer fielmente que la sociedad permaneció
incólume frente a la realidad?. Salvo que los argentinos
seamos tan estoicos que necesitemos mayores dosis de tragedia
para aprender, la realidad no debió sernos indiferentes.
¿O pasaron desaprensivos los pueblos de Europa por las
guerras y crisis económicas que les tocó vivir en
el siglo XX?, más bien comprendieron la necesidad de ponerse
de acuerdo, de no ver al adversario político como un enemigo,
de construir y de unirse.
Un año que pasa, en naciones como la nuestra, es un año
ganado. Un año más de historia común compartida.
Todo pasa, pero como dice Serrat, todo queda, es decir, todo se
atesora y va templando nuestro sentimiento como pueblo.
En este mes de diciembre se nos ofrece un hecho político
significativo y sintomático del aprendizaje social. El
flamante legislador Bielsa, ex canciller, amagó con un
salto ornamental a la embajada de Francia sin hacer siquiera escalas
en el puesto para el cual el pueblo lo había elegido. Las
críticas no se hicieron esperar, y debió desandar
sus pasos a París en apenas 24 horas. Piruetas políticas,
comunes en el pasado reciente, ahora condenadas socialmente. De
todas maneras, no ha de cargar el individuo Bielsa con jugadas
en las que cabría preguntarse quién, detrás
de quién, la trama empieza.
La ubicuidad oficial en los medios no logró eclipsar las
imágenes de Borocotó cambiando de bando en puntas
de pie, desertando del partido que lo llevó en sus listas,
ni bien obtuvo su banca como legislador, para guarecerse en la
plácida sombra del gobierno. Tampoco en este caso la sociedad
hizo la vista gorda.
Por no hablar del ex ministro superpoderoso, que se asomó
al juego electoral, ofreciendo renovado pasaporte para viajar
al primer mundo en clase turista, pero esta vez la sociedad no
se dejó encantar ante tales ofrecimientos. El ex ministro
debió quedarse en las gateras.
La lista de casos se irá completando a medida que la sociedad
siga creciendo y cierta clase política acompañe
relegada y resignada los cambios.
Para el año que viene y los que vendrán, tenemos
que tener la esperanza de que sacaremos tanta enseñanza
del pasado, que podremos avanzar con sabiduría de pueblo
maduro.
Es de esperar que también cada uno de nosotros viva así
cada año de su vida: como un año ganado, viviéndolo
a fondo. Todo pasa, pero también todo queda. La experiencia
vivida, es lo que nos hará sacar chapa de país grande
y serio.
(*) Sociólogo. Graduado en la Univ.
de Buenos Aires