edición 110 - 19 de Diciembre - 3975/5000 ejemplares -
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Democracia a la deriva
por Octavio Físner Oliva


Los diversos espectáculos que podríamos denominar pos electorales que vivimos estos días en los distintos ámbitos legislativos y de gobierno obligan, muy a pesar del sentimiento republicano, a un pesimismo con solidez de fundamento en lo que tiene que ver con el futuro democrático y, más aún, republicano de nuestro país. Una simple observación a vuelo de pájaro sobre los acontecimientos de la semana de juramento y asunción de ministros y legisladores nos indica que no se dan los indicadores característicos de la plena vigencia democrática, además de alterarse la esencia del republicanismo que es, por encima de cualesquiera otras consideraciones, la negación de la concentración del poder en una sola voluntad, única y omnímoda, que clausura la independencia de los poderes del Estado.
No se puede censurar que el presidente haya designado a sus ministros siguiendo una línea ideológica y de obediencia acorde con su proyecto, porque eso no es sino el uso de una facultad exclusiva que nadie puede oponer en ninguna instancia. Ello no enerva, sin embargo, la presunción de que hay en las designaciones un componente político que no va de acuerdo con la naturaleza del sistema republicano y democrático que reiteradamente ha expresado la población, diametralmente contraria a la opresión, la prepotencia y la amenaza que se ejerza o que se tolere y aliente desde la cima del poder. El hecho de que en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno se hayan exteriorizado gestos y vítores estentóreos a favor del movimiento montonero es, de por sí, un indicio negativo para el futuro de la plenitud democrática entre nosotros. Si a ello se añade el hecho deplorable del despliegue de una bandera insignia de esa cofradía de violentos en ese mismo recinto de la sede del gobierno de la Nación, tenemos otro ingrediente que estimula el pesimismo cívico actual.
No se trata de enfrentar la intolerancia que ponen de manifiesto esos grupos afines a las ideas del presidente de la Nación, con otra intolerancia que pretenda calificación mejor que la otra, pero sí de expresar un indicio preocupante y un hecho cierto que se debería tener en cuenta, como es recordar que montoneros fue puesto fuera de la ley por un decreto de autoridad legítima de la República que, a pesar del tiempo transcurrido en democracia, no se tiene noticia alguna de que haya sido derogada esa medida. No puede, entonces, menos que causar inquietud que dicho movimiento vinculado con la subversión y los crímenes de los que fue inspirador en los años 70 tenga, en uno de los salones más calificados de la Casa Rosada, tanta aquiescencia oficial para sus manifestaciones y exposición de intenciones. Recordemos que el decreto 2452, Boletín Oficial 12/11/75, firmado por la presidente de la República Isabel Perón, elegida por la más imponente mayoría de sufragios que registra la historia nacional, declaraba a montoneros una asociación ilícita de carácter terrorista, lo que la incluía en la orden de combatirla hasta su aniquilación por las fuerzas legales de la Nación.
LA ASUNCIÓN DE LEGISLADORES
Las crónicas periodísticas de los mismos días dan cuenta de la repetición de expresiones de adhesión, eufóricas y altisonantes, a favor del mismo montonerismo que en los 70 quiso imponer, por la violencia y el terror, las consignas y sistemas políticos contrarios al modelo republicano y democrático propuesto por los constituyentes del 53, para esta Argentina hoy en estado de confusión cívica evidente. Y esto señala, igualmente, un camino que no parece consultar sinceramente el pensamiento mayoritario de la ciudadanía, si observamos que en las elecciones del 23 de octubre las izquierdas revolucionarias en las que abrevó el partido montonero fueron rotundamente rechazadas, a tal punto que ninguno de los cientos de postulantes a bancas legislativas de todo nivel de esa procedencia logró ser elegido, y que los candidatos del gobierno sólo obtuvieron un porcentaje menor de las voluntades cívicas que, consideradas en su conjunto y comparadas con los votos emitidos a favor del partido del gobierno, dan apenas un 25%, nivel numérico al que se llega, formalmente, cuando hay que certificar el respaldo que lo sustenta para alentar como lo hace, prácticamente sin la menor posibilidad de apelación, el retorno y la instalación en el poder institucional de los que, ahora como funcionarios y representantes, son personeros de aquel movimiento cuyos excesos criminales lo siguen siendo en la consideración formal de los hechos, aun cuando se los excluya astutamente de todas las menciones que les conciernen.
Y fueron, tanto en la Legislatura de la ciudad autónoma de Buenos Aires como la de la provincia y en el Congreso Nacional, los aspectos relacionados con las actitudes, banderas y consignas de los grupos afines a aquellos subversivos, más la moderna inclusión de los piqueteros, lo más llamativo de cada uno de los actos protocolares de juramento de los nuevos representantes. Notorios altos funcionarios, ahora convertidos en diputados o senadores, destacaron actitudes tales como la que certificó la nota gráfica de los flamantes que entonaban el Himno Nacional con acompañamiento de ademanes y posturas que los identificaron como pertenecientes y activos militantes de aquel movimiento subversivo. Las imágenes de la televisión mostraron, además y con gravitante nivel de intimidación, la grita destemplada y amenazadora que producían los nombres de quienes provienen de otras vertientes de lo que queda del pluralismo político propio de lo que queda de la democracia en nuestro país actual.
Cada quien que tuvo acceso a la información que aquí se comenta tiene derecho de interpretación, de aceptación o de disensión con absoluta libertad, pero no hay que desechar del todo la posibilidad de que también eso vaya quedando reducido a expresiones menores de tolerancia, dado que el espíritu del movimiento ideológico dominante en este momento y expandido estratégicamente por el elenco gobernante no es, exactamente, ése de permitir la libre expresión del pensamiento. El léxico, los gestos y las detonantes expresiones de los montoneros reciclados de hoy nos remiten, inevitablemente, a sus correrías setentistas que tanta sangre, tragedias y mortificaciones le causaron a la sociedad nacional, y de lo cual tuvo que derivar tanta sangre, tragedias y mortificaciones cuando un gobierno constitucional dio la orden de reprimirlas para salvar a la República de aquellos predadores.
¿TAL ES EL PROYECTO OFICIAL?
A medida que desarrollaba las meditaciones precedentes apretaba la inquietud en una intención, tal vez ingenua, de dilucidar cuál es, en síntesis, la verdadera posición del jefe del gobierno municipal, Helios Eseverri, en relación con esta realidad cívica. Porque no hay que dejar de lado que en reiteradas ocasiones hizo expresa mención de su adhesión entusiasta al “proyecto del presidente”, y a un no explícito concepto de “socialismo democrático” que lo impulsaron a cambiar de rótulo político. Es que el análisis de los hechos que caracterizaron ese fulgurante y corto período de instalación de gente nueva en instituciones antiguas lleva a preguntarse si eso, también, es parte del proyecto presidencial o de un todavía ignorado manifiesto socialista democrático, y cual el grado de coincidencia que tiene con esos matices que no auguran el advenimiento de una era de templanza.
A veces son las formas las que definen el fondo que da origen a cambios de conductas o de dirección de la adhesión o del rechazo. Porque cuando los procedimientos y los sistemas que sostienen proyectos de gobierno asumen las formas que están hoy expuestas a la consideración pública, poco es lo que puede apostarse a favor del sobrevivir democrático que podemos esperar, dado que para eso uno de los primeros actos de prevención y defensa es lograr la moderación de toda manifestación de violencia, o de reivindicación de los modos que no causaron más que dolor y tragedia.
 
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