Los diversos
espectáculos que podríamos denominar pos electorales
que vivimos estos días en los distintos ámbitos legislativos
y de gobierno obligan, muy a pesar del sentimiento republicano,
a un pesimismo con solidez de fundamento en lo que tiene que ver
con el futuro democrático y, más aún, republicano
de nuestro país. Una simple observación a vuelo de
pájaro sobre los acontecimientos de la semana de juramento
y asunción de ministros y legisladores nos indica que no
se dan los indicadores característicos de la plena vigencia
democrática, además de alterarse la esencia del republicanismo
que es, por encima de cualesquiera otras consideraciones, la negación
de la concentración del poder en una sola voluntad, única
y omnímoda, que clausura la independencia de los poderes
del Estado.
No se puede censurar que el presidente haya designado a sus ministros
siguiendo una línea ideológica y de obediencia acorde
con su proyecto, porque eso no es sino el uso de una facultad exclusiva
que nadie puede oponer en ninguna instancia. Ello no enerva, sin
embargo, la presunción de que hay en las designaciones un
componente político que no va de acuerdo con la naturaleza
del sistema republicano y democrático que reiteradamente
ha expresado la población, diametralmente contraria a la
opresión, la prepotencia y la amenaza que se ejerza o que
se tolere y aliente desde la cima del poder. El hecho de que en
el Salón Blanco de la Casa de Gobierno se hayan exteriorizado
gestos y vítores estentóreos a favor del movimiento
montonero es, de por sí, un indicio negativo para el futuro
de la plenitud democrática entre nosotros. Si a ello se añade
el hecho deplorable del despliegue de una bandera insignia de esa
cofradía de violentos en ese mismo recinto de la sede del
gobierno de la Nación, tenemos otro ingrediente que estimula
el pesimismo cívico actual.
No se trata de enfrentar la intolerancia que ponen de manifiesto
esos grupos afines a las ideas del presidente de la Nación,
con otra intolerancia que pretenda calificación mejor que
la otra, pero sí de expresar un indicio preocupante y un
hecho cierto que se debería tener en cuenta, como es recordar
que montoneros fue puesto fuera de la ley por un decreto de autoridad
legítima de la República que, a pesar del tiempo transcurrido
en democracia, no se tiene noticia alguna de que haya sido derogada
esa medida. No puede, entonces, menos que causar inquietud que dicho
movimiento vinculado con la subversión y los crímenes
de los que fue inspirador en los años 70 tenga, en uno de
los salones más calificados de la Casa Rosada, tanta aquiescencia
oficial para sus manifestaciones y exposición de intenciones.
Recordemos que el decreto 2452, Boletín Oficial 12/11/75,
firmado por la presidente de la República Isabel Perón,
elegida por la más imponente mayoría de sufragios
que registra la historia nacional, declaraba a montoneros una asociación
ilícita de carácter terrorista, lo que la incluía
en la orden de combatirla hasta su aniquilación por las fuerzas
legales de la Nación.
LA ASUNCIÓN DE LEGISLADORES
Las crónicas periodísticas de los mismos días
dan cuenta de la repetición de expresiones de adhesión,
eufóricas y altisonantes, a favor del mismo montonerismo
que en los 70 quiso imponer, por la violencia y el terror, las consignas
y sistemas políticos contrarios al modelo republicano y democrático
propuesto por los constituyentes del 53, para esta Argentina hoy
en estado de confusión cívica evidente. Y esto señala,
igualmente, un camino que no parece consultar sinceramente el pensamiento
mayoritario de la ciudadanía, si observamos que en las elecciones
del 23 de octubre las izquierdas revolucionarias en las que abrevó
el partido montonero fueron rotundamente rechazadas, a tal punto
que ninguno de los cientos de postulantes a bancas legislativas
de todo nivel de esa procedencia logró ser elegido, y que
los candidatos del gobierno sólo obtuvieron un porcentaje
menor de las voluntades cívicas que, consideradas en su conjunto
y comparadas con los votos emitidos a favor del partido del gobierno,
dan apenas un 25%, nivel numérico al que se llega, formalmente,
cuando hay que certificar el respaldo que lo sustenta para alentar
como lo hace, prácticamente sin la menor posibilidad de apelación,
el retorno y la instalación en el poder institucional de
los que, ahora como funcionarios y representantes, son personeros
de aquel movimiento cuyos excesos criminales lo siguen siendo en
la consideración formal de los hechos, aun cuando se los
excluya astutamente de todas las menciones que les conciernen.
Y fueron, tanto en la Legislatura de la ciudad autónoma de
Buenos Aires como la de la provincia y en el Congreso Nacional,
los aspectos relacionados con las actitudes, banderas y consignas
de los grupos afines a aquellos subversivos, más la moderna
inclusión de los piqueteros, lo más llamativo de cada
uno de los actos protocolares de juramento de los nuevos representantes.
Notorios altos funcionarios, ahora convertidos en diputados o senadores,
destacaron actitudes tales como la que certificó la nota
gráfica de los flamantes que entonaban el Himno Nacional
con acompañamiento de ademanes y posturas que los identificaron
como pertenecientes y activos militantes de aquel movimiento subversivo.
Las imágenes de la televisión mostraron, además
y con gravitante nivel de intimidación, la grita destemplada
y amenazadora que producían los nombres de quienes provienen
de otras vertientes de lo que queda del pluralismo político
propio de lo que queda de la democracia en nuestro país actual.
Cada quien que tuvo acceso a la información que aquí
se comenta tiene derecho de interpretación, de aceptación
o de disensión con absoluta libertad, pero no hay que desechar
del todo la posibilidad de que también eso vaya quedando
reducido a expresiones menores de tolerancia, dado que el espíritu
del movimiento ideológico dominante en este momento y expandido
estratégicamente por el elenco gobernante no es, exactamente,
ése de permitir la libre expresión del pensamiento.
El léxico, los gestos y las detonantes expresiones de los
montoneros reciclados de hoy nos remiten, inevitablemente, a sus
correrías setentistas que tanta sangre, tragedias y mortificaciones
le causaron a la sociedad nacional, y de lo cual tuvo que derivar
tanta sangre, tragedias y mortificaciones cuando un gobierno constitucional
dio la orden de reprimirlas para salvar a la República de
aquellos predadores.
¿TAL ES EL PROYECTO OFICIAL?
A medida que desarrollaba las meditaciones precedentes apretaba
la inquietud en una intención, tal vez ingenua, de dilucidar
cuál es, en síntesis, la verdadera posición
del jefe del gobierno municipal, Helios Eseverri, en relación
con esta realidad cívica. Porque no hay que dejar de lado
que en reiteradas ocasiones hizo expresa mención de su adhesión
entusiasta al “proyecto del presidente”, y a un no explícito
concepto de “socialismo democrático” que lo impulsaron
a cambiar de rótulo político. Es que el análisis
de los hechos que caracterizaron ese fulgurante y corto período
de instalación de gente nueva en instituciones antiguas lleva
a preguntarse si eso, también, es parte del proyecto presidencial
o de un todavía ignorado manifiesto socialista democrático,
y cual el grado de coincidencia que tiene con esos matices que no
auguran el advenimiento de una era de templanza.
A veces son las formas las que definen el fondo que da origen a
cambios de conductas o de dirección de la adhesión
o del rechazo. Porque cuando los procedimientos y los sistemas que
sostienen proyectos de gobierno asumen las formas que están
hoy expuestas a la consideración pública, poco es
lo que puede apostarse a favor del sobrevivir democrático
que podemos esperar, dado que para eso uno de los primeros actos
de prevención y defensa es lograr la moderación de
toda manifestación de violencia, o de reivindicación
de los modos que no causaron más que dolor y tragedia.
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