En cada oportunidad que tenía de viajar
a algún templo volvía con filtros de agua bendita
y después de colocarla en un frasco vaporizaba toda la
casa para alejar los malos espíritus.
Cierta vez, como pasaba por aquella iglesia un río cuyas
aguas se decía que eran santas, cargó hasta el agotamiento
botellas, botellitas, bidones y hasta baldes. Al llegar a su casa
los guardó celosamente llenaba el vaporizador y recorría
todos los ambientes: gallinero, patio y vereda incluidos. A medida
que algunas botellas se iban agotando volvía en micro los
cien kilómetros para reponer el faltante. Llegó
a tener un stock que le hubiera permitido abastecer a toda la
zona durante varios meses. Pero no, egoísta al fin, guardaba
celosamente su secreto desmonizante que después de todo
no tenía fecha de vencimiento.
En un verano intenso de soles sin piedad, el galpón era
una pira mortuoria. Hervía todo cuanto estaba a su cobijo.
Así que, muy benditas, muy benditas, comenzaron a echar
un olor capaz de espantar a cualquier clase de espíritus:
buenos, malos y regulares. En su desesperación puso lo
poco que cabía en la heladera y dispuesta a no perder una
sola gota baldeó patio, zaguán y aledaños.
Integrante empapada hasta tapó su nariz para beber unos
sorbos.
Mientras un inspector municipal labraba el acta de infracción
por baldear fuera de hora y con líquido nauseabundo una
ambulancia la transportaba, fuera de sí, doblada en cólicos
y apresada fuertemente a una palangana.
Ana María de Benedictis - Azul
de su libro: Silencio de Sábado (2005)