edición 111 - 20 de Enero - 5000 ejemplares -
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Del litro a la paquetería del tres cuartos
Por Hedono


Por suerte la predica va llegando a quienes debe llegar. Alguien me envía unas estrofas que me llenan de contento: “Insista querido Hedono/ en educar el gusto fino/ sumérjanos en el vino/ a través de sus notas/ porque tomarse unas gotas/ del sumo de la vid/ supera al vodka con “spid”/ y la sesera no se embota”.
Es que el conocimiento de la cultura del vino así como de los secretos gastronómicos se ha incrementado en los últimos años. Por suerte el ser humano, salvo algunos casos patentes, dejó de alimentarse con el sólo fin de extraer la proteína de los alimentos o de beber con el sólo fin de apagar la sed. Más conocimiento significa más moderación y recato.
Y si no ¿para qué la mesa? ¿o para qué el mantel?¿o para qué determinadas copas?. Ahora el tipo empieza a hablar del cabernet sauvignón como “un vino de corte que logra combinarse de manera excelente con syrah”. Merlot, malbec, bivarietales, están en boca y paladar de una inmensa mayoría.
El sifón de vidrio verde pasó a destierro, así como al exilio marcharon las botellas de litro de Toro, Tomba o Arizu. Es que ante la excelente oferta que tiene hoy el mercado argentino, y un mayor cuidado de la silueta que quitó al vino de la rutina cotidiana para convertirlo en ocasión, o en cosa de fin de semana, se ha comenzado a elegir algo de cierto nivel. Atrás quedó aquel vino suelto que se mandaba a comprar a los niños, botella en mano (para ser llenada con el dudoso caldo).
Es la misma ecuación que lleva a la compra de un champagne en lugar de cuatro sidras, porque ya se sabe que no es lo mismo.
Ahora que el sifón de vidrio verde no está, los nuevos y bienvenidos conocedores hasta se animan a hablar de “agua mineral gasificada” para servir en la copa de al lado y con ella contribuir a una mejor degustación del vino, permitiendo disminuir el nivel de saturación del paladar.
Modestos consumidores han empezado a valorar las virtudes de una buena cuna. Comenzarán por detenerse en el proceso de descorchado, y hasta le darán un tiempo como para que el vino tome contacto con el oxigeno luego de su largo sueño en botella. Y lejos de comenzar a tragarlo cual sediento maquinista de cosecha, el nuevo conocedor se servirá un cuarto de copa, luego levantará el recipiente para observar el color del líquido a trasluz, y percibirá los aromas primarios. Luego, una leve agitación bajo las narices y la percepción de los aromas secundarios.
Recién ahí procederá a servir al resto de los concurrentes a su mesa. Hará que todos observen el deslizamiento del líquido por el cristal, lo que le permitirá catalogar el producto y hasta conocer su antigüedad.
Pero ¡cuidado!¡Que nadie lo trague! A retener el pequeño sorbo para pasar a percibir metódicamente la paleta de sabores. Cualquier anónimo y modesto catador hará comentarios tales como “notas de roble, buena crianza en madera” o “transmite la astringencia propia de un vino joven”.
La cosa se ha tornado más compleja y delicada ¿vio?. Parece haberse erradicado aquella costumbre bárbara de mezclar blancos con el chorro potente de soda, y lejos ha quedado en el tiempo aquel “viejo vino carlón” para acompañar el “pucherito de gallina” que cantaba Rivero.

 
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