Por suerte la predica va llegando a quienes
debe llegar. Alguien me envía unas estrofas que me llenan
de contento: “Insista querido Hedono/ en educar el gusto
fino/ sumérjanos en el vino/ a través de sus notas/
porque tomarse unas gotas/ del sumo de la vid/ supera al vodka
con “spid”/ y la sesera no se embota”.
Es que el conocimiento de la cultura del vino así como
de los secretos gastronómicos se ha incrementado en los
últimos años. Por suerte el ser humano, salvo algunos
casos patentes, dejó de alimentarse con el sólo
fin de extraer la proteína de los alimentos o de beber
con el sólo fin de apagar la sed. Más conocimiento
significa más moderación y recato.
Y si no ¿para qué la mesa? ¿o para qué
el mantel?¿o para qué determinadas copas?. Ahora
el tipo empieza a hablar del cabernet sauvignón como “un
vino de corte que logra combinarse de manera excelente con syrah”.
Merlot, malbec, bivarietales, están en boca y paladar de
una inmensa mayoría.
El sifón de vidrio verde pasó a destierro, así
como al exilio marcharon las botellas de litro de Toro, Tomba
o Arizu. Es que ante la excelente oferta que tiene hoy el mercado
argentino, y un mayor cuidado de la silueta que quitó al
vino de la rutina cotidiana para convertirlo en ocasión,
o en cosa de fin de semana, se ha comenzado a elegir algo de cierto
nivel. Atrás quedó aquel vino suelto que se mandaba
a comprar a los niños, botella en mano (para ser llenada
con el dudoso caldo).
Es la misma ecuación que lleva a la compra de un champagne
en lugar de cuatro sidras, porque ya se sabe que no es lo mismo.
Ahora que el sifón de vidrio verde no está, los
nuevos y bienvenidos conocedores hasta se animan a hablar de “agua
mineral gasificada” para servir en la copa de al lado y
con ella contribuir a una mejor degustación del vino, permitiendo
disminuir el nivel de saturación del paladar.
Modestos consumidores han empezado a valorar las virtudes de una
buena cuna. Comenzarán por detenerse en el proceso de descorchado,
y hasta le darán un tiempo como para que el vino tome contacto
con el oxigeno luego de su largo sueño en botella. Y lejos
de comenzar a tragarlo cual sediento maquinista de cosecha, el
nuevo conocedor se servirá un cuarto de copa, luego levantará
el recipiente para observar el color del líquido a trasluz,
y percibirá los aromas primarios. Luego, una leve agitación
bajo las narices y la percepción de los aromas secundarios.
Recién ahí procederá a servir al resto de
los concurrentes a su mesa. Hará que todos observen el
deslizamiento del líquido por el cristal, lo que le permitirá
catalogar el producto y hasta conocer su antigüedad.
Pero ¡cuidado!¡Que nadie lo trague! A retener el pequeño
sorbo para pasar a percibir metódicamente la paleta de
sabores. Cualquier anónimo y modesto catador hará
comentarios tales como “notas de roble, buena crianza en
madera” o “transmite la astringencia propia de un
vino joven”.
La cosa se ha tornado más compleja y delicada ¿vio?.
Parece haberse erradicado aquella costumbre bárbara de
mezclar blancos con el chorro potente de soda, y lejos ha quedado
en el tiempo aquel “viejo vino carlón” para
acompañar el “pucherito de gallina” que cantaba
Rivero.