Ya en los barrios no se asoman las
sillas a la vereda como hace unos años; pensándolo
bien, como hace unos cuantos años. De las nuevas generaciones,
quizá la nuestra, que creció en los años
ochenta, haya sido de las últimas que presenció
este fenómeno.
El otro día pasaba por una casa en donde dos señoras
mayores (como decimos elegantemente los argentinos) habían
salido a tomar fresco, pero ya no en la vereda, lo hacían
desde dentro de un garage y, con la puerta entreabierta escudriñaban
a los transeúntes y a los vehículos. No sea cosa
que la inseguridad las transforme en otras víctimas de
su decidido avance. En todo caso, ante cualquier merodeo extraño,
ante cualquier presencia amenazante, se reservaban el recurso
de tirar las sillas para atrás, pegar el portazo y guarecerse
en el interior de la vivienda.
Lejos de intentar un retrato en el pasado, con la ausencia de
la silla en la vereda cuando es noche en verano, lo que se reflejan
son otras ausencias y presencias.
Tal vez, la primera ausencia en estos días sea la seguridad
que, como la silla en la vereda, desapareció de las calles.
Si de algo podíamos jactarnos en las ciudades del interior
bonaerense, en Olavarría, era de la tranquilidad y de la
vida calma sin peligros aparentes.
¿La gente sentada en la vereda desapareció por la
inseguridad, o la seguridad se esfumó porque la gente se
fue de la vereda?. Cabe recordar que hay quienes sostienen que
una mayor vida social en las calles, en las plazas y en los paseos
públicos, aleja a la delincuencia.
Pero lo concreto es que hoy no está ni la silla en la vereda
que Roberto Arlt describía en la Buenos Aires de su época
(y que lo sobrevivió largamente en algunos barrios), ni
tampoco la seguridad brilla por su presencia.
La televisión, la computadora e internet, que tan interconectados
nos tiene al instante con una tormenta de nieve en Lansing, aleja
y desconecta con los vecinos de la cuadra en Olavarría.
Porque ¿dónde está la gente que antes salía
a la vereda, incluso los chicos que salían a jugar?, seguramente
están viendo la televisión.
Para que un barrio exista, para que una comunidad exista, debe
haber actividades comunes entre los vecinos, paseos públicos
que los convoquen, interconexión y hasta un sentido de
pertenencia.
Está bien, es una realidad que en muchos lugares del mundo
la vida se empieza a vivir intramuros, en la esfera privada. Y
hasta aquel que cree “tenerla clara” termina atrapado
por las imágenes hipnóticas de la caja boba.
Puede ser que haya cosas muy buenas en televisión. Puede
ser, pero también es cierto que muchas veces el zapping
suele ser tan vacío de contenido como de emociones.
La gente que arrimaba la silla a la vereda, se asomaba cuando
la luna recorría oblicuamente las calles y, como decía
el escritor Roberto Arlt, si un vecino se acercaba a conversar
hasta una silla se le ofrecía. Pero a su vez, había
chicos jugando y adolescentes en las esquinas. Esa socialización
iba generando otro tipo de conciencia, más comunitaria
y original, que la conciencia del ciudadano encerrado en la órbita
privada.
Yo recuerdo alguna vereda en la calle Nueve de Julio en la infancia,
o más tarde, algunas veredas de calles de Pueblo Nuevo
con gente sentada en enero, una luz, un portón, igual que
en un tango...
La idea no es que nos piantemos para el lado de la nostalgia sino,
más bien, notar lo que cambió, lo que mutó,
lo que perdimos y lo que se ganó. La despersonalización
del ciber, o las experiencias de vida y el trato social.
Si la característica particular de las ciudades del interior
bonaerense era la tranquilidad y la seguridad, será que
hay que recuperarlas. Porque esas ventajas comparativas serán
premiadas en el futuro de un mundo que tiende a uniformarse, sobre
todo cuando habitantes con recursos económicos de las grandes
ciudades empiecen a buscar lugares amables para residir, ante
las posibilidades del trabajo a distancia. O cuando se busquen
lugares para inversiones productivas y se resalte la seguridad.
De algo podemos estar convencidos, la seguridad y tranquilidad
debe ser un bien al que debemos seguir aspirando; eso tal vez
sume gente a las calles (no sólo del centro); o bien, abrigar
la esperanza de que las noches de verano se pueblen de gente en
la vereda, la suficiente como para espantar la insoportable levedad
del ser en tiempos de la sociedad teledirigida.
(*) Sociólogo. Graduado en
la Univ. de Buenos Aires