edición 111 - 20 de Enero - 5000 ejemplares -
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Enero sin la silla en la vereda
Por Eduardo Adrián López


Ya en los barrios no se asoman las sillas a la vereda como hace unos años; pensándolo bien, como hace unos cuantos años. De las nuevas generaciones, quizá la nuestra, que creció en los años ochenta, haya sido de las últimas que presenció este fenómeno.
El otro día pasaba por una casa en donde dos señoras mayores (como decimos elegantemente los argentinos) habían salido a tomar fresco, pero ya no en la vereda, lo hacían desde dentro de un garage y, con la puerta entreabierta escudriñaban a los transeúntes y a los vehículos. No sea cosa que la inseguridad las transforme en otras víctimas de su decidido avance. En todo caso, ante cualquier merodeo extraño, ante cualquier presencia amenazante, se reservaban el recurso de tirar las sillas para atrás, pegar el portazo y guarecerse en el interior de la vivienda.
Lejos de intentar un retrato en el pasado, con la ausencia de la silla en la vereda cuando es noche en verano, lo que se reflejan son otras ausencias y presencias.
Tal vez, la primera ausencia en estos días sea la seguridad que, como la silla en la vereda, desapareció de las calles.
Si de algo podíamos jactarnos en las ciudades del interior bonaerense, en Olavarría, era de la tranquilidad y de la vida calma sin peligros aparentes.
¿La gente sentada en la vereda desapareció por la inseguridad, o la seguridad se esfumó porque la gente se fue de la vereda?. Cabe recordar que hay quienes sostienen que una mayor vida social en las calles, en las plazas y en los paseos públicos, aleja a la delincuencia.
Pero lo concreto es que hoy no está ni la silla en la vereda que Roberto Arlt describía en la Buenos Aires de su época (y que lo sobrevivió largamente en algunos barrios), ni tampoco la seguridad brilla por su presencia.
La televisión, la computadora e internet, que tan interconectados nos tiene al instante con una tormenta de nieve en Lansing, aleja y desconecta con los vecinos de la cuadra en Olavarría. Porque ¿dónde está la gente que antes salía a la vereda, incluso los chicos que salían a jugar?, seguramente están viendo la televisión.
Para que un barrio exista, para que una comunidad exista, debe haber actividades comunes entre los vecinos, paseos públicos que los convoquen, interconexión y hasta un sentido de pertenencia.
Está bien, es una realidad que en muchos lugares del mundo la vida se empieza a vivir intramuros, en la esfera privada. Y hasta aquel que cree “tenerla clara” termina atrapado por las imágenes hipnóticas de la caja boba.
Puede ser que haya cosas muy buenas en televisión. Puede ser, pero también es cierto que muchas veces el zapping suele ser tan vacío de contenido como de emociones.
La gente que arrimaba la silla a la vereda, se asomaba cuando la luna recorría oblicuamente las calles y, como decía el escritor Roberto Arlt, si un vecino se acercaba a conversar hasta una silla se le ofrecía. Pero a su vez, había chicos jugando y adolescentes en las esquinas. Esa socialización iba generando otro tipo de conciencia, más comunitaria y original, que la conciencia del ciudadano encerrado en la órbita privada.
Yo recuerdo alguna vereda en la calle Nueve de Julio en la infancia, o más tarde, algunas veredas de calles de Pueblo Nuevo con gente sentada en enero, una luz, un portón, igual que en un tango...
La idea no es que nos piantemos para el lado de la nostalgia sino, más bien, notar lo que cambió, lo que mutó, lo que perdimos y lo que se ganó. La despersonalización del ciber, o las experiencias de vida y el trato social.
Si la característica particular de las ciudades del interior bonaerense era la tranquilidad y la seguridad, será que hay que recuperarlas. Porque esas ventajas comparativas serán premiadas en el futuro de un mundo que tiende a uniformarse, sobre todo cuando habitantes con recursos económicos de las grandes ciudades empiecen a buscar lugares amables para residir, ante las posibilidades del trabajo a distancia. O cuando se busquen lugares para inversiones productivas y se resalte la seguridad.
De algo podemos estar convencidos, la seguridad y tranquilidad debe ser un bien al que debemos seguir aspirando; eso tal vez sume gente a las calles (no sólo del centro); o bien, abrigar la esperanza de que las noches de verano se pueblen de gente en la vereda, la suficiente como para espantar la insoportable levedad del ser en tiempos de la sociedad teledirigida.

(*) Sociólogo. Graduado en la Univ. de Buenos Aires

 
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