edición 111 - 20 de Enero - 5000 ejemplares -
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La Fotografía Cirigliano
Por Retrovisor


Casi tenía carácter de institución ese estudio fotográfico cuyo dueño era don Antonio Cirigliano, y era principal ayudante su hijo Marc Aurelio, un personaje que tuvo amplia vinculación con diferentes manifestaciones del arte y la cultura en nuestra ciudad. Ocupaba el local y casa de familia el lugar que actualmente ocupa la seccional local de ANSSES, y era contiguo de otra entidad señera: el bar y confitería Express por un lado, y la sucursal de la joyería Amoroso y Llera por el otro.

En la planta baja del acceso a la Fotografía estaba una breve galería donde se exhibían, en forma permanente, numerosas fotografías y retratos que periódicamente se renovaban y constituían una de las grandes atracciones para el comentario social. Pasando hacia el interior por la puerta posterior de la galería aparecía una empinada escalera de mármol, que llevaba al santuario fotográfico. Éste era una muy amplia sala cuyo techo de vidrio echaba toda la luz del día que, para hacer las tomas se regulaba mediante un ingenioso sistema de lienzos en toldos, que se corrían horizontalmente para armonizar el juego de las luces y sombras que exige la técnica fotográfica de galería. Para las tomas nocturnas había, además de reflectores, dos grandes tableros colgantes, pintados de blanco muy brillante, que soportaban cada uno varios tubos de vidrio de sección gruesa, conectados a sendas retortas que contenían mercurio. Los movimientos que el operador les daba a esos tableros originaban la incandescencia del mercurio que producía una luz blanquísima cuya intensidad, para la fotografía, se regulaba según la cantidad de tubos que se encendían. Este sistema, que tenía especial importancia para los retratos de bodas, bien podría ser antecesor de la iluminación a vapor de mercurio actualmente en uso público.

En el medio de la sala, aplicada a un trípode robusto, con ruedas que permitían su rápido desplazamiento sobre el piso, se hallaba montada la cámara fotográfica, provista de un gran paño negro bajo el cual enfocaban y apreciaban los efectos de luces y sombras sobre el modelo que posaba, los fotógrafos. Desde ese escondite un tanto misterioso don Antonio o Aurelio daban las instrucciones sobre dirección de las miradas, las posturas, los gestos y demás detalles previos a la toma definitiva, que se producía después de unos pases mágicos de los marcos de madera que contenían las placas de vidrio que se convertirían en los negativos originales. Una vez armado todo el ingenio emergía el fotógrafo, provisto de una pera de goma que se unía a la cámara por una larga extensión hueca también de goma. Con la mirada atenta el operador esperaba en instante oportuno para apretar la pera con la que se abría en gran párpado que mantenía cubierto el ojo de la cámara y, ¡ya está!, el milagro en su primera fase estaba realizado.

Después vendrían los trabajos que sólo conocía el laboratorio para llegar al producto final: la ampliación del retrato y la docena, por lo menos, de postales montadas en cartulina, que constituiría el fin principal de toda la ceremonia fotográfica.

 
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