Casi tenía carácter
de institución ese estudio fotográfico cuyo dueño
era don Antonio Cirigliano, y era principal ayudante su hijo Marc
Aurelio, un personaje que tuvo amplia vinculación con diferentes
manifestaciones del arte y la cultura en nuestra ciudad. Ocupaba
el local y casa de familia el lugar que actualmente ocupa la seccional
local de ANSSES, y era contiguo de otra entidad señera:
el bar y confitería Express por un lado, y la sucursal
de la joyería Amoroso y Llera por el otro.
En la planta baja del acceso a la Fotografía
estaba una breve galería donde se exhibían, en forma
permanente, numerosas fotografías y retratos que periódicamente
se renovaban y constituían una de las grandes atracciones
para el comentario social. Pasando hacia el interior por la puerta
posterior de la galería aparecía una empinada escalera
de mármol, que llevaba al santuario fotográfico.
Éste era una muy amplia sala cuyo techo de vidrio echaba
toda la luz del día que, para hacer las tomas se regulaba
mediante un ingenioso sistema de lienzos en toldos, que se corrían
horizontalmente para armonizar el juego de las luces y sombras
que exige la técnica fotográfica de galería.
Para las tomas nocturnas había, además de reflectores,
dos grandes tableros colgantes, pintados de blanco muy brillante,
que soportaban cada uno varios tubos de vidrio de sección
gruesa, conectados a sendas retortas que contenían mercurio.
Los movimientos que el operador les daba a esos tableros originaban
la incandescencia del mercurio que producía una luz blanquísima
cuya intensidad, para la fotografía, se regulaba según
la cantidad de tubos que se encendían. Este sistema, que
tenía especial importancia para los retratos de bodas,
bien podría ser antecesor de la iluminación a vapor
de mercurio actualmente en uso público.
En el medio de la sala, aplicada a un trípode
robusto, con ruedas que permitían su rápido desplazamiento
sobre el piso, se hallaba montada la cámara fotográfica,
provista de un gran paño negro bajo el cual enfocaban y
apreciaban los efectos de luces y sombras sobre el modelo que
posaba, los fotógrafos. Desde ese escondite un tanto misterioso
don Antonio o Aurelio daban las instrucciones sobre dirección
de las miradas, las posturas, los gestos y demás detalles
previos a la toma definitiva, que se producía después
de unos pases mágicos de los marcos de madera que contenían
las placas de vidrio que se convertirían en los negativos
originales. Una vez armado todo el ingenio emergía el fotógrafo,
provisto de una pera de goma que se unía a la cámara
por una larga extensión hueca también de goma. Con
la mirada atenta el operador esperaba en instante oportuno para
apretar la pera con la que se abría en gran párpado
que mantenía cubierto el ojo de la cámara y, ¡ya
está!, el milagro en su primera fase estaba realizado.
Después vendrían los trabajos
que sólo conocía el laboratorio para llegar al producto
final: la ampliación del retrato y la docena, por lo menos,
de postales montadas en cartulina, que constituiría el
fin principal de toda la ceremonia fotográfica.