Tradicionalmente, el mes de diciembre de cada año, se lo dedica para referirse, prolijamente, a los festejos de Navidad y Año Nuevo. A pocos días de esos festejos vivimos el relevo de mando presidencial precedido por la anunciada “profundidad del cambio”. La fecha ineludible del fin de año depende de un sólo factor: el tiempo. La otra, el cambio, dependerá de muchos factores. Hagamos un poco de historia.
Hace 95 años atrás, con bombos y platillos, se instrumentó el cambio electoral con la llegada del voto secreto y obligatorio que “habría de terminar” con el fraude. Éste continuó pese a la buena voluntad de los políticos de la época. Hace 62 años, también entre bombos y platillos, acompañados por una populosa multitud nacional, se anunciaba el paso hacia una “justicia social” para todos. Una nueva esperanza se abría para la población desposeída. La injusticia social continuó hasta nuestros días pese a la incorporación de algunos sistemas sociales que pretendieron amenguar la pobreza y la indigencia, algunas infrahumanas como las que sufren, desde siempre, nuestros hermanos aborígenes de ciertas zonas del país en las que, algunos de sus representantes legislativos nacionales, provinciales o comunales, gracias a los votos arrancados con prepotencia a los desposeídos habitantes de esos lugares, pueden lucirse en sus bancas cobrando dietas fabulosas que podrían mitigar las miserias generando un verdadero cambio.
Hace 49 años, igualmente, con gran verborragia y alianzas políticas, nos enteramos que íbamos a vivir un brillante cambio hacia el desarrollo y el progreso del país. Entre otras empresas llegó para invertir en el país Agipgas. Su poderoso potencial industrial nos iba a proveer de los medios necesarios para la distribución del gas domiciliario, entonces éramos unos 15 millones de habitantes. Hoy, con más de 37 millones, hay 16 millones que no tienen gas domiciliario y viven, algunos, sometidos al uso de garrafas. En la Capital Federal, más de 100.000 habitantes no cuentan con gas domiciliario, ni con agua, ni con los servicios sanitarios imprescindibles para el ser humano. Hace 41 años, un hombre se dispuso, silenciosamente, a ejecutar el cambio que las promesas populistas, políticas y de facto venían amagando. Abandonado por sus correligionarios y copado por las fuerzas armadas y las empresas internacionales, junto a la indolencia de un pueblo contemplativo que después de su caída dijo “Era un buen hombre” vio caer otra vez la posibilidad de un cambio.
Hace 34 años, allá por el 73, nos prometieron otra vez un cambio tras la conquista popular de una supuesta renovada “justicia social” que abría cárceles para liberar asesinos junto a presos políticos que merecían su libertad. Fracasaría nuevamente para convertirse en el comienzo de una implacable persecución ideológica para impedir el resurgimiento de la “zurda nacional”, dando paso a la violenta represión de las fuerzas armadas, constitucionalmente autorizadas para actuar “hasta el aniquilamiento total” según la orden impartida desde la presidencia de la nación. Consecuentemente, una vez alterado el orden público por mandato presidencial, las fuerzas armadas se erigieron en dueñas de la situación y dispusieron tomar el mando efectuando el golpe de estado de marzo del 76 y constituyéndose en gobierno de facto “para realizar el cambio necesario e imprescindible para el país” visto el desorden reinante. Para ello, ejecutaron a más de 30.000 habitantes y sumieron a millones de ellos en la más paupérrima miseria, desocupación e indigencia, mientras miles de esos salvadores de la patria, se enriquecían descaradamente, originando “su cambio”.
Hace 25 años atrás, con el promocionado retorno a la democracia, se avizoraba otro cambio. Y la realidad nos volvió a golpear. El líder ocasional, tratando de resguardar a sus antiguos colegas del Liceo Militar, creó la fábula de las leyes de obediencia debida y punto final, tras las cuales se parapetaron asesinos, violadores, apropiadores de niños y otros desalmados que institucionalizaron, libres de culpa y cargo, las referidas leyes ya por suerte derogadas. Al final de ese funesto mando, fuimos al cambio social sumergidos en una descontrolada inflación similar a la sufrida entre los años 74 y 76, que dejó abiertas las ventanas de las promesas políticas para escuchar aquello de “Síganme, que no los voy a defraudar” y el cambio cayó sobre el país con nefastas consecuencias del 89 al 99. Así fue que una Alianza nos prometió en el 99 otro cambio, resultando otro fracaso que nos sumió en los negros días del 2001, donde 5 presidentes, en un corto tiempo, prometieron 5 cambios, hasta que en el 2003, con el 22% del electorado nacional, volvió la esperanza de otro cambio.
Algo se hizo, aunque quedaron pendientes cosas como la eliminación de las listas sábanas prometida en el primer día de gobierno aquél 25 de mayo. Ahora llegamos a una nueva promesa, tras unas elecciones ganadas con más del 47% del electorado, ya no prometiendo un cambio sino hablando de “una profundización del cambio”. Por primera vez una dama ganó las elecciones presidenciales e intentará profundizar la promesa que inició su marido, el primer mandatario saliente.
Como hemos podido ver a través de tantos años vividos y otros que hemos omitido por falta de espacio, todo se repite, nada nuevo hay bajo el sol. Hoy nos prometen algo que ya lo escuchamos hace más de 60 años atrás. “Mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar” y en todo ese tiempo ¡Cuántas veces oímos lo mismo! Con los años que vienen, Dios dirá hasta cuándo esto será cierto, porque la mayor falencia que suele identificar a los funcionarios de todo orden, ha sido su “falta de continuidad” sobretodo en sus dichos y en sus promesas que suele llevárselas el viento. Nosotros deseamos que eso no suceda para que un bienestar general sea cierto y sea al que desean llegar millones de argentinos sumidos en la indigencia, la pobreza, la desocupación, el desamparo frente a la indiferencia de funcionarios de todas las áreas, políticos de todas las banderías, empresarios patronales, empleadores truchos sobretodo algunos de las áreas agropecuarias que suelen maltratar infame e inhumanamente a sus peones y personal a su cargo, sometidos a trabajos y salarios esclavos propios del siglo XIX, lejos de la mínima dignidad que se merecen, cosa que esos miserables no conocen ni han sabido enseñarles sus padres, salvo el estar prestos para embolsar sus dineros pagando jornales de hambre y por muchos, muchos años sin que se les mueva un pelo. Bajo varios cielos del país, lamentablemente, los he visto.
Como se acostumbra a asentar en los alegatos judiciales, de poder, ilusoriamente, obtener algún cambio en éste como en otros aspectos de la vida nacional para el próximo año y los que siguen y que esperan una resolución favorable desde hace mucho, sin lugar a dudas, sería bueno poder decir “Será justicia” y no tener sólo que vernos obligados a soportar la venida de otra “moneda de cambio” más que sólo devalúa la esperanza y las ilusiones gracias a la abundante verborragia oficial. ¿No les parece? A pesar de todo, deseamos sinceramente que tengan unas ¡Felices Fiestas!
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