Nº 045 - Adiós al Amigo - Carlos Arraga |
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De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas; y la buena fama más que la plata y el oro. Proverbios 22/1 Era nuestro héroe. Cuando salía en su vuelta al mundo para instruir a los futuros guardiamarinas de la Armada Nacional, nos pasábamos mirando el río de color de león para otear su regreso. Así llegaba el ansiado momento. Abrazos y regalos acompañaban su presencia. Nos poníamos su gorra de capitán de navío y soñábamos con el día en que habríamos de vestir el uniforme naval para seguir sus pasos. Hablamos del año 1939 a pasos de la 2º Guerra Mundial. El tiempo viajó por sus carriles normales a gran velocidad. Luego llegó el Año del Libertador en el 50, cuando se cumplían los cien años del paso a la inmortalidad del Gral. José de San Martín y tuvimos que presentarnos a cumplir con el entonces servicio militar obligatorio en la Armada porque habíamos sacado número alto en el sorteo anual. La Infantería de Marina nos adiestró y, al cabo de tres meses, nos cambiaron el uniforme. El Gobierno Nacional no tenía presupuesto para la Marina que le era adversa políticamente y ésta, a su vez, necesitaba los equipos para vestir a nuevos soldados. Nos los cambiaron por uniformes de marineros, con pito y todo. De esta manera, volvíamos a vestirnos como en la niñez. A la vez, al ser único hijo varón, sostén de madre viuda, comenzamos los trámites para salir de baja pero ésta es otra historia. Mientras tanto, la vida seguía su curso. Estando en servicio, la Fiscalía General de la Nación, requería nuestra presencia. Estaban investigando un latrocinio falaz y común, perpetrado en el IAPI (el muy famoso e inolvidable Instituto Argentino de Promoción del Intercambio de muy triste y penoso historial durante la era fundacional del sistema corrupto que imperaba en el país y que, por inercia de las inaptitudes oficiales, llegó hasta nuestros días). Allí prestábamos servicio en el Departamento de Ganadería y Subproductos en su División Carnes desde el año 47. Sucedió que un frigorífico inglés, había eludido su obligación de pagar impuestos que le correspondían por incumplimiento de embarque. Lo habíamos detectado antes de entrar en el servicio militar. La impoluta corruptela oficial los amparaba y había que cargarle el fardo al más infeliz. De muy mala gana, el Comandante de Dársena Norte, autorizó la salida con la advertencia de que iba a ser “por única vez”. Declaramos muy presionados, angustiados y nerviosos. Dijimos lo que habíamos visto y que era totalmente verdad y quedamos libres de toda culpa y cargo sin que ello afectara nuestro buen nombre y honor. “Con la verdad, no ofendo ni temo”, decía Artigas y es nuestro lema de siempre. A veces tarda en llegar pero, pese a las maniobras de los corruptos, siempre se impone. Como el trámite de baja seguía su marcha, fuimos citados oficialmente por el Director General de Asistencia Social Naval. Al llegar al despacho del Contra Almirante, lo vimos. Era él, nuestro héroe que estaba cooperando para que la tramitación llegara a buen puerto. Y llegamos. En octubre del 50, salimos de baja. Retornamos al IAPI. Una vez instalados, preguntamos por el affaire inglés que, aún hoy funciona con total impunidad y descaro. “Todo bien”, nos dijeron. Nos contaron que, al “fracasar” las investigaciones, los implicados lo festejaron en una gran cena (con fotografías incluidas). Por milagro de la “intermediación”, un jefe se compró una casa, otro cambió el coche, otro remodeló la vivienda y todos juntos “comieron perdices”, zafando de caer y aliviando el frigorífico de tener que pagar una cifra multimillonaria. A partir de allí, comenzó la persecución con ataques físicos incluidos por lo que nos inclinamos a presentar la renuncia en el 53. Después en el 73, se iba a repetir la historia pero sería motivo de otro relato. En el 55, llegó la Revolución Libertadora con su vano intento de tratar de convivir “sin vencedores no vencidos” y nuestro héroe fue llevado al Gabinete Nacional. Parecía que todo se iba a ir desarrollando por los carriles de la normalidad y no fue así. Desde el “exilio” se manejaban los acontecimientos con diabólica precisión y fueron demostrando lo contrario. Sucede que, los hábitos y costumbres nacionales, suelen ser muy significativamente reiterativos y merecerían un muy extenso comentario aparte. Quizá algún día lo intentemos. Siguió volando el tiempo, volteando las hojas del almanaque. Un día, intempestivamente nos trajeron la noticia. Nuestro héroe había fallecido. Leímos la larga lista de participantes ya que se había desempeñado en diversos cargos oficiales incluido el de embajador en la Gran Bretaña. De pronto nos paralizamos. No lo podíamos creer. Pensamos que era una equivocación. Nos dijimos, como para convencernos, “no puede ser”. Frente al llanto que nos iba asomando en la recordación de la personalidad querida y apreciada, se nos paralizaron las lágrimas, se secaron sin que las enjugara y la indignación suplantó con creces la congoja. Una conocida destilería de bebidas alcohólicas de origen inglés, rendía su “homenaje al presidente” del área sudamericana. Apesadumbrados nos dijimos “siempre los mismo”. Pareciera ser que el precio de la gestión oficial, implica generar la dádiva obligada y el cobro extra de los trabajos realizados. Bochornoso. Triste. Indecente. Por suerte, mientras fuimos funcionarios, pudimos mantener alejadas las prebendas y ofertas. Entonces, el héroe cayó estrepitosamente por siempre. El adiós al amigo. Este fiasco, nos llevó a investigar las presuntas “evoluciones económicas” de algunos de los integrantes de las Fuerzas Armadas e impunemente conseguidas. Pudimos conocer, en detalle, la actividad desplegada con nombre, apellido y cargo de veinte “gloriosos” generales, trece almirantes, no menos gloriosos, siete brigadieres omnipotentes, entre otros miembros de menores graduaciones que supieron conseguir “descansadas” situaciones económicas gracias a sus intervenciones en los diversos movimientos de facto, al margen de sus convencionales y “legales” jubilaciones, pensiones y/o retiros. Logramos documentar en ese trabajo, a sesenta y cuatro personajes. Sabemos que hay muchos más. Lamentablemente, quienes están al frente de los controles oficiales, suelen mirar para otro lado, haciéndose como que no saben nada. Unos porque no quieren tener problemas; otros porque no quieren molestar a “camaradas” del liceo; mientras tanto, los indeseables se siguen llenando los bolsillos amparados por colegas y por las leyes que supieron redactar sus incondicionales amigos. Por eso, estamos de acuerdo con lo que leemos en el Eclesiastés 3/16, cuando dice sabiamente: “Vi más debajo del sol; el lugar del juicio, hallé impiedad; y en lugar de la justicia, hallé iniquidad”. Como solemos decir, esperamos que alguna vez se pueda hacer la luz para que podamos ver con claridad los rostros; para que podamos todos transitar el camino de la vida con la frente bien alta bajo la suficiente transparencia, sin vergüenzas ni ocultamientos, amparados por leyes probas y decentes, legisladas por legisladores decentes y probos. Hagamos que así sea para que, el soberbio se humille y al humilde se lo enaltezca como Dios manda. Amén. ¿O no? |
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