Nº 045 - Washington, Wall Street y Después - Jorge Laucirica


Para cualquier argentino que se pregunte cuál es nuestro rol en el mundo, es interesante analizar el alcance y el significado de la reciente visita del Presidente de la Nación a los Estados Unidos. Como creo que el ejercicio de enfrentar al lector con algunas preguntas da resultados a la hora de resaltar contrastes, sigo aquí la misma línea. ¿Cuál es su idea acerca de los viajes internacionales del jefe Estado? (más allá de los gastos, olvídese de eso por ahora) ¿Quiénes son sus interlocutores? ¿Qué importancia cree Ud. que se le asigna en la agenda política del Estado anfitrión y en la opinión pública? ¿De qué se habla en esas ocasiones? Y más importante aún: ¿Cómo se relaciona todo esto con nuestra vida cotidiana?

Sí, por supuesto, depende del lugar al que vaya el mandatario. En eso no está equivocado, ni es que yo lo ignore. Y lo mismo ocurre con los dueños de casa: depende de quién sea el visitante. Pero las respuestas a estas preguntas, por más obvias que parezcan, pueden servir para ubicarnos con claridad en el mundo, y así ver con otros ojos la realidad propia.

En su reciente viaje a Estados Unidos, De la Rúa no vino pensando en su reunión con Clinton, más allá de lo protocolar, porque ya sabía lo que iban a decirse. Lógicamente, que el presidente norteamericano le brindara su apoyo era importante; pero, en realidad, no cabía esperar otra cosa. Clinton lo felicitó por la decisión y el coraje de hacer otro ajuste en el sector público, y también le recordó que una política de “cielos abiertos” es lo que le interesa a las aerolíneas norteamericanas. También coincidieron en sus posiciones sobre las crisis de Ecuador, Paraguay y Perú; pero esto distaba de ser prioritario para cualquiera de los dos. Paseo, almuerzo, caminata, apretones de manos, palmadas en los hombros, todos los gestos simbólicos y las fotos que hicieran falta. Algunos elogios y unas pocas presiones disimuladas con una sonrisa. Eso obtuvo De la Rúa a su paso por la Casa Blanca.

El gerente de Argentina S.A.

Clinton y De la Rúa sabían que el eje de la visita pasaba por otro lado: la reunión con los analistas financieros y los evaluadores de riesgo. La gente de Wall Street, los que aconsejan a quienes van a decidir si vale la pena mirar hacia nuestro país a la hora de invertir su dinero. El Presidente argentino, sus ministros y algunos gobernadores jugaron sus cartas fuertes en ese encuentro. Aquí las formalidades se redujeron, y todo lo demás fue en serio y “a los bifes”, porque ese auditorio tiene más información sobre la Argentina que el propio Clinton y que la mayoría de los argentinos. En esta reunión, De la Rúa no fue tanto el Presidente de la Nación como el gerente general de una unidad económica y financiera que gira en los mercados bajo el nombre de Argentina, y cuya importancia en el ámbito de la economía y las finanzas internacionales es relativa, porque 7 de cada 10 dólares que circulan en el mundo se invierten dentro del Norte desarrollado, y porque encima de todo eso nuestro país no termina de convencer a los dueños del dinero. Demasiado riesgo, demasiada inconsistencia, demasiada incapacidad política para dar señales claras, demasiada deuda pública, nada que se parezca al largo plazo en el vocabulario, las políticas públicas y el humor de los argentinos. Eso es lo que uno escucha por todas partes, cada vez que insiste con las mismas preguntas, como alguien que no entiende lo que está bien claro y a la vista.

Como gerentes de la Argentina, De la Rúa y Machinea vinieron a Estados Unidos a mostrar que tienen los deberes hechos, ni más ni menos. Y esta vez era cierto: la desregulación de las telefónicas, el ajuste fiscal, la reforma laboral y de las obras sociales, todo lo que suena gratamente en los oídos del establishment norteamericano. Y, sin embargo, no fue suficiente. La audiencia, ¡oh, curiosidad!, les preguntó cuándo empezaba el crecimiento, que es lo que De la Rúa y Machinea escuchan diariamente en la Argentina. No es descabellado suponer que deben haber pensado: “¡Para oir esto, nos quedábamos en Buenos Aires!”… He ahí la paradoja: el Presidente y su ministro vinieron confiados en que los ajustes y las reformas incentivarían la inversión, para así generar crecimiento. En cambio, se encontraron con gente que les agradece lo hecho, pero espera crecimiento para invertir. En otras palabras, el ajuste es necesario pero no suficiente.

Es verdad que esto, en cierta forma, abona el argumento de los que opinan lo mismo dentro de la Argentina: no se puede crecer tan sólo ajustándonos el cinto. Pero también se puede ver las cosas de esta manera: si De la Rúa y Machinea no hubieran presentado algunos cambios básicos, ni siquieran habrían logrado que alguien se sentara a escucharlos. Es una imagen del vaso medio lleno o medio vacío, como tantas otras veces. Pero al menos no es un vaso sin una gota de nada, como en los últimos años. Algún éxito obtuvieron: el canje de bonos de la deuda que siguió a su visita fue favorable para el país; además, seguramente habrá inversiones en los sectores desregulados, y también están los que empiezan a ver el potencial turístico de la Argentina.

¿Y eso es todo?

Es legítimo que el lector se pregunte si eso es todo. Una vez más, la respuesta requiere un pequeño desvío. Ningún periódico, ningún canal de televisión, ninguna radio, ningún medio importante le dedicó más de unas líneas al paso de De la Rúa por los Estados Unidos. La gente del común no se enteró de nada ni tiene la más pálida idea de lo que pasa en la Argentina. En la Casa Blanca, dos minutos después de que nuestra comitiva se retirara, todo el mundo se dedicó a los asuntos importantes, atrasados durante la media hora que le regalaron a De la Rúa por sobre el protocolo.

¿Y de qué se habló en esas pocas líneas que sólo pudieron leerse en una o dos publicaciones, después de buscar con lupa? Básicamente, de dos cosas: las promesas de austeridad y los paros y protestas que desataron- y las disculpas de De la Rúa por el rol de nuestro país como refugio de los nazis después de la Segunda Guerra Mundial, uno de los pocos temas que surgen espontáneamente cuando uno menciona el nombre de la Argentina. Los únicos periodistas locales que manifestaron algún interés en entrevistar a De la Rúa fueron los del Wall Street Journal, la publicación de referencia en el mundo de las finanzas.

Ahora podemos volver a la pregunta del título y dar una respuesta que se cae de madura: sí, eso es todo, porque a nadie más le importa lo que ocurra con nosotros. No sé si está claro, pero dicho a la inversa suena parecido: a los ú

nicos que les interesa es a lo que pueden llegar a ver a la Argentina como un sitio atractivo para ganar dinero. Y el idioma que entiende esta gente, lo puedo asegurar con conocimiento de causa, no es el de Hugo Moyano. Esto no quiere decir que nuestros intereses deban agotarse en lo que pretenden los inversores, ni que Moyano no represente preocupaciones genuinas. Lo que significa es que, en el mundo de hoy, la Argentina tiene que enfrentarse con algunas realidades insoslayables. Entre ellas, que no tiene el nivel de ahorro interno para activar por sí misma el crecimiento económico. Y en este mundo manejado por los circuitos financieros más hipersensibles de la historia de la humanidad, es fundamental hablar el idioma de los inversores. Porque, curiosamente, inversores y turistas son los únicos que pueden llegar a mirarnos con otros ojos. A esta altura, con toda sinceridad, no creo que podamos hacernos los indiferentes…

 
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