Nº 045 - Atendiendo Necesidades - Luján M. Lorenzo


Ahí viene María, con paso lento, regresando a su casa
María, la de los ojos color miel, la del pelo negro como cielo oscuro de tormenta, trae en su cuerpo el cansancio de diez horas de trabajo.
En su mano derecha, apretaditos y disimulados, están los cinco pesos ganados.
Para ella ha sido una jornada difícil y angustiante.
Difícil, porque, obligada por las circunstancias, debió pedirle a su patrona un aumento de sueldo.
Angustiante, porque la señora le comunicó que era imposible lo solicitado. Que ella también era empleada y tenía el sueldo congelado.
También le confió que a su marido no le iba bien en el negocio, motivo por el cual no podía aportar un centavo más al hogar de lo que estaba aportando.
Esto último no lo pudo entender.
Dos o tres días atrás el marido de la señora le había dicho que él podía darle cincuenta pesos, si ella estaba dispuesta.
María pensó que el señor no le era muy fiel que digamos a su señora esposa, ni en lo económico, ni en lo sentimental.
Rápida desechó el tema de los cincuenta pesos. A ver si le pasaba lo mismo que a su amiga la Yoli. Ésta un día lo hizo por necesidad, sin tener en cuenta que son muchas las necesidades de la gente pobre.
La Yoli se había hecho prostituta, casi sin darse cuenta. De puro atender necesidades nomás.
Realmente era de extrema dificultad la situación de María. Por la imprevista y prematura muerte de su madre había quedado sola y con dos hermanitos bajo su amparo.
Sí o sí debía abonar la luz, el gas, el agua, el canal, una cuenta en la farmacia y otra en el almacén de Don Roque.
Buscó trabajo en varios lugares.
La suerte le fue esquiva.
Había que tener el secundario completo y ella sólo tenía cuarto y de la primaria.
En otros lugares estaban despidiendo personal y donde tomaban, lo hacían por dos meses y con sueldos tan magros como el que ella ganaba por su trabajo de doméstica.
Recurrió a la Municipalidad.
Estudiaron su caso y le comunicaron que nada podían hacer.
Ella no era pobre ya que, aunque precaria y por herencia, tenía vivienda propia. Además había algo que jugaba en su contra. Su casa tenía televisión por cable.
María pensó que esta gente ignoraba que la televisión era la niñera de sus hermanitos cuando ella se iba a trabajar.
Le recomendaron que fuera prudente ya que a los niños se los podían sacar y ponérselos en un hogar.
María salió corriendo.
María salió llorando.
María dijo:
¡Basta de seguir sufriendo!
¡¡Basta de vivir rogando!!
María se vistió de fiesta.
María dijo: estoy dispuesta.
T
uvo que esmerarse un poco más que la Yoli. La Yoli era sola. María tenía hermanitos.
En la tele le hacían un reportaje a un funcionario y éste decía que desde su área se estaba haciendo mucho para mantener jerarquizado el rol de la mujer en nuestra sociedad.
María, más bella que la luna reflejada en el mar, venía con paso ligero regresando a su hogar.
En su mano traía, apretaditos y disimulados, los cincuenta pesos ganados.

 
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