Ahí viene María,
con paso lento, regresando a su casa
María, la de los ojos color
miel, la del pelo negro como cielo oscuro de tormenta, trae en su cuerpo
el cansancio de diez horas de trabajo.
En su mano derecha, apretaditos
y disimulados, están los cinco pesos ganados.
Para ella ha sido una jornada difícil
y angustiante.
Difícil, porque, obligada
por las circunstancias, debió pedirle a su patrona un aumento
de sueldo.
Angustiante, porque la señora
le comunicó que era imposible lo solicitado. Que ella también
era empleada y tenía el sueldo congelado.
También le confió
que a su marido no le iba bien en el negocio, motivo por el cual no
podía aportar un centavo más al hogar de lo que estaba
aportando.
Esto último no lo pudo entender.
Dos o tres días atrás
el marido de la señora le había dicho que él podía
darle cincuenta pesos, si ella estaba dispuesta.
María pensó que el
señor no le era muy fiel que digamos a su señora esposa,
ni en lo económico, ni en lo sentimental.
Rápida desechó el
tema de los cincuenta pesos. A ver si le pasaba lo mismo que a su amiga
la Yoli. Ésta un día lo hizo por necesidad, sin tener
en cuenta que son muchas las necesidades de la gente pobre.
La Yoli se había hecho prostituta,
casi sin darse cuenta. De puro atender necesidades nomás.
Realmente era de extrema dificultad
la situación de María. Por la imprevista y prematura muerte
de su madre había quedado sola y con dos hermanitos bajo su amparo.
Sí o sí debía
abonar la luz, el gas, el agua, el canal, una cuenta en la farmacia
y otra en el almacén de Don Roque.
Buscó trabajo en varios lugares.
La suerte le fue esquiva.
Había que tener el secundario
completo y ella sólo tenía cuarto y de la primaria.
En otros lugares estaban despidiendo
personal y donde tomaban, lo hacían por dos meses y con sueldos
tan magros como el que ella ganaba por su trabajo de doméstica.
Recurrió a la Municipalidad.
Estudiaron su caso y le comunicaron
que nada podían hacer.
Ella no era pobre ya que, aunque
precaria y por herencia, tenía vivienda propia. Además
había algo que jugaba en su contra. Su casa tenía televisión
por cable.
María pensó que esta
gente ignoraba que la televisión era la niñera de sus
hermanitos cuando ella se iba a trabajar.
Le recomendaron que fuera prudente
ya que a los niños se los podían sacar y ponérselos
en un hogar.
María salió corriendo.
María salió llorando.
María dijo:
¡Basta de seguir sufriendo!
¡¡Basta de vivir rogando!!
María se vistió de
fiesta.
María dijo: estoy dispuesta.
Tuvo que esmerarse un poco más
que la Yoli. La Yoli era sola. María tenía hermanitos.
En la tele le hacían un reportaje
a un funcionario y éste decía que desde su área
se estaba haciendo mucho para mantener jerarquizado el rol de la mujer
en nuestra sociedad.
María, más bella que
la luna reflejada en el mar, venía con paso ligero regresando
a su hogar.
En su mano traía, apretaditos
y disimulados, los cincuenta pesos ganados.