Nº 045 - El Esfuerzo de los Argentinos - Octavio Fisner Oliva


Años atrás, en oportunidad de conversar con un sociólogo que había recorrido el mundo, le expresaba lo que es un lugar común en nosotros, los argentinos: la queja por la insuficiencia de la infraestructura vial que nos dificulta las comunicaciones internas, a diferencia de lo que ocurre con las naciones de Europa en las que son tantas las carreteras magníficas que las cruzan en todos los sentidos, que resultan apabullantes para el visitante latinoamericano. En la ocasión de esta conversación, todo lo que yo sabía sobre ese rubro lo había acopiado de oídas, por referencias de conocedores directos de esas realidades, por lecturas informativas al respecto y, para mejor ilustración, por la mera observación de lo que nos muestran las pantallas de la televisión o las del cine.

El ocasional interlocutor me escuchaba atentamente hasta que, expuesto más o menos plañideramente ese lamento por la ausencia de carreteras actualizadas al estilo europeo, me lanzó su primera respuesta con la que me desarmó el muñeco mental. Porque su afirmación más contundente fue ésta: “Para lo que es la Argentina y en proporción a la población que tiene está bastante bien, y tal vez mucho mejor de lo que los argentinos en general apreciamos”. A partir de esta contestación sorprendente siguió una serie de consideraciones que vale la pena recoger en esta recorrida memoriosa.

Para entrar en tema me formuló una pregunta que no supe responder porque nunca tuve a mano la información necesaria. Me preguntó si yo tenía idea de cuántos kilómetros hay entre París y Moscú, y mientras yo trataba de imaginar algún número amplió el cuestionario para que le diga, en caso de saberlo, por cuántos países hay que transitar para unir en un raid por tierra a ambas capitales. Es el caso que quien formulaba las preguntas que quedaban sin respuesta fue quien las contestó, ante mi ignorancia. Desde París a Moscú hay unos 2.500 km. en línea recta, una línea imaginaria que nos obligaría a atravesar Francia, Alemania, tocar la República Checa y cruzar de lleno Polonia y Bielorrusia para ingresar, finalmente, a territorio de la Rusia actual por la que andaríamos unos 500 km. Bastaría consultar un mapa de Europa y tirar la línea de ese viaje imaginario para, siguiendo los datos de la escala del dibujo, confirmar las cuantías en kilómetros de recorrido.

Hasta ahí todo iba bien pero no me aclaraba eso de que estamos tan bien en materia vial, por lo que vinieron de seguido las explicaciones. Pero antes hubo otra pregunta que pude contestar a medias porque no tenía las precisiones que hubieran hecho falta para satisfacer con bien esa parte del cuestionario. Me preguntó si sabía cuántos kilómetros de largo tiene el territorio continental de la República Argentina y cuántos de ancho mayor. Saqué cuentas mentalmente, recordando que entre Ushuaia y Buenos Aires son unos 3 mil y pico, y que desde la capital a Salta hay casi otros tres mil, lo que da casi seis mil kilómetros de país a lo largo y unos 1000 y algo en el ancho. La reflexión que surgió de inmediato es que sólo el largo de nuestra Argentina, más que duplica la distancia entre París y Moscú, y que un recorrido del ancho de nuestra patria equivale a cruzar por el medio del territorio de varios países de Europa. Hasta acá todo parecía ser sólo un juego de números referidos a kilómetros lineales.

El razonamiento siguiente de mi interlocutor fue que para hacer una ruta, para unir esas capitales se necesitaría el aporte de varios países cuyas densidades de población, o su número de pobladores en concreto, significa repartir el esfuerzo en muchos millones de contribuyentes. En cambio, en la Argentina, para hacer una ruta que una los dos extremos del suelo continental se requiere el esfuerzo único de los argentinos que pagan impuestos. Ahora sí se clarifica la clase de problema que nos afecta y hace muy dificultoso pensar en carreteras de primer mundo y nos lleva, de la mano, al viejo aserto del viejo Sarmiento que dejó dicho que los problemas de la Argentina son de distancia, porque tenemos un país tan grande -¡loado sea Dios por tanta dicha!- que acá todo queda lejos.

A partir de este momento de la conversación que traigo a cuento me resultó sencillo entender esa afirmación de que para el país que tenemos y para la población que somos no estamos tan mal. Y empezamos a jugar, entonces, en la charla, con las dimensiones y número de habitantes de algunos de los países que son de mención frecuente cada vez que hacemos comparaciones que nos ponen en desventaja cuando se aplican a cuestiones de la infraestructura de comunicaciones terrestres, es decir carreteras y ferrocarriles. Veamos algunos casos, Suiza, por ejemplo, ese jardín europeo del que tantas maravillas se cuentan. Cabe varias veces en esta provincia solamente, y su mayor largo apenas supera los 200 km, siendo su superficie total de 41.300 km2. La población es de unos 7,5 millones, que se traduce en una notable densidad que supera los 153 habitantes por km2.

Veamos Francia, ahora, con una distancia interior máxima de unos 800 km y una población de alrededor de 53,5 millones. Italia, la larga bota europea que tiene una longitud de casi 1.200 km. pero un muy exiguo ancho en su mayor extensión, poblada por alrededor de 56 millones de personas. Y para no hacer demasiado extenso el relato y abundar en números sin necesidad de tanto, veamos España, que se contiene bien en el territorio bonaerense y cuyo trecho más largo de Norte a Sur es menor que el tramo desde la Capital Federal a Bahía Blanca. Pueblan a la madre patria hispánica unos 39 millones de personas.

Esta mirada a vuelo de pájaro nos indica que son países de exiguas dimensiones, con población superior a la nuestra, que no requieren de extensas rutas camineras para conectar todas las regiones y las ciudades interiores, así como que los costos de esas breves vías de comunicación se reparten entre un muy mayor número de contribuyentes, lo que reduce sensiblemente la proporción del esfuerzo de cada uno para construirlas y mantenerlas. No es nuestro caso, por cierto, con distancias enormes que exigirían costosísimas construcciones de caminos cuyo pago recae sobre un limitado número de aportantes, a punto tal de hacer imposible pensar en una red que una satisfactoriamente a nuestras poblaciones. Una cosa es juntar plata entre pocos para hacer caminos largos, y otra muy distinta juntarla entre muchos para hacer caminos cortos.

Es esa relación entre tamaño de territorio a cubrir y capital humano contribuyente para hacerlo lo que nos confunde y engaña a la vez, sobre todo cuando tomamos referencias de las rutas de los países europeos que tanto nos maravillan cuando tenemos ocasión de transitarlas. España, por caso, es un dechado de rutas en tal perfecto estado y con tanta señalización que por momentos parece excesiva. No le está lejos a la zaga en igual sentido la vieja Italia todavía en explosiva expansión para que ninguna región quede aislada o disminuida en sus posibilidades de transitabilidad vial. Pero cuando apreciamos esa realidad que nos causa envidia y sugiere expresiones peyorativas que traslucen cierto grado de vergüenza improcedente debemos admitir que el esfuerzo de nosotros para tener lo que tenemos es ciclópeo. Y seguirá siéndolo por mucho tiempo todavía, porque en esto tiene mucho que ver el crecimiento demográfico. Cuantos más seamos para prorratear los costos de una actualización de infraestructura vial, más liviano será el esfuerzo.

No es para desesperanzarnos ni para conformarnos. Las cosas son así, y siempre será bueno y oportuno conocerlas desde el plano en que es poco habitual que nos ubiquemos. De todos modos, no hay que dejar de pensar en que es imprescindible contar con rutas camineras del mejor nivel y en desarrollo suficiente para satisfacer en lo más posible la demanda de una extensión territorial formidable. Para que ese sueño se haga realidad se necesita de dirigentes y gobernantes que piensen, proyecten, ideen modos aptos para suplir lo que nos falta para tener lo que nos falta. Pero ése, ese es otro tema.

 
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