Nubes de las tardes
de enero
grandiosas
guaridas de rayo
y del granizo,
monumentos
que se desvanecen
con el nuevo día.
Nubes de marzo
gastadas
terrosas
como en una vieja pintura,
aplastadas contra el
horizonte
(el cielo envejeció un poco más
este verano).
Nubes de junio
secas y grises
como una lámina de plomo
instalada para siempre en el firmamento.
Nubes
de las noches
de agosto
-sólo unas pocas estrellas
se dejan ver-
parecéis cavernas
donde fue a morir
la ilusión.
Nubes
livianas
de noviembre
espuma que flota
en el aire
gozo sutil del Señor.
Blandos rizos
vagabundos
que sobre la mar en calma
arrastra, con desgano, la brisa
como blancos espectros
salidos de las calderas
del hartazgo.
Nube después de
la lluvia
(jirones de tempestad)
aturdida por la sudestada
corre sobre el horizonte
para perderse veloz.
Nubes bajas
cuelgan
sobre las ciudades
teñidas de neón
(como una frívola mujer
tus luces son prestadas
de humo, y helada,
tu pasión).
Nube solitaria
figura breve
y cambiante
(qué miedo de confundirse
con tanta claridad).
Nubes cuando sale el sol
de rosa vestidas
de naranja
de bermellón
tus notas hacen
propicio el Amor.
Nubes atrevidas
oscuras o premonitorias
que la luna llena ocultan
y a todos convidan
en la Muerte
a pensar.
Nubes de hule,
de nácar,
de cemento.
Nubes como sueños,
como labios,
como espejos.
Como no conocerlas tan
profundamente,
Hijas del viento,
habitantes de lo alto.
Sois mis hermanas y mis amigas
pues cuando Ella se fue
el cielo de mi corazón
para siempre se nubló
y aún en mi alma
no ha cesado de llover.