Uno de los
grandes sueños del hombre es la invención del futuro. Diseñar
el mañana y diseñarse uno mismo en el mañana es la
forma de alcanzar objetivos.
En una ciudad, al igual que en un país, los horizontes se despejan
a partir de una simple pregunta: ¿Qué es lo que se espera
ser en el futuro?. Sólo a partir de la respuesta a esta pregunta
es que se puede empezar a proyectar, a soñar, a caminar.Al igual
que la Nación, Olavarría se halla en momentos en que debe
definir su proyecto para el futuro, cómo quiere verse en el porvenir,
cuáles serán sus potenciales en el futuro, cuál será
la imagen que tendrá para mostrar a quienes la visiten, qué
grado de participación y compromiso con la vida de la ciudad tendrán
sus ciudadanos.
La pregunta sería ¿qué ciudad queremos ser?
Es indudable que nuestra querida Ciudad conoció momentos de gran
esplendor, la conocimos vigorosa al calor de sus industrias de la piedra.
La llamada “Ciudad del Trabajo” sorprendía en las décadas
del '60 y '70 por una calidad de vida ascendente, que incluso atraía
a migrantes de otros puntos del país que llegaron para compartir
un destino de producción y empleo.
La tan nombrada por estos días década de los '90, no pasó
indiferente por nuestra Ciudad. Hace poquito nomás que tuvo lugar
el fin de la convertibilidad, y por estas latitudes dejó huellas
profundas.
El dólar barato del 1 a 1, permitió el acopio de tecnología
y bienes de capital importados por parte de muchas fábricas.
Ya forma parte del saber popular el hecho de que las máquinas industriales
de última generación han reemplazado en mucho el trabajo
del hombre, el efecto producido se conoce en el mundo como “desempleo
tecnológico”. Olavarría acusó el fenómeno.
Hace un tiempo un importante representante obrero me dio a leer una planilla
con el plantel de operarios de una importante fábrica de la zona,
el relevamiento hablaba por sí sólo: 900 obreros en 1980,
300 trabajadores hacia 1995 (último registro, que podemos suponer
inferior en estos días). El mismo dirigente recordaba épocas
doradas, y el círculo virtuoso que generaba la fábrica,
que movilizaba desde la metalurgia hasta los proveedores de alimentos
y ropa de trabajo.
Todo eso configuró la imagen de la ciudad, aquella que se conoció
como “Ciudad del Trabajo”. Hoy, los sucesivos cambios experimentados,
obliga a pensar nuevos caminos que tengan en cuenta las transformaciones
vividas.
La historia nos pone ante la oportunidad de trazar el ideal que queremos
ser.
A tres años de andar el siglo XXI... debemos construir la identidad
que nos proyecte como un mojón de futuro desde el centro de la
Provincia de Buenos Aires.
¿Reinventar tareas? Quizá ¿Estimular nuevas actividades?
Puede ser. ¿Despertar potencialidades humanas y geográficas
dormidas? Tal vez. Olavarría deberá trazar sus rumbos futuros
por consenso entre los sectores políticos, para que todos los ciudadanos
acompañen.
Para alcanzar altos objetivos, la ciudad cuenta con ventajas ya conocidas:
la fácil comunicación vial con otros puntos geográficos
importantes (lo que le asegura una zona de influencia de 500.000 personas)
y un rápido acceso a puertos marítimos. De su historia,
Olavarría ha de tomar su voluntad y pujanza.
El rehacerse y buscar una identidad no es mera retórica, sólo
definiendo el sitial en el que queremos estar en los años venideros
es que podemos empezar a dar los pasos para alanzarlo.
El ejemplo más cercano lo constituye una ciudad como Tandil, que
en busca de nuevos caminos apostó hace ya un tiempo al miniturismo
y a la universidad, hoy sus predios de tranquilidad y naturaleza se convierten
en lugar de descanso de habitantes de grandes ciudades en cuanto momento
se presenta; y su universidad está llamada a hacer grandes cosas.
El tiempo de proyectar un destino para Olavarría es hoy. Sólo
así recrearemos nuestra identidad, quizá para empezar a
hablar de la “Ciudad que se reinventa a sí misma”,
o de la “Ciudad de las oportunidades”.
|