Van
tres días que mi perro, cansado y
viejo, no se levanta de su cucha.
No está comiendo y sólo bebe agua si
se la doy en la palma de mi mano.
Hoy me sorprendió.
Con paso lento lo vi venir hacia mí.
Llegó y se restregó en mis piernas.
Lamió mis manos.
Le acaricié el lomo.
Se retiró.
Habría hecho unos metros cuando
detuvo su marcha, giró la cabeza y
me miró.
Yo lo entendí.
Me dijo: ¡Seguime!
Lo seguí.
Llegó a su cucha.
Se acostó, cerró los ojos y se durmió
para siempre.
Me di cuenta.
No quiso irse sin tener un último contacto.
El del sabio adiós.
El del agradecimiento eterno.
Lloré.
No por él.
Misión y ciclo cumplido, partió
satisfecho y en paz.
Lloré por mí.
Por el tiempo que vendría.
Por mis días sin él.