| Nº 083 - Colosal Desperdicio de Capital Humano - Octavio F. Oliva | ||||||||||||||||||||||||||||||
Muchas veces sentimos la incomodidad de conocer que otros países se asombran y no hallan explicación al fenómeno argentino, en el sentido de que teniendo todo para ser uno de los países más avanzados del mundo estamos ocupando los últimos lugares en todas las estadísticas, a la cola de naciones que en otros tiempos nos iban muy a la zaga. Digamos, de paso, que la misma incomodidad se nos presenta cuando la pregunta nos la hacemos a nosotros mismos sin esperar que los demás formulen tales observaciones. Porque lo que somos en la actualidad es de nuestro conocimiento y sentimiento pesaroso. Sabemos que un país no llega a esta situación desventajosa por una sola razón o porque un solo acontecimiento lo haya puesto en ella de improviso, como pudiera ser, por caso, algún cataclismo ciclópeo natural o económico financiero o social. Se llega a este punto de marasmo por la concurrencia de numerosos factores que en sus respectivos momentos no tuvieron la atención debida ni, en el caso de los problemas, soluciones adecuadas. Pero aún dentro de esta apreciación tan general, suele ocurrir que algunos de los más importantes e incidentes factores del atraso y la falta de dinamismo creador de oportunidades redituables escapan a la observación atenta, o se adopta una actitud displicente ante el conocimiento de los mismos obtenido por medios que hacen fe. La fuerza de trabajo desperdiciada Entre esos datos que deberían haber producido un verdadero revuelo en los medios con responsabilidad oficial apareció uno, días atrás, cuyas constancias señalan, sin lugar a dudas, uno de los motivos de nuestra pobreza actual, y da señales de cuál será su incidencia con una proyección tal vez a varias décadas vistas. La última encuesta de hogares realizada por el INDEC señala la sobrecogedora cifra de 1.272.000 (un millón doscientos setenta y dos mil) jóvenes de entre 15 y 24 años de edad que viven en la inactividad más absoluta, porque no trabajan ni estudian ni buscan empleo. Más de un millón y cuarto de los integrantes de la fuerza de trabajo nacional, ubicados en lo mejor de la escala de edades para su desempeño en cualquier actividad o estudio está desperdiciado, según cifras irrecusables porque están dadas por el organismo oficial de estadísticas. Si la fuerza de trabajo en nuestro país registra unos 10 a 12 millones de personas en aptitud normal para desempeñarse en sus tareas específicas, un millón y cuarto representa un muy alto porcentaje de desperdicio, es decir de gente que debería estar trabajando, estudiando, o procurando una de tales opciones, o las dos. Semejante cantidad de gente joven, precisamente en la plenitud de sus potencias hacedoras o creadoras no puede ser sólo un número de estadísticas, sino un motivo de especial y urgente preocupación. No se trata de una anomalía que pueda esperar indefinidamente la debida atención de las autoridades y hasta de la propia sociedad en cuyo seno está instalada, sino de, una vez debidamente constatada, darle prioridades de urgencia, necesidad y atención preferenciales. Porque se trata de allegar soluciones a gente que está en un período de la vida que si no despliega sus capacidades sufrirá, con el paso del tiempo, una progresiva degradación de aptitudes y la consiguiente pérdida de oportunidades en el mercado de la vida activa. A propósito de este fenomenal estado de cosas negativo en lo personal de los afectados -y para la sociedad, que resiente sus posibilidades de progreso y bienestar general- el sociólogo Artemio López, de la consultora “Equis”, manifiesta lo siguiente: “Se genera un sistema de crisis a largo plazo. Hay un 40% de chicos que tenían 15 años en 1994, cuando empezaron los altos niveles de desocupación, y hoy tienen 24 y jamás conocieron un empleo. Esta generación va a vivir unos 50 años más. Es decir que si no se encuentran soluciones, el problema se extenderá por medio siglo”. Cabe la especulación mental, en la misma saga de pensamiento, de que sobre esos guarismos caerá el peso de los nuevos casos que se irán amontonando en tanto no cambien las condiciones actuales, que no generan empleo ni acicate para la natural aspiración a la superación personal. Esto tiene apoyo en otro dato de la encuesta de hogares que sirve de referencia para estas reflexiones, que da noticia de que los últimos 12 meses aportaron 127.000 jóvenes (entre 15 y 24 años de edad) a aquel índice general. Pero hay algo más que señala una tendencia que no se atenúa, ya que en los últimos cuatro años el crecimiento de ese cúmulo de gente desperdiciada trepó nada menos que 38,4% sobre el índice del cuatrienio anterior. Las cifras de cualquier sondeo sirven para conocer lo que ocurre en todo lo que es objeto de esa clase de mediciones, pero se trataría de un conocimiento estéril si solamente quedaran como un registro para el archivo, en vez de ser herramientas para promover las correcciones indispensables para desalentar cualquier naturaleza de anomalías. Y más aún deben serlo si se trata de cuestiones como las de esta estadística que se relaciona con el aspecto laboral, económico y social de una parte importante de lo más apto, por imperio natural, de la gente que debe estar trabajando y o estudiando. Por otra parte, esta irregularidad tiene incidencia negativa también en otras áreas tales como las de la psicología y la cultura, en las que es posible advertir los deterioros consecuentes de esta clase de crisis a largo plazo, que es como hay que considerarla. Y aún quedaría otra consideración procedente de esta anomalía registrada en la encuesta de hogares: que ese millón y cuarto de jóvenes ponen en riesgo, dicen especialistas en el tema, la movilidad social ascendente, es decir, la capacidad de superar estos jóvenes a sus padres en el logro de escalar posiciones, que tenía la sociedad argentina hasta los años 70, porque todo está atado a los atrasos en la educación, en la formación profesional y en el perfeccionamiento personal integral de cada uno. Frente a este cuadro desalentador para el futuro cercano del país en general y de ese imponente número de gente que no tiene trabajo, que no lo busca y tampoco estudia cabe que se lo confronte con la desatención que, como agudo problema que es, padece por parte de las autoridades políticas de la Nación y aún de las provincias. Son otras las preocupaciones que se reflejan en la información noticiosa de todos los días, en su gran mayoría derivadas de cuestiones políticas que entretienen a la población presentándole asuntos sin correlato con ese problema verdadero, concreto y de efectos profundamente perniciosos para el presente y el futuro cercano de la sociedad nacional. No se advierte ni siquiera que las autoridades centrales se hayan anoticiado de esa cifra inquietante de más de un millón y cuarto de jóvenes marginados de toda actividad y del estudio, porque de lo contrario no habría explicación para el mutismo impuesto respecto de los pasos que se deberían dar, cuanto antes, para iniciar un proceso de reversión. El gobierno, en cuya competencia principal se encuentran los motivos de semejante anomalía, mira distraído las cuestiones que no suman para mejorar lo presente, y se deja estar. Mientras tanto, esa porción de lo mejor en aptitudes con que cuenta la Nación vegeta en una inactividad lastimosa, frustrante, indigna de un país en el que todo está por hacerse pero no lo hace, porque su visión de futuro está opacada por entretenimientos sugeridos y alentados desde el poder, con la sola finalidad de que no se salga de las manos que lo retienen y de las ambiciones que lo orientan. |
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