Don Velázquez habla con sus vacas,
las conoce una por una y por el mugido, sabe cuál de ellas se
está acercando hasta el puesto a la tardecita, cuando regresan
del monte. Las llama, las alienta y hasta les reprocha si se atrasan
en llegar al corral, mucho más cuando sabe que por el monte puede
andar merodeando “el tigre”, es decir, el yaguareté,
el gran felino sudamericano. El puesto de Don Velázquez está
a orillas del río Santa María, en la zona de Orán,
Salta. En derredor de la casa y los corrales la selva impone su presencia,
sus misterios, sus leyes.
Este lugar fue base para una de las campañas de estudio que llevan
adelante el Museo de Ciencias Naturales de Salta y Greenpeace para proteger
al yaguareté. Es el mayor felino sudamericano, una bestia de
hasta 150 kilos de peso, un cazador solitario que es el símbolo
de la selva. Un animal amenazado de extinción por distintas causas.
La caza, el tendido de un gasoducto, la extracción de madera
y el desmonte para instalar cultivos han llevado al “tigre”
al triste sitial de animal raro, difícil de encontrar y, por
lo tanto, difícil de proteger. Por otro lado, necesita de un
amplio territorio para sus desplazamientos.
Precisamente esta zona donde nos encontramos es importante por tratarse
de un corredor biológico, una especie de contacto entre dos áreas
protegidas: el Parque Nacional Batitú al norte y el Parque Nacional
Calilegua al sur. Comandados por Pablo Perovic, biólogo jujeño
y autoridad en felinos, trabajamos con la bióloga Jimena Gato,
paradójicamente (dado su apellido) con una tesis de doctorado
también sobre felinos salvajes.
Los conservacionistas se encargan de rastrear yaguaretés. Para
ello tienen dos opciones. Una es mediante jaulas-trampas de hierro con
algún cebo vivo adentro (un cabrito, por ejemplo). Otra, lo que
han dado en llamar “las corridas”, usando perros que saben
rastrear en el monte y siguen al tigre hasta acorralarlo. En cualquiera
de los casos se le dispara un dardo anestesiante y una vez dormido se
le hacen estudios y luego se le coloca un collar radiotransmisor, para
después liberarlo. El collar emite señales que, vía
satélite, pueden ser recibidas en el mismo Museo de Salta.
Un personaje importante en esta historia es Don Pablo Corro, un puestero
de la zona y antiguo cazador de tigres. El conoce el monte como la palma
de su mano y por eso fue reclutado por el equipo de conservacionistas.
Don Pablo ahora juega para el equipo de “los buenos”. El,
como todos los puesteros, debe ser incluido en cualquier plan de protección
y de manejo sustentable duradero. Los puestos de la familia Corro su
casa y la de su padre, Don Pancho suelen ser la base de operaciones
de los equipos. Allí tienen albergue, caballos y muchos perros
(entre Pablo y Pancho tienen quince). Me sorprendió lo averiados
que se veían, pero las respuestas dichas con naturalidad eran
del tipo “sí, a ese lo atacaron los chanchos”, “a
aquel lo picó una víbora en el hocico”, “eso
es una mordedura de tapir”, etc.. Es que los perros se meten en
el monte y esas son las leyes del monte.
Esta vez hicimos base en el puesto de Don Velázquez, a unos 20
Km de lo de Corro, a donde se llega por un camino de tierra abierto
por los madereros, quienes en la época de seca extraen distintas
especies, últimamente cebil. La lluvia suele empezar hacia noviembre
y se extiende hasta marzo. En ese período los ríos crecen
y se vuelven infranqueables, igual que los caminos, que se vuelven intransitables.
Estábamos al final de la época seca, sabiendo que en cuanto
se largara una gran tormenta sería difícil salir para
Orán, distante unos 50 kilómetros.
Así, nos encomendamos a San Pedro
y empezamos con el duro trabajo: trazar una línea imaginaria
a partir del puesto, de 2,5 km a un lado y al opuesto, a campo traviesa.
Cada 100 m se armaban las trampas-huella, un espacio limpio de 1m por
1m para verificar pisadas de animales. Claro que las líneas discurren
por el medio del monte, por lo que hay que ir macheteando, atravesando
picadas, arroyos, barrancos. y acostumbrarse a estar atento en todo
momento pues la selva tiene magia pero no hay que descuidarse ya que
la maraña es tan densa que a veces no se ve la luz del sol y
cuesta orientarse.
Dos días de preparación de las trampas y siete de muestreo.
A la mañana por una de las transectas y en las tardes por las
otras. ...¡Y el yaguareté no apareció!. De todas
maneras, hubo otras marcas, de ocelote, gato onza, zorro, agutí
(un roedor parecido al castor), tapetí (un conejo silvestre),
chancho del monte, corzuela, mayauto (osito lavador, una especie de
mapache sudamericano que lava sus presas en el río antes de comerlas,
de ahí su nombre). Cada día se trabajaba en las huellas
con palita y rastrillito (lo llamábamos el curso práctico
de jardinería). Al mismo tiempo se hacía un muestreo de
plantas para mostrar el ambiente que enmarcaba las trampas. De noche,
una comida fuerte y también la hora de sacarse las garrapatas
que uno “juntaba” en el monte, yo ya con experiencia de
Garrapatalandia, el Parque Nacional El Rey, donde había trabajado.
Finalmente, llegó una furiosa tormenta. Don Velázquez
gritó “¡se viene el río!”. El Santa
María, que cruzábamos saltando las piedras, ahora era
un torrente que metía miedo, que arrastraba todo lo que hubiera
en el camino. Afortunadamente el puesto y nuestras carpas estaban por
encima de su nivel. En cuanto mermó un poco los madereros alzaron
sus campamentos y se marcharon dando por terminada la temporada. Nosotros
estuvimos unos días más hasta terminar el muestreo y finalmente
salimos en los caballos de Don Pablo, con toda la carga: carpas, comida,
equipo técnico. Desde la altura de los árboles los monos
caí nos despedían bombardeándonos con ramas y frutos,
como a invasores de su territorio.