Las relaciones entre los
países de la tierra parecen estar atravesando una etapa de cuestionamientos.
Así parece indicarlo el desfile de presidentes y discursos críticos
por la Asamblea General de Naciones Unidas celebrada en los Estados Unidos.
Los últimos sucesos ocurridos en el mundo hacen que las críticas
que antes no eran escuchadas, ahora hayan cobrado importancia.
Economías de países del tercer mundo que se derrumban luego
de cumplir con las “recetas” y recomendaciones de organismos
internacionales; misiles, tanques y tropas en Irak, Corea del Norte que
se arma y amenaza, y el terrorismo que se ha convertido en el peor enemigo
de los Estados Unidos. Todo hace pensar que el mundo debe cambiar.
Y quizá ya lo hayan advertido las potencias del planeta. Porque
si algo han mostrado los últimos años es que ningún
país, por muy potencia que sea, está a salvo de los dramas
de los países del tercer mundo.
Los que se quedan sin horizonte en las naciones “subdesarrolladas”,
penetran las fronteras del primer mundo para ir en busca de mejores oportunidades,
y eso a menudo trae complicaciones en las “capitales del desarrollo”.
Las malas condiciones de vida en los “arrabales” del mundo
generan un montón de otras cosas, de esas que tampoco reconocen
fronteras: enfermedades, contaminación, etc..
En la Asamblea General de Naciones Unidas, nuestro Presidente señaló:
"Resulta paradójico y casi ridículo que se pretenda
que paguemos nuestra deuda y al mismo tiempo se nos impida comerciar y
vender nuestros productos".
El reclamo de Kirchner está en sintonía con el de otros
presidentes latinoamericanos. Y por ahí pasa la historia. Por lograr
que el primer mundo deje de hacer un mundo para sí mismo, en el
que ni siquiera pueden entrar los productos de las demás naciones.
El mundo debe dejar de vivir contradicciones inexplicables: como que el
tráfico mundial de estupefacientes mueva unos 400.000 millones
de dólares al año, mientras que 13.000 millones, bien invertidos,
bastarían para alimentar y ofrecer atención sanitaria a
todos los pobres del mundo entero.
El planeta en el que vivimos es potencialmente próspero, por eso
es que hay que organizarlo, para que todas las naciones ganen y puedan
arrimar dignidad a sus pueblos.
En un mundo de mayor igualdad, los países desarrollados evitarían
verse perjudicados indirectamente por los problemas de otros pueblos,
y además se beneficiarían de todo lo bueno que puede aportar
a la humanidad un país cuando anda bien.
Cada ser humano creciendo con dignidad es potencialmente dueño
de un cambio para el mundo. Cada niño que nace digno, encierra
la promesa de una idea o un mensaje revelador para el progreso de la humanidad.
Y ese niño podría estar naciendo en Europa, en el África,
o en un pueblo de nuestra Patria. |