De los temas
planteados respecto a las últimas elecciones existen al menos tres
acerca de los cuales se puede ser más preciso que la generalidad
de lo hasta ahora leído y/o escuchado, sin entrar en partidismo
alguno. Se trata del ausentismo electoral, las encuestas, y la atribución
de intenciones a otros.
Ausentismo: ni tanto ni
tan poco
En estas elecciones ha votado, según el distrito, (Capital Federal,
Provincia de Buenos Aires, Provincia del Chaco, Provincia de Jujuy, Provincia
de Santa Cruz) entre el 65 y el 70% del padrón habilitado para
hacerlo.
Y en algunos comentarios hay quienes interpretan dicho dato como un desinterés
electoral por parte de un tercio de la población. Sin embargo,
no se tiene en cuenta que en las elecciones del 30 de octubre de 1983,
cuando se dio la mayor concurrencia porcentual a las elecciones, en el
inicio del actual ciclo democrático, se alcanzó una concurrencia
del 84% del padrón electoral nacional, cifra que indica el máximo
absoluto de asistencia a las urnas, y presumiblemente, el óptimo
a lograr. Podrían incluirse como causa del faltante la no actualización
del padrón, (fallecidos), enfermos, personas alejadas de su lugar
de votación o por falta de domicilio actualizado, etc.
De modo que la abstención de septiembre de 2003 disminuye a un
15 a 20% real, que no es despreciable, pero de ninguna manera involucra
a un sector mayoritario.
Además hay un antiguo dicho del derecho: “no hay infracción
sin sanción”. En efecto, aquellas infracciones que no son
penalizadas pierden ante la sociedad ese carácter. Y en 20 años
de elecciones reiteradas, nadie ha oído que alguien sufriera una
multa o inhabilitación por no haber emitido el voto, ni siquiera
quienes luego no lo justificaron ante la Justicia Electoral. De hecho,
si no de derecho, el voto ha perdido su carácter de obligatorio
a los ojos de los vecinos.
De forma que esos electores que no han votado, así como aquellos
que votaron en blanco, son absolutamente respetables, pero el hecho de
que a ellos no les guste nadie, no obliga a la mayoría a quedarse
sin administración. Después de todo tenemos actualmente
un Presidente de la Nación legal y legítimo, que obtuvo
el 22% de los votos válidos, descontando el ausentismo de esa elección,
que no fue mucho menor que el de septiembre, y nadie cuestiona su derecho
a ejercer el cargo.
Encuestas: realización
e interpretación
Se han efectuado todo tipo de encuestas, científicas y de las otras,
en todos los territorios en que se produjeron las elecciones. El dato
curioso es que en algunos casos los mismos realizadores de la encuesta,
como en la única encuesta conocida públicamente en nuestra
ciudad, obtuvieron resultados que no tuvieron en cuenta al momento de
sacar conclusiones.
Es diferente el caso de ciertos candidatos, que, conociéndose perdidosos
en las encuestas, les negaron objetividad, o escondieron los números
y afirmaron que los resultados eran diferentes. En este caso es obvio
que, como en el caso de un juicio, nadie está obligado a declarar
en su contra. ¿ Y a quién puede gustarle declarar que se
sabe perdedor?
Y en el caso de las encuestas menos científicas, así como
el voto no es demasiado obligatorio, tampoco es ya demasiado secreto,
pues se apela a dirigirse a la gente en la calle para que exponga, ante
micrófono y cámara televisiva, su intención de voto.
Lo que se dice un voto precantado, con total pérdida de la anonimidad.
Todo en aras de la presunta noticia.
La adivinación de intenciones
Otro interesante fenómeno del que hemos tenido muestras orales
y escritas estos días es el de insertarse en el cerebro de los
demás para interpretar sus intencionalidades. Como un candidato
a concejal que afirmó rotundamente que en nuestro distrito las
elecciones serían un plebiscito sobre determinado tema (basura).
Si uno siguiera su línea de razonamiento, debería indicar
a la Universidad Nacional del Centro que suspendiera el estudio que está
efectuando, porque la cosa ya está resuelta. A todas luces absurdo.
Pero es una muestra de la adivinomancia que mencionamos.
Como también lo es la insistente afirmación de que un intendente
estaba cada vez más nervioso por el posible resultado adverso de
la elección, no confirmado por ningún hecho concreto. Aunque
en este caso la afirmación tal vez dependa de un punto de vista
muy especial, ya que es capaz de ignorar totalmente el desarrollo de una
cena de campaña con más de dos mil asistentes.
En síntesis: el porcentaje de voto positivo tiene un descenso gradual
desde el reinicio de la democracia, exceptuando la brusca caída
de diciembre de 2001, aunque una proyección optimista, que no comparto,
podría presumir que seguirá creciendo. Parece más
probable que se aproxime a los niveles de los países que llevan
siglos eligiendo a sus gobiernos por medio del voto, alrededor del 50%
del padrón, como Suiza y EEUU.
Y en cuanto a las encuestas, sería razonable efectuarlas con la
mayor precisión técnica posible, y confiar en sus resultados,
o si no se cumple uno o los dos requisitos, no realizarlas.
Por último, es preferible analizar los hechos a presumir las intenciones
ajenas. La realidad nos dará menos sorpresas. |