Nº 084 - El Final de la Aventura – Octavio Físner Oliva

Lo que resultó previsible para la mayoría no fue atendido correctamente por los que se lanzaron a la conquista del gobierno municipal de Olavarría: Mario Cura y su grupo promotor. Vale la pena intentar una explicación que no se quede en lo que los propios protagonistas del fiasco han expresado hasta ahora, que no pasó de una búsqueda afanosa de culpables o circunstancias ajenas a ellos mismos.

CUESTIÓN DE ORIGEN
La candidatura de Mario Cura tuvo origen en el cenáculo directivo de la Cooperativa de Electricidad, donde hizo pie lo esencial del lanzamiento y promoción. Como el candidato no tenía para exhibir antecedentes de gestión, sólo podía exponer su actuación en la jefatura del gobierno coopeléctrico, y a ello se remitió puntualmente. No tenía otra cosa que mostrar. Pero no debió confundir la administración, gobierno y conducción de un organismo privado con lo mismo en el orden municipal, en el que ni siquiera las exigencias en cuanto a transparencia y claridad de los actos de gobierno tienen similitud con los del ente popular. No es lo mismo tener la obligación de rendir cuentas cada año, públicamente, del manejo de los bienes comunales, que ocultar prolija y sistemáticamente lo que naturalmente debiera ser de conocimiento público. Y del manejo administrativo de la Cooperativa, de su verdadera situación patrimonial y aun de su futuro económico a corto plazo lo único que se conoce es lo que dicen su presidente y funcionarios subordinados que, cae de su propio peso, no surge nada que haga suponer manejos incorrectos o equivocados. No obstante, no es posible ignorar que en buena parte de la opinión vecinal subsisten no pocas dudas de que todo sea como se dice que es.

Con ese origen en el seno conductor de la Coopeléctric y con apoyo en el uso arbitrario de su infraestructura, del personal que fuere menester y de lo que hiciere falta para que tanto la campaña como el acto eleccionario tuvieran el sustento de la institución que fue creada para prestar servicios comunitarios exclusivamente, la candidatura de Mario Cura salió a buscar el respaldo político injertándose en el PJ. Hay que tener en cuenta que hasta el momento en que se necesitó el respaldo institucional político el contador Mario Cura no figuraba en la nómina de los dirigentes activos del movimiento, y su vinculación estuvo signada sólo por la militancia constante de su esposa, conductora de una línea interna que ya había producido un desgranamiento en el bloque concejalicio. Los demás integrantes del grupo de apoyo y sostén, denominado Lista Amarilla, aunque individualmente su mayoría participa del peronismo, apenas unos pocos podrían considerarse militantes activos, lo que define la poca coloratura justicialista de este lanzamiento. No obstante, la Lista Amarilla hizo lo que debía para participar de la interna, esencialmente para ganarle a Jorge Larreche.

Lo que no quisieron ver los seguidores de Cura en el resultado de esa interna es el antecedente más claro de que la aventura de ganar el Municipio no era más que eso: una aventura. La presencia de la Cooperativa en la campaña previa a la interna y el despliegue indisimulado de medios del ente popular llegaron al extremo de que, en determinado momento, Mario Cura declaró ante los medios que contaba, para ganar, con más de “seis mil medidores”. Es claro que en ese terreno tenía antecedentes a mano: las elecciones propias de la Cooperativa en las que venció a la Lista Celeste, si bien por márgenes que no acordaron con el despliegue de medios de unos y de otros. Pero la interna peronista tuvo lo suyo polarizada entre Cura y Larreche, con estas características: en tanto el curismo contaba con una disponibilidad de toda clase de medios y dineros para armar una campaña invasiva de locales abiertos en toda la ciudad, de punteros generosamente provistos de movilidad en vehículos portadores de símbolos no precisamente del PJ, y de datos importantes para conocer la situación de los “medidores” respecto de facturas pendientes y, en fin de mucho más de lo que se necesitara para ganarle a Larreche, éste dispuso de lo que pudo juntar en pacientes cuatro años de trabajo para conformar un grupo de apoyo y trabajo, con visible limitación de medios que sólo se obtienen mediante el pago en dinero.

Ante tanta desigualdad, era fácil suponer que el triunfo sería, arrollador, del curismo. Pero esa previsión no se cumplió, porque Cura ganó la interna por apenas poco más de medio centenar de votos. Eso, técnicamente y consideradas las circunstancias, constituyó la primera derrota formal del curismo, pero éste no entendió el aviso, siguió creyendo que iba todo viento en popa hacia la victoria. Por eso la campaña siguió los lineamientos de la que planificaron para la interna, es decir basándola en la infraestructura disponible, creyendo que con plata, punteros y autos se gana una elección en un distrito de gente cuya mayoría se siente satisfecha con el gobernante al que periódicamente le renueva su confianza.

VACÍO DE OFERTAS
En vez de abocarse el curismo a la elaboración de un haz de ofertas tentadoras para que la gente considerara la posibilidad de cambiar el gobierno local, la campaña del curismo no pasó de lo que es habitual cuando no hay proyectos ni programa definidos: la crítica al que está gobernando y, en el mejor de los casos (cuando se quiere evitar la actitud antipática de atacar al adversario), sólo hablar de que “vamos a mejorar esto, aquello y lo de más allá”, así sin detalle, sin nada que le permita a la gente siquiera intuir en qué consistirían los cambios. Y así, mientras el curismo consideraba que con el apoyo incondicional e irrestricto de la Cooperativa bastaba para ganar las elecciones, y entretenía a la gente en dar comunicados sobre los beneficios de ayudarle a trepar hasta el despacho principal del Palacio San Martín, su ocupante habitual seguía produciendo hechos, suscribiendo acuerdos y contratos para cosas concretas, anunciando obras cuyas licitaciones tenían fechas ciertas y su comienzo otro tanto. No entendieron que alguna vez el general Perón había asegurado que “mejor que decir es hacer”. Se enredaron en su propio discurso vacío de contenidos en opciones, y hasta perdieron la oportunidad de avanzar en posibilidades cuando Eseverri les tiró el tema de la basura que, en una instancia electoral ésa, era casi una prenda de triunfo si se la usaba con inteligencia.

La propuesta de la basura es un asunto muy serio que merece ser tratado como tal, no como una cuestión emocional o de propaganda superficial. Se la atacó apasionadamente de inmediato desde varios sectores, pero el curismo demoró alguna definición que todavía no es fácilmente identificable- y perdió el tren. Y el más encumbrado en su nómina legislativa incurrió en dislates tales como afirmar que las elecciones del 14 de septiembre serían “el plebiscito en el que Olavarría rechazaría el proyecto de la basura”, y la desafortunada mención de que si así no fuera aconsejaría a sus nietos irse de acá para que no tuvieran que vivir en tal condición. A la gente no se le puede decir cualquier cosa, porque es creer que la gente se traga cualquier cosa y no sabe distinguir entre el disparate y lo sensato.

EL FINAL DE LA AVENTURA
La moraleja es que no se puede ganar a un ganador si no se tiene lo que hay que tener, que en el caso del Municipio de Olavarría es capacidad de inventiva y de elaboración de planes y proyectos creíbles, definidos y ubicables en el tiempo y el espacio. Además de experiencia en las buenas artes de la administración transparente, sin turbiedades sospechosas. Además, también, respeto por la gente a la que no se la debe contar como si fueran cosas. Además, respeto por las instituciones ajenas a la política.

Lo curioso de todo este proceso malhadado para la Lista Amarilla es que el responsable principal todavía no da señales de comprender lo que pasó. No sabe que las culpas no están en las actitudes de Larreche o de Mingo Vitale, sino en él mismo que no pudo transmitir a la gente la mística de la necesidad de un cambio y de que ese cambio sólo es posible con él. Ni él, Mario Cura, ni la Lista Amarilla comprometida en la aventura, ni la misma Cooperativa a la que se involucró, ni al PJ que otra vez se dio la mano con la derrota y hay los que creen que es cuestión de “buscarle la vuelta” para ganarle al mismo rival imbatible hasta ahora, nadie en ese comando del fracaso parece haberse dado cuenta de que lo que tienen que hacer es un replanteo total de lo que hicieron, admitir el cúmulo de errores en que incurrieron, pero principalmente lo que nunca tuvieron en cuenta: la calidad y perspicacia de la gente a la que salieron a decirle que eran lo mejor de la ocasión. No somos cualquier vecindario, sino uno con un muy alto ingrediente cultural, educativo, de sensatez y de prudencia. Y con algo más: con experiencia en distinguir gobernantes. Acá nadie ignora quiénes fueron nuestros buenos intendentes, así como tiene en la memoria quien no lo fue así.

Y por eso, porque somos una comunidad que sabemos evaluar, acá no hay lugar para la aventura, para los que creen que se necesita “ir por todo” montados en actitudes soberbias vacías de sustento.

 
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