Nada mejor
que una buena historia y la presencia física del libro si queremos
iniciar en la lectura. Contamos cuentos para divertir, entretener, manteniendo
en claro un objetivo: que los oyentes acudan al libro de donde han oído
la historia narrada y se conviertan en “Sherezada”, aquel
personaje que por medio de los cuentos logró prolongar su vida
por “Mil y una noches”.
Es indudable la relación que existe entre libro-cuento y la atracción
que ejerce sobre sus futuros lectores. El libro favorece el contacto con
otros libros, el placer por tocarlos, olerlos, hojearlos, “hacerlos
de la familia”.
La tarea de contar cuentos debe hacerse desde la infancia, en los hogares
con la participación de toda la familia. Acaso quien no recuerda
alguna abuela/o, tía/o que a la hora de la siesta nos contaba un
cuento, dejándonos con las ganas de más cuentos?.
Para contar un cuento lo primero es encontrar una historia que nos atrape
exageradamente, que se instale dentro nuestro, que nos divierta, emocione,
que nos haga sentir personaje como si fuese escrita para nosotros y sobre
todo nos haga sentir la necesidad de contarla y compartirla.
Tener en cuenta las características psicológicas, las edades
de los oyentes y hacernos esta pregunta internamente no nos alejará
del objetivo fijado: ¿Para quién y para qué voy a
contar el cuento?. La respuesta a esta pregunta se verá respondida
en su totalidad al terminar la narración con sólo ver la
cara de nuestros oyentes o escuchar algún comentario.
El relato escogido debe ser breve, sencillo, sin perder de vista el valor
literario de la palabra. Tratar de incorporar en los niños una
cultura auditivo-literaria, tan dejada de lado en la sociedad actual por
los medios audiovisuales, no es tarea sencilla. Pero si con un cuento
logramos transmitir algo auténtico, descubrir la verdadera intención
con la cual fue creada esa historia, ayudará el contacto posterior
con la letra impresa, motivando la lectura placentera.
Seguramente a los niños que se les cuenta cuentos, volverán
a narrar, probablemente con variantes, agregándoles personajes,
onomatopeyas y todo lo que de vueltas por su imaginación. Si esto
ocurre, la tarea del narrador fue cumplida, pero no acabada con un “Colorín
colorado”, pues es de esperar que alguien quiera volver a escuchar
“Había una vez...”
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