Artículo escrito por Hermes Dirazar
para la revista “Pulso” - Suplemento de “El Popular”
con el seudónimo de URANO
Generalmente reservamos la palabra arte
para las aplicaciones más diversas donde deseamos dar una idea
de complejidad permanente.
Así hablamos del arte de la política, el arte de mandar,
el arte de conducir, el arte de amar, el arte de la elocuencia, etc.
Recurrimos al vocablo cuando queremos enfatizar el carácter difícil
que reúne la ejecución de alguna actividad que necesita
algo más que conocimientos, experiencia y dedicación.
Y si bien es cierto que arte significa, fundamentalmente, expresión
estética, hacemos extensivo el término cuando los componentes
de la personalidad requeridos son de alguna manera los mismos, identificados
en la expresión artística, caracterizada por altas dosis
de creatividad, sensibilidad y una especial capacidad instintiva para
detectar lo esencial, apartarlo de lo accesorio y tomarlo como eje de
valorización sobre el que se aplicará la creatividad necesaria
para darle a un asunto el carácter personal que la circunstancia
requiere, en aras de la comprensión que permita orientarse adecuadamente
y elaborar cursos de acción satisfactorios.
Establecida la estructura organizativa y la filosofía administrativa
explícita, o implícita en el clima de trabajo con el estilo,
inevitable al fin, de liderazgo adoptado; con sus respectivos incentivos
y limitaciones corporizados en los sistemas de control, dirección,
disciplina, etc... habrá llegado el momento de ejecutar las tareas.
El gerente, jefe o supervisor deberá organizar su sector distribuyendo
las tareas a realizar; se establecen así diferentes etapas de
ejecución con sus respectivos niveles de autoridad y responsabilidad.
Delegar es transferir autoridad (poder de decisión) a otro nivel,
generalmente jerárquicamente inferior, las tareas de ejecución,
coordinación, comunicaciones, controles, etc. que corresponda.
El responsable de delegar deberá considerar principalmente, tres
marcos de referencia bien diferenciados que determinarán todo
el proceso. El de la Organización, y los pertenecientes a las
personalidades del receptor y la propia. Deberán sumarse a estos
marcos superpuestos las circunstancias que influyen puntualmente en
cada uno de ellos en cada momento, haciendo que el proceso de delegación
se vea afectado principalmente en el grado de libertad para tomar decisiones
que se puedan transferir.
La complejidad en la percepción de todo el conjunto mencionado
hace que nos inclinemos a darle categoría de ”arte”
a esta actividad administrativa.
Delegar implica confiar en un subordinado la misión de alcanzar
un objetivo, dejándole cierta iniciativa y autonomía en
la elección de los medios para llegar a él, y aceptar
la idea de que en la elección pueda cometer errores. (Confiar,
objetivo, iniciativa, autonomía, medios y errores, reflexionar
sobre el significado profundo de cada una de estas palabras).
Delegar no es que otro haga lo que uno debe hacer y no puede por algún
motivo, sino pasarle a otro lo que uno no debe realizar y que el otro
seguramente hará mejor porque para eso está prevista su
función.
En el proceso de delegación el concepto clave es: poder de decisión.
Uno de los males más frecuentes administrativos, propio de los
sistemas autoritarios, es delegar responsabilidad y no autoridad. En
la práctica: ”Esta papa caliente es suya y sólo
yo decido cómo y cuándo enfriarla”, la consecuencia
lógica es que ante el menor ”cambio de temperatura”
vendrá la consulta porque, obviamente, nadie quiere ”quemarse”
conscientemente. El subordinado consultará detalles increíbles
a simple vista, pero seguramente la frecuencia de la consulta estará
directamente vinculada, inversamente, al poder de decisión que
disponga y llegarán al detalle más minúsculo en
relación directa a la disconformidad por los detalles mal ejecutados
que reciba. Todo es perfectamente explicable y previsible, y tendrá
un efecto destructivo sobre toda iniciativa y creatividad en forma irreversible,
porque paradójicamente tendremos la menor dosis de audacia en
donde escuchamos más quejas, en los niveles superiores, por falta
de la misma.
El personal que trabaja en esta condiciones
se acostumbra a no tomar decisiones; como no tiene autoridad tampoco
quiere responsabilidad y se preocupa por ”pasar la pelota”
continuamente; hábito que una vez adquirido es casi imposible
de revertir
¿Podemos imaginar algo más nocivo para una organización
que despilfarrar así su activo más valioso: la inteligencia
de su personal?
El dirigente debe marcar prioridades, señalar lo importante,
definir los puntos clave, distinguir lo esencial, ver lo fundamental,
proveer los recursos y motivar a que los subordinados piensen, decidan,
ejecuten y trabajen productivamente sin perder tiempo en cuidarse del
sistema. Por supuesto que todo estará bajo control. Hay más
cosas que hacer que tiempo para hacerlas; esto obliga a determinar jerarquía
de valores y no perder la visión del conjunto.
El dirigente necesita tiempo para lograr todo esto y obviamente no lo
tendrá cuando se lo pasa detrás de minucias. Cuando más
nivel tenga menos debe atender lo pequeño; de lo contrario, ¿quién
atenderá lo grande? ¿quién se dedicará a
planificar? ¿quién observará las tendencias? En
definitiva ¿quién hará su tarea? la respuesta es
obvia, sencilla: Nadie.
El director de la orquesta no puede ser hombre de la orquesta, o toma
la batuta o ejecuta el violín, las dos cosas no se pueden por
más rápido que pretenda moverse.
La falta de tiempo no es un mérito del que se pueda alardear
sino por el contrario una prueba de incompetencia en la organización
de su propio trabajo y en la ordenación de las actividades de
sus subordinados.
Debe el dirigente ser hombre poco ocupado; y muy preocupado por ocupar
a sus subordinados en lo que deben estar, de acuerdo con su jerarquía.
Hay toda una cultura negativa del escritorio (principalmente en los
establecimientos fabriles) que empuja a los dirigentes fuera de sus
funciones, al campo de batalla para ”mejorar su imagen”
y, simultáneamente, recoger las minucias que pueden serle más
útiles que la atención de sus más serias funciones.
Obviamente los extremos son todos malos, los que deben evitarse son
los conceptos y prejuicios que pasan a ser cultura dentro de una organización
y darse cuenta de que dichas anormalidades no se presentan por casualidad.
Delegar es hacer participar, es poner en actividad motivaciones que
atiendan necesidades de orden superior.
Para ello es necesario aceptar que las cosas pueden hacerse de una manera
diferente y mejor de lo que uno mismo lo hubiera hecho; esto exige confiar
en los demás, creer en el hombre como un ser que por naturaleza
quiere tomar decisiones acorde con su capacidad.
Es cierto que la gente no cambia en lo más esencial de su ser
(núcleo-ético-afectivo formado en los primeros años
de la vida) pero sí cambian en sus conductas sociales y la delegación
bien comprendida y administrada es una herramienta de motivación
poderosísima porque está relacionada con necesidades básicas
de la personalidad.