EL RINCÓN DEL HEDONISTA
Hay cosas que nacen para ser unidas por
el destino (aunque la mano del hombre puede dar una ayuda a su encuentro),
y no otra cosa hacen los que buscan la comunión de sabores entre
lo que bebemos y comemos.
Sobre los vinos indicados para cada comida, suele haber sabias teorías.
Los expertos hablan de “maridaje” cuando una determinada
bebida se “casa” bien con un determinado alimento. Y ahí
andan los casamenteros, buscándole un buen matrimonio a los buenos
vinos.
La tesis más difundida es aquella que busca la armonía
de colores entre el alimento y el color del vino.
Según los expertos en no defraudar al paladar, la asociación
de colores prepara la asociación de los gustos. Así, los
vinos blancos armonizan mejor con alimentos poco coloreados: carnes
blancas (pescados, aves). Las cepas tintas en cambio, por su color oscuro,
se conjugan mejor con las carnes rojas.
Pero como dice el refrán popular: “cada maestrito con su
librito”. También he escuchado, de boca de un “casamentero”
profesional, una teoría distinta y con sólidos argumentos.
El erudito en cuestión decía que la salsa que acompaña
cada plato es la que dicta la copa que habremos de beber esa noche.
Así, un alimento con salsa muy condimentada, y de sabores fuertes,
le rogará a nuestro paladar el encuentro con alguna de las pálidas
cepas blancas, de cualidades frescas y que por lo general se beben frías
(10º).
Un plato de salsa ligera y suave podrá reconocer a los tintos,
mejor constituidos, como sus socios privilegiados.
Para terminar: dicen que “sobre gustos no hay nada escrito”.
Lo importante es experimentar y decidir que es lo que más gusta.
Pero ahora, que los albores del siglo XXI confirman cualidades del vino
bebido con habitual moderación, lo único equivocado es
no tomarse una copa con esa comida que siempre nos obsequiamos.