Hace unos días hablaba con unos
conocidos que estaban de visita por la Patria, puesto que son argentinos
que desde hace muchos años viven en Méjico. Cada tanto
vuelven a la Argentina; y esta última vez notaron cambios: “el
país y la gente no son los mismos de hace cuatro años”.
Comentaban que en Buenos Aires, en la calle misma, notaron otro carácter
en las personas, más respeto y colaboración entre la gente.
La frase exacta fue: “se brinda ayuda hasta cuando no se la solicita”.
La anécdota narrada por aquellos argentinos de visita por el
país después de cuatro años parece ser un síntoma
del cambio que puede estar en marcha en el espíritu de nuestra
nación.
No es impensado que las sociedades modifiquen su carácter a partir
de momentos de gran estremecimiento.
El ejemplo de Europa, que devastada por guerras indeseables edificó
los cimientos de la unión, de la paz y la democracia, con ciudadanos
que en la adversidad aprendieron a revertir la historia.
Y Japón herido por bombardeos miserables, buscó en su
pueblo la mejor respuesta a esos ataques para ganarse el respeto mundial.
La Argentina tiene una historia reciente donde la conmoción y
el estremecimiento frente a las sucesivas crisis, parecen haber tocado
la fibra íntima de su sociedad.
No ha escapado a muchos analistas que, en los momentos vividos, los
argentinos están develando un enorme potencial humano, y una
grandeza inédita para salir adelante.
“Se brinda ayuda hasta cuando no se la solicita”, decían
aquellos argentinos de regreso por el país, quizá con
la lucidez del que mira de afuera. Y la observación está
indicando el comienzo de un sentimiento de hermandad más fuerte
en la sociedad.
Y eso, si no pasa indiferente, irá calando en el corazón
del pueblo hasta moldearle un carácter y una forma de ser.
En los miles de rostros que vemos, y que componen la Patria, se refleja
hoy una serenidad nueva, como posterior a los grandes derrumbes. Y quizá
empecemos a darnos cuenta como nunca antes de que estamos todos como
pasajeros de un mismo barco que debemos salvar.
No hay cambio posible sin un cambio en el corazón de los ciudadanos,
porque los gobiernos pasan pero los pueblos quedan.
La sociedad argentina es joven en relación a los siglos que recubren
a naciones como las europeas, por ejemplo. Pero las virtudes y la hermandad
de un pueblo son frutos que se cosechan con el tiempo.
Así es como el país y su gente “no son los mismos
de hace cuatro años”, tampoco son los mismos de hace diez
o hace veinte años. Es que las sociedades se vuelven adultas.
Y por eso, sólo por eso, lo que antes quizá nos parecía
imposible ahora parece posible.
(*) Sociólogo. Graduado en la Universidad
de Bs. As.