Me rondan predecibles señales.
Las siento llegar. Vienen con presagios de nostalgia. Regresan, debería
decir, pues su visita anda cerca de lo casi cotidiano. Regresan, y seguro
así lo digo, dispuestas, una vez más, a dar batalla a
los tibios espacios del olvido.
En ese tiempo, que es hoy y ya no cuento, no ofrezco resistencia. Nada
más me pongo a merced de los vientos que quieran soplar y sin
importarme demasiado me dejo llevar al puerto que, por haber llegado
tantas otras veces, estoy dispuesto otra vez a llegar.
Entonces... te pienso.
Mis manos, con firmeza de juventud, dibujan tu cuerpo con detalles precisos
que mi piel no ha olvidado. Puedo sentir en mi boca el calor de tu boca.
Tus labios humedecen a los míos tal como ayer mis labios humedecían
a los tuyos.
Te sigo pensando.
Me vengo a recordar de nuestras horas. De nuestros tiempos. De aquellos
amores que aprendimos juntos aún siendo un poco niños.
De aquel paso imprevisto a nuestra adolescencia. De aquella vez que
temblamos juntos, tanto y tanto, que terminamos dormidos bajo un tibio
sol de abril, plenos de abandono y cansancio. De las preguntas que nos
hicimos después... ¿Qué era lo que habíamos
sentido?... ¿Qué era, que era tan lindo?
No obtuvimos respuesta a lo que, con rubor, estuvimos por unos días
preguntándonos y ello no fue mucho lo que importó. Lo
teníamos, era nuestro, los sentíamos y eso nos bastó.
Y en este asunto de irte recordando me doy cuenta recién hoy
que entre vos y yo no hubo un adiós. Nada más pasó
que, por un giro no deseado, nuestras vidas marcharon por rutas diferentes.