El fútbol es una actividad espléndida.
Ganan todos. En efecto, ganan los jugadores cifras astronómicas
en sueldos, primas, premios, publicidades, etc. Ganan sus representantes
en porcentajes sobre millonarias transferencias. Ganan intermediarios
que acechan aquí y allá prenderse en una intermediación
entra clubes, representantes y jugadores. Ganan cuerpos técnicos
y directores técnicos que tienen sueldos de un millón
de pesos por año, más porcentajes por venta de jugadores,
publicidades, etc. Ganan los periodistas que comentan el espectáculo
y a su vez promocionan figuras, equipos, directores técnicos,
etc. Gana la TV que provee de abundante entretenimiento a la población.
Ganan las empresas comerciales que hacen publicidad (paga por supuesto)
en camisetas, estadios, bordes inferiores de la pantalla mientras se
transmite el juego, etc. Ganan los dirigentes que se prenden en transferencias,
promociones, publicidades. Gana todo el equipo burocrático y
técnico que necesita un club de fútbol. Ganan los barras
bravas que consiguen entradas, porcentajes de transferencias, etc.
Estamos hablando de la plata legal o blanca. La que corre en negro y
subrepticiamente como sobornos, incentivaciones, arreglos de partidos,
referees, etc, no se cuenta.
En este panorama de que todos ganan, los únicos que pierden son
los clubes. Todos están en quiebra o al borde de la quiebra.
Se salvan de la quiebra porque el circo tiene que seguir (qué
va a hacer la gente los domingos si no hay fútbol). En consecuencia
el circo debe proseguir.
En este mecanismo de que todos ganan y uno pierde, los barras bravas
cumplen una función social inestimable. Son los perfectamente
adaptados al sistema que obligan a que la máquina nunca se detenga.
El club está endeudado. Muy bien, se vende una estrella en cifras
astronómicas. Lo sensato sería dedicar parte o todo de
ese capital a pagar deudas. Eso es lo que haría cualquier empresario
en su propia empresa. Pero el fútbol tiene una lógica
distinta. Con el dinero de una estrella se debe comprar otra estrella.
Los barras bravas exigen este sistema suicida ya que hay que ganar campeonatos,
salvarse del descenso o hacer una campaña decorosa. Nada de pagar
deudas. Y así con aprietes y amenazas, los barras bravas logran
que la máquina de robar no se detenga nunca. Todos trabajan para
desvalijar a los clubes. Los barras bravas impedirán que aparezca
un dirigente sensato que quiera hacer lo razonable. Pagar deudas. Y
si a alguien se le ocurre pagar deudas en vez de comprar estrellas se
lo intimida, se lo acorrala, se lo muele a palos. Los barras bravas
saben cómo hacerlo.
Se llama inadaptados a los barra bravas. Nada más alejado de
la realidad. Si alguien está perfectamente compenetrado y adaptado
al esquema del fútbol es el barra brava. Ellos saben cómo
explotar el sentimiento del hombre común (que Boca o River o
Almagro salga campeón) para que todos sigan descuartizando el
club. Y cuando el Club entra en bancarrota se inventan sistemas jurídicos
que permiten que por un lado siga el club (como si nada hubiera pasado)
y por el otro se les pagan monedas a los acreedores.
¡Pobres barras bravas! ¡Tan denigrados ante la opinión
pública! Ellos cumplen una función social importantísima.
Que la rueda nunca se detenga. Por eso tienen tanta influencia política
y económica. Todos les deben algo. Por eso algunos son funcionarios
del Parlamento de la ciudad Autónoma de Buenos Aires o tienen
fluidos contactos con políticos. Esa ruidosa presión para
que la máquina de robar no se detenga tiene su precio. Hay que
pagarlo. En pesos y en vidas. Pero qué importa un par de muertos
por año ante la inmensa satisfacción de ver fútbol
por TV?