Nº 87 - El ALCA que viene - Marcos Rodríguez
- Analista en Relaciones Internacionales


Negociaciones por la integración económica

“Las sociedades deben ser juzgadas por su capacidad para hacer que la gente sea feliz”.
Alexis de Tocqueville

El libre comercio en América es un desafío futuro, pero también una realidad cercana. Lo cierto es que los días pasan y la incertidumbre, en vez de disminuir, se acrecienta. El 1º de enero del 2005, fecha establecida para la puesta en marcha del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), está muy próxima. El proyecto original planteaba liberalizar el comercio en todo el continente, muy difícil de sostener porque implicaría compatibilizar los intereses de 34 países de dimensiones, estructuras e intereses geopolíticos muy diferentes. Nuestro proyecto de futuro, aunque ajeno al interés inmediato del sentido común, está siendo diseñado en estos días y no precisamente entre sombras. Esto hace que ocuparnos del tema sea cada vez más necesario.
De prosperar esta propuesta aplaudida a fines de 1994 en Miami y resistida con igual intensidad desde entonces- podría quedar delineada, desde Alaska a Tierra del Fuego, la zona de libre comercio más extensa del mundo: 34 países conformarían un próspero territorio para grandes negocios, donde aún están ausentes las bonanzas para gran parte de los 800 millones de seres humanos que lo habitan.
¿Por qué América avanza en este sentido de dirección? El motivo principal parece ser la búsqueda de herramientas de política adicionales que permitan lograr una inserción exitosa de los países en una economía mundial más globalizada y competitiva. Entonces, cabría procurar que los resultados de las negociaciones en marcha no reproduzcan las diferencias en el desarrollo humano que actualmente sufre la humanidad, representadas en un próspero Norte y un empobrecido Sur o, dicho de otra manera, en países desarrollados y países en desarrollo, o inforricos e infopobres.
Un tratado de libre comercio es una empresa que involucra a todo el aparato productivo. Hay sectores beneficiados y otros perjudicados, pero no se trata ésta de una afirmación que pueda tomarse a la ligera: hay mucho en juego. Y, hoy por hoy, las notas en letra chica, pero no de tono menor, ocupan gran parte de las agendas en curso.
Nuestro país mantiene una relación marcadamente asimétrica, tanto con los países más desarrollados de América como con la Unión Europea. Por esto, es necesario un ALCA que permita a los países, según su nivel de desarrollo, lograr la plena y adecuada participación en la distribución de los beneficios. No se trata de generar temor. Sí de alimentar la consciencia de que, en poco tiempo, la Argentina se someterá a nuevas reglas de juego en un contexto en que las posibles consecuencias de la liberalización comercial no son fáciles de anticipar.
El Mercosur y el ALCA no son objetivos en sí mismos, sino sólo medios para el logro del bienestar de la población y el desarrollo de nuestros países, con salvaguardia de la integridad territorial y la preservación de las entidades culturales. Si esos objetivos no se alcanzan, ni el Mercosur ni el ALCA tienen razón de ser. Esto lleva a preguntarnos qué integración queremos. Para todas las partes se plantea el desafío de desarrollar una arquitectura institucional que proteja los derechos y las obligaciones de todos los países miembros y promueva resultados equilibrados entre socios con capacidades muy diferentes. Y de esta manera evitar que la capacidad de hacer compromisos creíbles en conjunto no sea erosionada por la posibilidad de acciones unilaterales.
Es indispensable concertar intereses comunes para el logro de beneficios recíprocos. Entonces, la política de integración con los países vecinos es fundamental para hacer valer los intereses de nuestra región en el marco del ALCA, negociando como bloque unido. Sin duda, al final del camino está el ALCA, pero mejor es llegar con un mayor peso específico. ¿Cómo? Consolidando una alianza estratégica y no sólo retórica- primero a nivel Mercosur y luego a nivel de Sudamérica para la formación de un poder económico, tecnológico y cultural que nos permita un mayor nivel de interlocución internacional. Ante el actual proceso de globalización y unilateralismo, resistirse aisladamente no es buen negocio. Es claro que los diferentes jugadores tienen diferentes objetivos en el ALCA. Cierto es que hay diferentes formas de avanzar. Por lo dicho, la intención de EE.UU. de ir avanzando paralelamente en acuerdos bilaterales, como el ya firmado con Chile o los que tientan a Uruguay y Centroamérica, sigue privilegiando la vieja práctica de dividir para reinar.
En las reuniones de noviembre, gracias a la coordinación argentino-brasileña, EE.UU. aceptó un ALCA a varias velocidades, un ALCA “light”. El acuerdo que se logre, por lo menos en el corto y mediano plazo, no será como el que originalmente planteó EE.UU. Ya que éste no cedió en las cuestiones básicas para la producción del Cono Sur proteccionismo, medidas antidumping, y apoyo al sector agropecuario que aplica el país del Norte, derivando su discusión a la Organización Mundial de Comercio, donde está trabada luego del fracaso de Cancún, lo mismo que sus trabas al acero- y esta región no lo hizo en las áreas de interés de EE.UU., que no son la rebaja arancelaria de las mercaderías, sino los capítulos novedosos en este tipo de acuerdos: servicios, trato a inversiones extranjeras, compras del Estado y leyes de patentes y propiedad intelectual.
Lo sucedido en la reunión ministerial de Cancún ha manifestado en forma aún más clara la estrategia de los países desarrollados para consolidar su posición dominante en la economía mundial. Al dar prioridad a los denominados temas de Singapur dejando de lado al resto de las materias que conforman la agenda y que son de interés de los países en desarrollo, el verdadero postergado resulta ser el sistema multilateral de comercio, piedra angular del equilibrio requerido por estos países para posibilitar una mejor inserción en el sistema económico mundial. Además, las reales posibilidades de que dispone el sistema de comercio mundial de absorber, simultáneamente, un sinnúmero de compromisos sin que se verifique un alto grado de incumplimientos, están en entredicho. La aplicación unilateral de medidas proteccionistas y de sistemas arbitrarios para administrar el comercio exterior, así como el incumplimiento de plazos para la internalización de compromisos, constituyen una violación de lo acordado y son ejemplos, más que fehacientes, de una incapacidad manifiesta del sistema para obligar por igual a todos los participantes.
Otro tema que influye en el curso de las negociaciones es que dentro de cada país hay intereses encontrados en relación al proyecto de liberalización porque, mientras algunos se benefician con un programa de apertura de mercados externos, otros verían amenazada su subsistencia, cuestión que los gobiernos tienen o deben tener en cuenta. Se trata, por tanto, de balancear costos y beneficios. La declaración de Miami reivindicó el proyecto pero, con criterio más realista y flexible, abre la puerta a negociaciones bilaterales y regionales como pasos graduales a una integración hemisférica.
Hoy hemos llegado a un “ALCA posible”, incompleto. Nuestro futuro depende de las condiciones internacionales que nos permitan hacer. Es tiempo de reformular la estrategia de desarrollo en clave de integración. Mientras tengamos espacios de permisibilidad internacional o actuamos rápidamente o ese espacio se cierra. Y se está cerrando por los elementos negativos de la globalización y por el unilateralismo.

 
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