Negociaciones por la integración
económica
“Las sociedades deben ser juzgadas
por su capacidad para hacer que la gente sea feliz”.
Alexis de Tocqueville
El libre comercio en América es
un desafío futuro, pero también una realidad cercana.
Lo cierto es que los días pasan y la incertidumbre, en vez de
disminuir, se acrecienta. El 1º de enero del 2005, fecha establecida
para la puesta en marcha del Área de Libre Comercio de las Américas
(ALCA), está muy próxima. El proyecto original planteaba
liberalizar el comercio en todo el continente, muy difícil de
sostener porque implicaría compatibilizar los intereses de 34
países de dimensiones, estructuras e intereses geopolíticos
muy diferentes. Nuestro proyecto de futuro, aunque ajeno al interés
inmediato del sentido común, está siendo diseñado
en estos días y no precisamente entre sombras. Esto hace que
ocuparnos del tema sea cada vez más necesario.
De prosperar esta propuesta aplaudida a fines de 1994 en Miami y resistida
con igual intensidad desde entonces- podría quedar delineada,
desde Alaska a Tierra del Fuego, la zona de libre comercio más
extensa del mundo: 34 países conformarían un próspero
territorio para grandes negocios, donde aún están ausentes
las bonanzas para gran parte de los 800 millones de seres humanos que
lo habitan.
¿Por qué América avanza en este sentido de dirección?
El motivo principal parece ser la búsqueda de herramientas de
política adicionales que permitan lograr una inserción
exitosa de los países en una economía mundial más
globalizada y competitiva. Entonces, cabría procurar que los
resultados de las negociaciones en marcha no reproduzcan las diferencias
en el desarrollo humano que actualmente sufre la humanidad, representadas
en un próspero Norte y un empobrecido Sur o, dicho de otra manera,
en países desarrollados y países en desarrollo, o inforricos
e infopobres.
Un tratado de libre comercio es una empresa que involucra a todo el
aparato productivo. Hay sectores beneficiados y otros perjudicados,
pero no se trata ésta de una afirmación que pueda tomarse
a la ligera: hay mucho en juego. Y, hoy por hoy, las notas en letra
chica, pero no de tono menor, ocupan gran parte de las agendas en curso.
Nuestro país mantiene una relación marcadamente asimétrica,
tanto con los países más desarrollados de América
como con la Unión Europea. Por esto, es necesario un ALCA que
permita a los países, según su nivel de desarrollo, lograr
la plena y adecuada participación en la distribución de
los beneficios. No se trata de generar temor. Sí de alimentar
la consciencia de que, en poco tiempo, la Argentina se someterá
a nuevas reglas de juego en un contexto en que las posibles consecuencias
de la liberalización comercial no son fáciles de anticipar.
El Mercosur y el ALCA no son objetivos en sí mismos, sino sólo
medios para el logro del bienestar de la población y el desarrollo
de nuestros países, con salvaguardia de la integridad territorial
y la preservación de las entidades culturales. Si esos objetivos
no se alcanzan, ni el Mercosur ni el ALCA tienen razón de ser.
Esto lleva a preguntarnos qué integración queremos. Para
todas las partes se plantea el desafío de desarrollar una arquitectura
institucional que proteja los derechos y las obligaciones de todos los
países miembros y promueva resultados equilibrados entre socios
con capacidades muy diferentes. Y de esta manera evitar que la capacidad
de hacer compromisos creíbles en conjunto no sea erosionada por
la posibilidad de acciones unilaterales.
Es indispensable concertar intereses comunes para el logro de beneficios
recíprocos. Entonces, la política de integración
con los países vecinos es fundamental para hacer valer los intereses
de nuestra región en el marco del ALCA, negociando como bloque
unido. Sin duda, al final del camino está el ALCA, pero mejor
es llegar con un mayor peso específico. ¿Cómo?
Consolidando una alianza estratégica y no sólo retórica-
primero a nivel Mercosur y luego a nivel de Sudamérica para la
formación de un poder económico, tecnológico y
cultural que nos permita un mayor nivel de interlocución internacional.
Ante el actual proceso de globalización y unilateralismo, resistirse
aisladamente no es buen negocio. Es claro que los diferentes jugadores
tienen diferentes objetivos en el ALCA. Cierto es que hay diferentes
formas de avanzar. Por lo dicho, la intención de EE.UU. de ir
avanzando paralelamente en acuerdos bilaterales, como el ya firmado
con Chile o los que tientan a Uruguay y Centroamérica, sigue
privilegiando la vieja práctica de dividir para reinar.
En las reuniones de noviembre, gracias a la coordinación argentino-brasileña,
EE.UU. aceptó un ALCA a varias velocidades, un ALCA “light”.
El acuerdo que se logre, por lo menos en el corto y mediano plazo, no
será como el que originalmente planteó EE.UU. Ya que éste
no cedió en las cuestiones básicas para la producción
del Cono Sur proteccionismo, medidas antidumping, y apoyo al sector
agropecuario que aplica el país del Norte, derivando su discusión
a la Organización Mundial de Comercio, donde está trabada
luego del fracaso de Cancún, lo mismo que sus trabas al acero-
y esta región no lo hizo en las áreas de interés
de EE.UU., que no son la rebaja arancelaria de las mercaderías,
sino los capítulos novedosos en este tipo de acuerdos: servicios,
trato a inversiones extranjeras, compras del Estado y leyes de patentes
y propiedad intelectual.
Lo sucedido en la reunión ministerial de Cancún ha manifestado
en forma aún más clara la estrategia de los países
desarrollados para consolidar su posición dominante en la economía
mundial. Al dar prioridad a los denominados temas de Singapur dejando
de lado al resto de las materias que conforman la agenda y que son de
interés de los países en desarrollo, el verdadero postergado
resulta ser el sistema multilateral de comercio, piedra angular del
equilibrio requerido por estos países para posibilitar una mejor
inserción en el sistema económico mundial. Además,
las reales posibilidades de que dispone el sistema de comercio mundial
de absorber, simultáneamente, un sinnúmero de compromisos
sin que se verifique un alto grado de incumplimientos, están
en entredicho. La aplicación unilateral de medidas proteccionistas
y de sistemas arbitrarios para administrar el comercio exterior, así
como el incumplimiento de plazos para la internalización de compromisos,
constituyen una violación de lo acordado y son ejemplos, más
que fehacientes, de una incapacidad manifiesta del sistema para obligar
por igual a todos los participantes.
Otro tema que influye en el curso de las negociaciones es que dentro
de cada país hay intereses encontrados en relación al
proyecto de liberalización porque, mientras algunos se benefician
con un programa de apertura de mercados externos, otros verían
amenazada su subsistencia, cuestión que los gobiernos tienen
o deben tener en cuenta. Se trata, por tanto, de balancear costos y
beneficios. La declaración de Miami reivindicó el proyecto
pero, con criterio más realista y flexible, abre la puerta a
negociaciones bilaterales y regionales como pasos graduales a una integración
hemisférica.
Hoy hemos llegado a un “ALCA posible”, incompleto. Nuestro
futuro depende de las condiciones internacionales que nos permitan hacer.
Es tiempo de reformular la estrategia de desarrollo en clave de integración.
Mientras tengamos espacios de permisibilidad internacional o actuamos
rápidamente o ese espacio se cierra. Y se está cerrando
por los elementos negativos de la globalización y por el unilateralismo.