Nº 088 - Cristianismo y conducción – Artículo escrito por Hermes Dirazar para la revista “Pulso” - Suplemento de “El Popular” con el seudónimo de URANO


Cuando decimos “supervisando” queremos darle al término toda la amplitud que encierra como actividad de vigilancia, orientación y conducción, aplicada en cualquier ámbito, desde el hogar a la escuela, desde el club a la oficina, desde la orquesta a la fábrica.
Noble tarea, evidentemente llena de vivencias, de alegría y conflictos.
Por lo general, sin un propósito previo claro, sin una vocación muy manifiesta, sin una preparación adecuada, un día cualquiera alguien o algo puso en nuestras manos otros seres, otras vidas, otras personas, que deberán seguir nuestras instrucciones, escuchar nuestras recomendaciones, tomar el camino que señalamos, someterse a nuestras indicaciones y aceptar nuestras expresiones de aprobación o crítica, seguir el orden que estamos representando y adecuarse a los procedimientos que estamos elaborando.
Conscientes de semejante responsabilidad, nunca es tarde buscar los puntos de referencia, los elementos concretos de orientación que nos permitirán supervisar sin cometer errores demasiado gruesos, sin ser generadores de conflictos, sin ser destructores de gente, sin caer en la deshumanización.
Un enfoque simplista puede llevarnos rápidamente a la demagogia, el paternalismo, la sensiblería y la blandura; todas actitudes negativas que terminarán dejando las cosas sin hacer.
El hombre sale de las cavernas, buscando su propio ser, y con el destino cierto de las estrellas, gracias a sus instintos de vida, su intrínseca necesidad de amar, su inteligencia, su imaginación y su impulso de integrarse al universo.
Elaborando razonamientos, hambriento de eternidad y comprensión cósmica, va concretando su camino hacia la esencia de la vida ando, filosofando y trabajando.
Sí, trabajando, simplemente haciendo cosas.
Con sus manos y sus máquinas como herramientas al servicio de su voluntad de hacer.
Ahí están las cosas por hacerse y hay una sola forma de concretarlas, “arremangándose” y poniendo manos a la obra.
De ahí que el supervisor debe atender estas herramientas materiales que fue creando además de los recursos humanos que, por supuesto, siempre serán su principal preocupación; pero ésta no debe descuidar el hecho concreto, fehaciente, ineludible, de hacer cosas.
Los conflictos que aparecen habrá que resolverlos considerando todas las necesidades; y ser comprensivo no significa ser complaciente.
Las actitudes negativas pueden originarse en tantas causas íntimas como se nos ocurra al conjugarse tantos factores desde los genéticos, hasta los circunstanciales, superpuestos a las influencias externas que se estén dando. Estas actitudes negativas deben interpretarse y revertirse.
Ante tal diversidad, la necesidad de una actitud fundamentada en principios nos dará una matriz conceptual que seguramente ayudará.
De ahí las reflexiones donde terminamos haciéndonos algunas preguntas descarnadas, que entendemos representan una realidad palpable, sobre la verdadera influencia del cristianismo en la conducta de una sociedad que lo ignora permanentemente.
Y no necesitamos traer los ejemplos extremos de las aberraciones cometidas por la subversión y la represión ilegal que utilizó los mismos métodos.
Esas son expresiones ampliadas de actitudes que vemos a diario en personas “respetables” con las cuales convivimos.
¿O acaso no estamos escuchando continuamente insultos y presenciando pequeñas reyertas en donde a poco que nos propongamos observamos dosis de odio incompatibles con la mínima tolerancia?.
Por supuesto que hay problemas socio-económicos que alteran los espíritus pero no dejemos de observar que éstos “sirven” muchas veces para poner de manifiesto sentimientos internos muy personales independientes de las circunstancias.
Los que creemos en el hombre decimos que las soluciones pasan por buscar su esencia y no por alejarlo de ella.
De ahí la importancia de clarificar el concepto básico sobre el cual se elaborarán los puntos de referencia a considerar al confeccionarse las políticas de conducción.
¿Qué nos puede aportar el Cristianismo a nuestros puntos de referencia concretos?.
Intentaremos aproximarnos a este apasionante tema tomando algunos postulados base del Cristianismo sin ahondar en argumentos teológicos (que escapan a nuestros conocimientos por otra parte), ni entrar en ningún tipo de dogma que podría interpretarse como un mensaje religioso que desnaturalizaría nuestro contenido.
La base de nuestro razonamiento será la conocida proposición cristiana de que el hombre fue creado por Dios a su imagen y semejanza.
Esto nos indica desde ya una posición de respeto hacia el hombre, indiscutible, básica, obvia, contundente.
Correspondió a San Agustín captar el significado metafísico y psicológico de interpretar el concepto de la imagen de Dios para diferenciarlo del pensamiento platónico que lo consideraba sólo como una facultad racional y sus medios de conocer.
Al ser el hombre semejante a Dios no caben en su interioridad (no son parte de su esencia) el bien y el mal coexistiendo.
Si consideramos persona al ser con necesidad intrínseca de ejercer su libertad para identificarse con la esencia del universo, vemos claramente la imagen y semejanza de dios en el hombre.
La fe cristiana se diferencia porque Dios es persona y, su realización dinámica, su fuerza creadora, son transferidas al hombre, que también es persona, por su necesidad interna de crear en libertad su propio camino.
El amor a Dios como reconocimiento por disponer de libertad y tener condición de persona es la consecuencia lógica.
El hombre como ser libre puede elegir su consumación en el amor o no, como Dios mismo lo hizo. Este es el riesgo de la libertad que Dios asumiría como única forma de que el hombre sea artífice de su propio camino hacia su íntima sustancia, eligiendo o no el camino del amor.
Así sentimos al Cristianismo; y el propio Jesús dejó muchos ejemplos, muchas señales, muchas indicaciones de cuál es el camino, cuál la conducta que interpreta en acciones concretas esa filosofía del amor; esa trascendencia del hombre.
Ser cristiano es, inexorablemente, poner el amor en el centro de toda reflexión, de todo pensamiento, de todo comportamiento.
¡ Ese sí que es un punto de referencia concreto bien sólido!.
De un “plumazo” desaparecen de toda conducta aceptable: el odio, la intolerancia, el autoritarismo, la mezquindad, la deshonestidad, la hipocresía, el elitismo, el sectarismo, el egoísmo, la indiferencia, la frivolidad, y en fin, todo lo que atenta contra la persona, la libertad y el amor.
¿Pero que dicen los dirigentes cristianos de todo esto?
¿Beben de esta agua? ¿Enfrentan este desafío?
¿Profundizan estos principios para compatibilizarlos con las filosofías administrativas?
¿Estudian las doctrinas sociales cristianas para impregnar toda organización de estos conceptos?
¿O creen que colgando el Crucifijo, aparecerá como por arte de magia todo lo que el cristianismo significa?

 
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