EL RINCÓN DEL HEDONISTA
Los Egipcios la inventaron, los germanos la mejoraron, y sucesivos descubrimientos
científicos dieron lugar a la cerveza tal como hoy la conocemos.
Llegó hasta nuestros días con poco y nada de su sabor
ancestral. Su color y aroma actual guardan poco del caldo de cebada
descubierto por los egipcios (por suerte, porque parece ser que su antiguo
sabor era muy poco amistoso).
La cerveza es una bebida que realza su sabor con la venida del verano,
pero que con el tiempo las campañas publicitarias se encargaron
de que no fuera sólo un trago estacional.
Antes de entrar en detalle sobre las aburridas fórmulas que le
dieron origen, prefiero señalar que en casi todas las lenguas,
menos en castellano, la cerveza se llama de manera similar: en francés,
biere; en alemán, bier; en inglés, beer; en italiano,
birra. ¿Por qué? Curiosamente, en hebreo, los granos se
llaman bre. Y para completarla, el nombre sajón de la cebada
era bere. En castellano la llamamos “cerveza”, palabra que
proviene de “Ceres”, la diosa romana protectora de las cosechas,
de los cereales y sus derivados. “Ceres vis”, es la fuerza
de Ceres.
De aquel entonces, de aquel Egipto misterioso, y luego de haber sido
la bebida de tribus bárbaras, de vikingos y germanos, es que
la cerveza llega a nuestros días.
No hace falta aclarar la rudimentaria elaboración y el sabor
elemental que, con seguridad, tendría aquel caldo de cebada creado
y bebido por los sufridos egipcios.
La adición del lúpulo que le da el gusto que todos conocemos
es muy posterior. Recién a finales del siglo XV, el duque de
Baviera Guillermo IV promulga la primera ley de pureza de la cerveza
alemana, que prescribía el uso exclusivo de malta de cebada,
agua, lúpulo y levadura en su fabricación.
Más tarde Pasteur, a quien tanto le debemos (y ahora parece que
le debemos esto también) consiguió evitar la presencia
de bacterias mediante la elevación de la temperatura de fermentación.
Gracias a esto, la cerveza perdura.
Así llegamos a la actual. Vayamos a ella, a la rubia, a la del
patio de casa en verano (pero con calma y moderación): se obtiene
en base a malta de cebada aromatizada con lúpulo, con un color
que va del amarillo pálido al ámbar y una graduación
alcohólica que oscilan entre los 3,5 y los 9 grados.
En la Argentina sólo se conoce bien una sola variedad de esta
legendaria bebida: la cerveza rubia. Los que se han especializado en
su degustación saben que hay una paleta de colores, sabores y
aromas, que excede a nuestra monocroma paleta nacional. Y para asombro
de muchos, las hay hechas a base de trigo, arroz (sake), papas, mandioca,
maíz y sorgo (el procedimiento es el mismo, y dicen los que se
atrevieron a probarlas que los sabores son absolutamente diferentes).
Por último un consejo práctico (al mejor estilo “Utilísima”):
si tiene sed, beba primero un gran vaso de agua. La cerveza da la impresión
de calmar la sed. Es una sensación momentánea. Según
el Larousse Gastronomique, la renueva en breve tiempo.
El parroquiano de la Fonda de Don Julián se entusiasmó:
“Maestro, mire si se avivan los vendedores de agua mineral, ¡Creo
que harían capote en cada fiesta de la cerveza!”.