Cuento por Ceferino Daniel Lazcano
Lic. En Comunicación Social
“¡Qué raro que ande por ahí!” Creí
escuchar, mientras me deslizaba entre los médanos.
No sé... yo ando solo, a veces me parece escuchar voces, y sólo
es el viento, algún rumor, un frotar ramas o de hojas.
Me ha costado llegar hasta las orillas de este mar pedregoso. El sol
comienza a descender y me protejo bajo unos arbustos secos, sobre los
que tiendo una manta y me tiro a descansar en la reposera, con las cañas
de pescar a mis pies.
No he visto a nadie desde que salí del poblado de pescadores,
a la mañana temprano; dejé mis bártulos en la única
posada y decidí hacer lo que siempre hago: vagabundear.
El mar es un buen compañero, y en sus costas creo escuchar el
clamor sordo de voces pasadas, el eco de lejanos encuentros, amores
y desventuras. El mar me calma y me transporta, ayuda a mi peregrinar.
Aunque este paisaje de desierto, extrañamente húmedo a
las seis de la tarde, con el sol aún fuerte, aguijonea mi curiosidad.
A esta hora tomo un refresco y un vianda de mi mochila, vuelvo a mirar
el paisaje; es raro que no haya pisadas, como en otras costas o las
huellas repetidas de marcas de cigarrillos o de bebidas, el recuerdo
de los turistas.
Poco me importa; tengo sesenta años, sé demasiado de la
vida, la soledad ya no me espanta, hace mucho tiempo que deambulo, donde
me llevan los vientos, apoyándome siempre en el generoso bastón
de una generosa cuenta corriente.
A pesar de que hace unos días me siento más mareado y
obnubilado que de costumbre, con mi visión borrosa y turbia preparo
anzuelos y carnadas, líneas y flotadores.
El sol se ha ido. En su lugar, como en espejo, ha aparecido una luna
roja teñida con los vapores del iodo, con el polvo marino que
el viento levanta a lo largo de la costa. El cielo está despejado,
pero por un momento, una roja iridiscencia magnetiza el aire. Me sitúo
sobre un promontorio de base plana que me ayudará a arrojar lejos
la línea con el reel.
Coloco sobre la piedra desnuda mi reposera, encarno, impulso y tiro
hasta oír el chasquido en la lejanía; me siento y vuelvo
a esperar.
La luna se ha elevado, tomando tintes más claros y ha dotado
al paisaje de una claridad irreal, como un misterio traslúcido,
una entre sombra absolutamente despojada.
Gracias a Dios, la pesca es abundante, coloco cada pieza en una bolsa
hasta que dejan de moverse, los limpio de memoria, los lavo con el agua
de mar y vuelvo a esperar.
La luna llena, blanca sobre mi cabeza despierta formas vagas y sugestivas
a mi alrededor, fantasmas de sal y espuma. Ahora me percato que no he
percibido luces, ni en el mar ni en la tierra. Sólo el titilar
de las farolas del pueblo, como cuatro o cinco velas temblorosas en
el viento. Para mirarlas, a mi derecha, debo levantar la vista.
Pienso en la luna y en todo lo que ella hace crecer: los instintos,
la savia, cómo empuja la sangre y las semillas, exaltando ciertos
humores.
Un ruido se ha escuchado detrás mío, como un disparo o
un latigazo; no veo nada; sólo pequeños espejos que se
miran en la noche, como un desierto vidrioso empapado de sal.
Pescaré el último y me iré. No me gusta este lugar.
Algo ha estallado con furia en la penumbra
fría, mis pies están mojados, la bolsa con peces muertos
se reintegra al mar. Contemplo con horror la suba de la marea, traicionera
y salvaje. La reposera nada en la oscuridad. De nada serviría
con mis escasas fuerzas, oponer resistencia a la corriente, que, con
tantas hondonadas, me llevará mar adentro. El agua me ha cubierto
hasta la cintura, sobre la roca. A mi alrededor triunfa la espuma y
el vértigo de olas. ¿Cómo no haberlo previsto?
“ Los errores se pagan”, parece decirme la luna desde lo
alto.
Una ola me derriba y la masa embravecida me arrastra, creo ahogarme
pero mi conciencia flota y se eleva.
Luego, pierdo el conocimiento.
Cuando despierto, soy parte de esa luz
que baña el mundo, algunas noches. Me acompañan los espíritus
de novias abandonadas, espectros románticos, soñadores,
noctámbulos, aquellos que todo lo perdieron por apostar a un
sentimiento, a una intuición, engañados, místicos,
la multitud de seres solitarios y enfermizos que a través de
los tiempos vieron esfumada su vitalidad por una gracia del destino.
Revestidos de luz, cada vez que el sol rebota en plenitud sobre la superficie
lunar, nos transportamos a rielar la atmósfera terrestre, crear
los sentimientos más nobles y piadosos, a inspirar a los amantes,
a templar los ojos que esperan.
Somos un misterio traslúcido que conduce a la verdad, a la verdad
que surge de la noche y que se va con las sombras. A esa verdad que
aprieta la garganta y nubla la vista, que nos hace percibir desde hondas
lejanías, los arcanos del alma humana.