Nº 088 - Marea Baja - Ceferino Daniel Lazcano


Cuento por Ceferino Daniel Lazcano
Lic. En Comunicación Social


“¡Qué raro que ande por ahí!” Creí escuchar, mientras me deslizaba entre los médanos.
No sé... yo ando solo, a veces me parece escuchar voces, y sólo es el viento, algún rumor, un frotar ramas o de hojas.
Me ha costado llegar hasta las orillas de este mar pedregoso. El sol comienza a descender y me protejo bajo unos arbustos secos, sobre los que tiendo una manta y me tiro a descansar en la reposera, con las cañas de pescar a mis pies.
No he visto a nadie desde que salí del poblado de pescadores, a la mañana temprano; dejé mis bártulos en la única posada y decidí hacer lo que siempre hago: vagabundear.
El mar es un buen compañero, y en sus costas creo escuchar el clamor sordo de voces pasadas, el eco de lejanos encuentros, amores y desventuras. El mar me calma y me transporta, ayuda a mi peregrinar.
Aunque este paisaje de desierto, extrañamente húmedo a las seis de la tarde, con el sol aún fuerte, aguijonea mi curiosidad. A esta hora tomo un refresco y un vianda de mi mochila, vuelvo a mirar el paisaje; es raro que no haya pisadas, como en otras costas o las huellas repetidas de marcas de cigarrillos o de bebidas, el recuerdo de los turistas.
Poco me importa; tengo sesenta años, sé demasiado de la vida, la soledad ya no me espanta, hace mucho tiempo que deambulo, donde me llevan los vientos, apoyándome siempre en el generoso bastón de una generosa cuenta corriente.
A pesar de que hace unos días me siento más mareado y obnubilado que de costumbre, con mi visión borrosa y turbia preparo anzuelos y carnadas, líneas y flotadores.
El sol se ha ido. En su lugar, como en espejo, ha aparecido una luna roja teñida con los vapores del iodo, con el polvo marino que el viento levanta a lo largo de la costa. El cielo está despejado, pero por un momento, una roja iridiscencia magnetiza el aire. Me sitúo sobre un promontorio de base plana que me ayudará a arrojar lejos la línea con el reel.
Coloco sobre la piedra desnuda mi reposera, encarno, impulso y tiro hasta oír el chasquido en la lejanía; me siento y vuelvo a esperar.
La luna se ha elevado, tomando tintes más claros y ha dotado al paisaje de una claridad irreal, como un misterio traslúcido, una entre sombra absolutamente despojada.
Gracias a Dios, la pesca es abundante, coloco cada pieza en una bolsa hasta que dejan de moverse, los limpio de memoria, los lavo con el agua de mar y vuelvo a esperar.
La luna llena, blanca sobre mi cabeza despierta formas vagas y sugestivas a mi alrededor, fantasmas de sal y espuma. Ahora me percato que no he percibido luces, ni en el mar ni en la tierra. Sólo el titilar de las farolas del pueblo, como cuatro o cinco velas temblorosas en el viento. Para mirarlas, a mi derecha, debo levantar la vista.
Pienso en la luna y en todo lo que ella hace crecer: los instintos, la savia, cómo empuja la sangre y las semillas, exaltando ciertos humores.
Un ruido se ha escuchado detrás mío, como un disparo o un latigazo; no veo nada; sólo pequeños espejos que se miran en la noche, como un desierto vidrioso empapado de sal.
Pescaré el último y me iré. No me gusta este lugar.

Algo ha estallado con furia en la penumbra fría, mis pies están mojados, la bolsa con peces muertos se reintegra al mar. Contemplo con horror la suba de la marea, traicionera y salvaje. La reposera nada en la oscuridad. De nada serviría con mis escasas fuerzas, oponer resistencia a la corriente, que, con tantas hondonadas, me llevará mar adentro. El agua me ha cubierto hasta la cintura, sobre la roca. A mi alrededor triunfa la espuma y el vértigo de olas. ¿Cómo no haberlo previsto? “ Los errores se pagan”, parece decirme la luna desde lo alto.
Una ola me derriba y la masa embravecida me arrastra, creo ahogarme pero mi conciencia flota y se eleva.
Luego, pierdo el conocimiento.

Cuando despierto, soy parte de esa luz que baña el mundo, algunas noches. Me acompañan los espíritus de novias abandonadas, espectros románticos, soñadores, noctámbulos, aquellos que todo lo perdieron por apostar a un sentimiento, a una intuición, engañados, místicos, la multitud de seres solitarios y enfermizos que a través de los tiempos vieron esfumada su vitalidad por una gracia del destino.
Revestidos de luz, cada vez que el sol rebota en plenitud sobre la superficie lunar, nos transportamos a rielar la atmósfera terrestre, crear los sentimientos más nobles y piadosos, a inspirar a los amantes, a templar los ojos que esperan.
Somos un misterio traslúcido que conduce a la verdad, a la verdad que surge de la noche y que se va con las sombras. A esa verdad que aprieta la garganta y nubla la vista, que nos hace percibir desde hondas lejanías, los arcanos del alma humana.

 
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