El fenómeno vuelve cada verano
y para el tiempo de las cosechas. Los aires tibios del estío
van dorando los campos que se extienden a la vera de la Ruta 51.
Arrimarse o salir de Olavarría por ese camino es contemplar un
paisaje de sembrados y de trabajo. Y como supo decir una copla folclórica:
“para el tiempo de cosecha, qué lindo se pone el pago”.
Pero también el campo recorta la estampa de fábricas como
el caso de la Cooperativa de Trabajo Olavarría.
Campo y fábrica al costado de una ruta. Símbolos de la
iniciativa privada y social; pero también de los motores que
en gran escala deberán empujar el resurgimiento del país.
Podrá discutirse (discusión tal vez ociosa) si la actividad
agropecuaria debe ser una fuente exclusiva de la que debe depender el
crecimiento del país; lo que hoy está fuera de discusión
es la importancia de un sector que ha contribuido con creces a los recursos
del Estado y al trabajo.
Cada siembra, cada cosecha, moviliza camiones, cosechadoras, industrias
de repuestos y agroquímica, combustibles, alambradores, etc.
Pero al costado de la Ruta 51 también está la fábrica,
el otro símbolo que deberá ser motor del crecimiento.
Campo y fábrica. Dos símbolos que reciben a quien llega
a la ciudad.
Al costado de la cinta azul de asfalto, todo encaja con el destino que
busca forjarse el país, ya que la economía busca ser otra.
Hoy no sólo se requiere volver a empezar, sino proponer nuevos
valores: la producción por encima de la especulación;
las pequeñas y medianas empresas con tanto o mayor derecho a
ser protagonistas que las multinacionales, el trabajo en vez de la dádiva.
Queda ahora la esperanza de que la ciudad sea el reflejo de ese trayecto
espléndido que recibe al visitante. Que no se vean defraudadas
las expectativas que el camino genera en quien se arrima a nuestra comunidad.
(*) Sociólogo. Graduado en la Universidad de Bs. As.