Lic. en Psicología
María Eugenia Randazzo
Es muy común las
consultas por padres preocupados y desorientados porque sus hijos los
insultan delante de otros, cuando intentan ponerle un límite.“¿Qué
hacer?”, se preguntan. En muchas ocasiones el insulto es tan duro
que quedan paralizados sin saber como reaccionar.
Hay muchos chicos que se permiten insultar a sus padres. A veces, por
las funciones que cumplen, por la mayor cotidianidad con los hijos y
por poner ellas mismas la autoridad en la figura del padre, son las
madres las destinatarias exclusivas de estos insultos.
“¿Por qué lo hacen? ¿Por qué se les
permite? ¿Qué les provoca a los adultos escucharlos?”.
Cuando los chicos aprenden a hablar incorporan a su vocabulario las
palabras que oyen en su medio. Estas no son ni buenas ni malas. Es el
adulto el que señala qué palabra está permitida
y cuál no.
Aprenden que no todas las palabras tienen el mismo peso para su núcleo
familiar y que también dependen de la situación en que
son dichas. No es lo mismo un insulto que una grosería, ni un
insulto dicho al aire que otro dirigido expresamente a sus papás,
ni un insulto apenas audible que aquél dicho con todas las letras
y en presencia de terceros.
Los chicos insultan, por lo general, cuando están enojados o
sienten rabia con sus padres por alguna prohibición o exigencia.
No poder ir a jugar a lo de un amigo, tener que ir a bañarse
u ordenar el cuarto pueden ser motivo suficiente para generar un insulto.
El enojo y la rabia son sentimientos lícitos que pueden y deben
ser expresados, pero protestar no significa insultar.
El insulto es una transgresión y, como tal, no debe ser permitida.
Los niños prueban, provocan y tratan de llegar al límite
de lo permitido. Algunos, si se los deja, transgreden. Que los padres
permitan y ayuden a que el hijo diga lo que siente no es lo mismo que
tolerar una falta de respeto.
A veces los padres prefieren hacer como que no escuchan o que no entienden
lo que sus hijos les están diciendo. Temen convertirse en padres
represores, en fracasar al intentar poner un límite o que se
resquebraje el amor y la comunicación con sus hijos.
Para algunos padres el no dar permisos se convierte en sinónimo
de reto y lucha entre padres e hijos. Para evitar salir perdedores,
mostrar falta de autoridad ante los hijos o ante terceros, parecería
ser mejor hacer oídos sordos y dejar pasar.
Los chicos necesitan para un crecimiento sano, ciertas prohibiciones,
y el no permitirle el insulto es una de ellas. Insultar es denigrante
y denigra. El niño sabe que un insulto lastima, daña al
destinatario. Por eso es bueno que sean los propios padres los que no
permitan que el hijo dañe con un insulto aquello que ama, y esto
no significa retar, gritar ni pelear, sino, por el contrario, educar
y querer.
Los padres no deben sentir temor en decir no en situaciones como ésta.
Siempre un niño se va a sentir mucho más protegido, cuidado
y amado si se le prohíbe un insulto que si se le permite.