La economía criminal al descubierto
“El presente es lo principal del futuro” Antonie A. Cournot
Por Marcos Rodríguez
Analista en Relaciones Internacionales – UNICEN
Los paraísos fiscales, llamados
por el FMI centros financieros offshore o extraterritoriales, ofrecen
servicios para el capital propiedad de entidades o personas no residentes,
que no se limitan a la baja o nula fiscalidad sino que incluyen también
la obtención de una alta rentabilidad de los fondos depositados
para inversiones destinadas no se sabe a que ni en donde.
Digamos que el calificativo de paraíso fiscal se asigna a determinados
países, islas o enclaves geográficos que, mediante regímenes
jurídicos opacos y reglamentaciones fiscales muy laxas, ofrecen
exenciones y beneficios atractivos para el capital y la actividad financiera
de no residentes extranjeros o de sociedades legalmente domiciliadas
(en ocasiones sólo mediante una dirección postal).
Los paraísos fiscales han conocido un desarrollo espectacular
a partir de los años setenta, formándose en la periferia
de los países industrializados de América del Norte, de
Europa y de Asia. Casi todos los países de Europa tienen su propio
paraíso fiscal y a veces dentro del propio territorio. Su auge
espectacular ha estado asociado a la supresión de las trabas
legales y los controles de cambio, y al desarrollo de las telecomunicaciones,
que han intensificado los movimientos internacionales de capital financiero.
Es una de tantas consecuencias de la globalización neoliberal,
es decir, de una integración de las economías de todos
los países en unos mercados mundiales no regulados, que en el
terreno de las finanzas ha conllevado la supresión de los controles
en los cambios de divisas y de las regulaciones y controles a los movimientos
internacionales de capitales, lo que unido a la introducción
de las telecomunicaciones, de Internet y las nuevas tecnologías
informáticas, presenta un panorama hasta ahora inédito,
es decir, totalmente nuevo.
De esta manera en las relaciones financieras internacionales, se generan
unos flujos cuantiosos de capitales, que se estima en torno a los 2
billones de dólares diarios y que pasan en un alto porcentaje
por los denominados centros financieros offshore o extraterritoriales.
Para el capital que busca la máxima rentabilidad, mayores intereses
y menores impuestos, el atractivo de los paraísos fiscales está
en las ventajas que ofrecen sus escasas regulaciones, sus sociedades
fantasma (que consisten a veces en un simple buzón de correos)
la reducida o nula fiscalidad, el férreo secreto bancario y financiero
que impide conocer la identidad de los verdaderos propietarios, la falta
o la ineficacia de los tratados de cooperación judicial entre
los Estados y sobre todo la estabilidad política que ofrecen
estos enclaves privilegiados, amparados por los propios Estados a los
que están vinculados o de los que son vecinos.
La realidad es que los paraísos bancarios y fiscales son creaciones
ficticias de los países más desarrollados asentadas sobre
todo en figuras jurídicas sofisticadas y en complejas estructuras
de gestión, tales como sociedades fiduciarias y testaferros,
secreto bancario, exenciones fiscales y laxitud legislativa. Estos enclaves
financieros privilegiados se benefician directamente del amparo político
de respetables Estados de Derecho, como los EE.UU., Francia, Reino Unido
y España, que ante todo les aseguran la estabilidad política
que necesitan, máxima garantía para la estabilidad financiera
local, cuando no son por sí mismo paradigmas de democracia como
Luxemburgo o Suiza. Y así, entre los 35 paraísos fiscales
identificados por la Organización para la Cooperación
y el Desarrollo Económico (OCDE) encontramos, además de
los del área caribeña de influencia norteamericana, otros
muchos en el área europea, tales como las islas de Man, Jersey
o Guernesey, dependencias todas de la Corona Británica; como
Andorra, cuya Jefatura de estado comparten el Presidente de la República
francesa y el Obispo de la Seo de Urgel; como Mónaco, estrechamente
vinculado con Francia; y como Liechtenstein, cuyo Príncipe tiene
la nacionalidad austríaca; en resumen, una geografía de
minúsculos puntos que representan cifras astronómicas
en las finanzas internacionales. Estamos en un mundo en el que cada
día se realizan más de 465.000 transferencias electrónicas,
por un valor superior a los 2 billones de dólares. Pues hoy en
día, los instrumentos fundamentales y decisivos en las transacciones
financieras internacionales son los sistemas informáticos de
las empresas, de las entidades financieras y los nodos de intercambio
que relacionan a unas con otras independientemente de la localización
geográfica de cada uno de los intervinientes.
El dinero fácil y abundante para especular destruye así
la producción real, agrava la depredación ecológica,
condena a la miseria a millones de personas en los países del
Sur, facilita el tráfico de influencias, la evasión fiscal,
el tráfico de drogas y de armas, y la financiación del
terrorismo; y todo ello mediante sociedades interpuestas, creadas ex
profeso en los paraísos fiscales, llamados centros financieros
offshore o extraterritoriales porque sus servicios financieros están
diseñados para empresas o particulares no residentes (por ejemplo,
esa característica explica que en Gibraltar, para una población
de 28.000 habitantes, haya registradas unas 60.000 empresas).
En un único país existen fiscalidades distintas dependiendo
de donde viva uno, por lo tanto no es de extrañar que, en el
ámbito internacional, las diferencias sean aún mayores.
Las notables diferencias existentes en algunos países han conllevado
a éstos a convertirse en refugio o elección preferente
para colectivos de personas con altos ingresos, o colectivos con ingresos
de dudosa procedencia, o para empresas que buscan maximizar sus beneficios
a costa de disminuir sus contribuciones al erario público.
Para estas zonas privilegiadas en cuanto a lo fiscal lo importante a
veces no es la procedencia de ese dinero, sino la captación del
mismo como base para su desarrollo y bienestar social, basando en el
trasiego de personas y capitales y la utilización masiva de los
recursos que estas zonas ponen a su alcance: lugares turísticos,
infraestructuras adecuadas, servicios financieros eficientes, rápidos,
especializados y, sobre todo, seguros.
Los paraísos fiscales generan básicamente tres grupos
de efectos perniciosos para el equilibrio, la equidad y la racionalidad
de la economía mundial que requieren su regulación y corrección
en aras de una justicia global Además de facilitar el fraude
y la evasión fiscal de las grandes fortunas, los paraísos
fiscales posibilitan el blanqueo de capitales de origen ilícito
y la financiación del terrorismo, contribuyendo asimismo al empobrecimiento
de los países del Sur. Tal comportamiento es económicamente
ineficiente, socialmente destructivo y profundamente no ético.
Los paraísos fiscales de los que el FMI escasamente se ocupa
contribuyen al empobrecimiento de las economías de países
menos desarrollados, ofreciendo oportunidades a las elites y funcionarios
corruptos para el saqueo de fondos
públicos y la percepción de comisiones ilegales. Pregúntenle
a cualquier investigador de casos de corrupción en la Argentina,
Perú, México o la mayoría de los países
latinoamericanos, y les dirán que los paraísos fiscales
juegan un rol clave en la ola de escándalos político-financieros
que están sacudiendo la región. Será muy difícil
reducir el lavado de dinero y la evasión impositiva si los políticos
deshonestos pueden depositar tranquilamente su dinero malhabido en bancos
de ultramar.
Las finanzas modernas y el crimen organizado se sustentan mutuamente.
Ambas necesitan para expandirse que se supriman las reglamentaciones
y los controles estatales. El crimen organizado se ha desarrollado vertiginosamente
en los últimos 20 años. Según la ONU, sólo
la economía de la droga representa el 8% del comercio mundial.
El dinero sucio utiliza los mismos circuitos que los de las finanzas
especulativas.
Lo mismo que se plantea con la droga se puede aplicar a las armas, el
tráfico de especies protegidas, la fabricación de moneda
falsa, la explotación de seres humanos (trata de blancas, prostitución,
trabajo clandestino, inmigración ilegal). La cifra de negocios
a escala mundial del dinero proveniente de actividades ilícitas
de las distintas organizaciones criminales, el Producto Criminal Bruto
(PCB), no es inferior a 800.000 millones de dólares. Estas cifras,
por muy importantes que parezcan (el PCB representa el 15% del comercio
mundial), no dicen nada. Lo más importante es lo que no dicen:
la economía criminal está íntimamente ligada a
la economía legal.
El blanqueo de capitales se instrumenta en procesos complejos e imaginativos
para ocultar y camuflar el origen ilegal de cuantías elevadas
de dinero, introduciéndolas en los circuitos económicos,
nacionales o internacionales, mediante adquisiciones, negocios tapadera
o empresas fantasma.
Es obvio que la gravedad de las distorsiones que generan los territorios
financieros privilegiados demanda soluciones multilaterales de largo
alcance. Urge abolir el proteccionismo pasado de moda en materia policial
y judicial. Es necesario impulsar instrumentos jurídicos internacionales
para exigir a los paraísos fiscales que revelen la identidad
de los titulares de cuentas bancarias, el bloqueo de éstas y
que faciliten información sobre los titulares de sociedades pantalla.
Es imperioso tomar medidas "justificadas por razones de orden público
o de seguridad pública" cuando el movimiento de capitales
tiene como finalidad el aseguramiento de los beneficios económicos
obtenidos mediante la comisión de un delito y, máxime,
si es de corrupción.
Tras el 11 de Septiembre de 2001, el reforzamiento de la lucha contra
el terrorismo parece haberse inclinado más por su militarización
que por socavar su financiación vía paraísos fiscales;
de ahí los escasos avances. Por supuesto que los organismos financieros
internacionales no se plantean la contribución perniciosa de
los paraísos fiscales al avance de la pobreza en los países
del Sur, al facilitar la corrupción de sus elites y de sus débiles
administraciones públicas; y tampoco muestran gran interés
por investigar la financiación de las sublevaciones armadas en
el Africa subsahariana, en particular.
Confinar a los paraísos fiscales en espacios económicos
marginales dentro de la actividad financiera internacional podría
parecer una labor titánica, pero en realidad se trata sólo
de una cuestión de voluntad política, la cual vendrá
condicionada por la importancia de la presión social que la sociedad
civil sea capaz de generar.