Artículo escrito por Hermes Dirazar
para la
revista “Pulso” - Suplemento de “El Popular”
con el seudónimo de URANO
En nuestras notas anteriores nos referimos
a la necesidad de disponer puntos de referencia concretos aceptados
por la sociedad como un paso ineludible de toda formulación ética.
En la práctica de la supervisión nos encontramos, decíamos,
con la necesidad de elegir caminos, para ello resultaba elemental disponer
de principios orientadores en concordancia con la constitución
de nuestra personalidad donde la libertad y el amor serían los
pilares fundamentales sobre los que podríamos construir un esquema
de relaciones que respetara simultáneamente la singularidad de
la persona y el bien común.
Afirmábamos que el hombre debe buscar su esencia y no apartarse
de ella, considerando la premisa del Cristianismo de que hemos sido
creados a imagen y semejanza de Dios.
Llegábamos así al concepto de persona como el componente
trascendente del hombre que en virtud de su libre elección elaboraba
a través del amor el camino a su propia sustancia integrándose
al universo.
El Cristianismo a través de sus pensadores y representantes ha
elaborado una doctrina social que toma como base el mensaje inequívoco
de Jesús; haremos referencia a ella con expresiones concretas
que servirán, para el dirigente que comparta estos principios
(sea cristiano o no), como conceptos orientadores en la elaboración
de políticas y procedimientos, así como, por qué
no, en la revisión de conductas personales.
Dice la Doctrina Social Cristiana entre otras tantas cosas:
“En las empresas económicas son personas las que se asocian,
es decir, hombres libres y autónomos, creados a imagen de Dios”.
“El orden real debe someterse al orden personal y no al contrario”.
“Quedando a salvo la unidad necesaria en la dirección,
se ha de promover la activa participación de todos en la gestión
de la Empresa.
“Medidas institucionales y organizativas no bastan por sí
solas para hacer de una empresa una unión de hombres libres.
Más decisiva es la relación personal entre los directores
de la empresa y los trabajadores. La importancia de la acertada dirección
del personal en la vida laboral y profesional de la sociedad industrial
no ha sido valorada convenientemente”.
“Dirección y educación sirven, rectamente atendidas,
a la gran tarea de formar al hombre, es decir, ayudarle a encontrar
la estructura de su existencia humana.
Toda dirección humana que merezca realmente ese nombre tiene
que basarse en dos fundamentos espirituales: la profesión de
la dignidad humana y de la autoridad”.
“Sobre la atención a la dignidad humana se debe pasar de
la preocupación por la integridad psico-física del hombre
por razones de rentabilidad, en el sentido de un inteligente egoísmo,
al ser partidarios de la dirección de hombres por el simple hecho
de ver a priori en él a un ser digno de respeto y consideración”.
“La dirección coordinada de hombres no es posible con debilidad
o sentimentalismo; supone, más bien, el ejercicio de la autoridad.
Esto no significa que el trabajador deba ser considerado como mero súbdito,
destinado a ser un mudo receptor de órdenes sin derecho a proponer
sus propios deseos y experiencias”.
“Una orden empresarial que atrofiara el sentido de responsabilidad
del trabajador o paralizara sus fuerzas creadoras, estaría en
contradicción con la justicia incluso en caso de que la producción
de bienes fuera muy alta y la distribución se hiciera conforme
a derecho y justicia”.
“El trabajador no debe estar presente en la empresa sólo
físicamente, como fuerza laboral dirigida al rendimiento, por
el salario: es decisiva, más bien, su presencia personal. Por
tanto hay que convertir a la empresa en verdadera comunidad humana,
cosa que supone: colaboración, respeto humano y buena voluntad.
A la autoridad del superior corresponde, por otra parte, la obediencia
en el subordinado. Subordinarse por libre decisión no está
en contradición con la imagen cristiana del hombre, ni afecta
a la posición del sujeto activo que tiene el hombre dentro de
la empresa”.
“Esto solo es posible cuando una prudente y decidida dirección
empresaria, orientada en una correcta imagen del hombre, sabe crear
un limpio clima dentro de la empresa”.
“La autoridad funcional resultante de las necesidades objetivas
de la empresa no se identifica en modo alguno con la autoridad personal
que tiene que tomar su forma viva en los dirigentes mismos. Todo el
que tenga un puesto directivo en la empresa, además de ser un
buen conocedor en cuestiones técnicas, tiene que poseer los no
frecuentes dones de comprender a los hombres, poderles mandar acertadamente
y ser ejemplo para los demás. Tal autoridad supone valores personales
internos y entonces no necesita ser simulada con gritos”.
“Hay que acentuar que a las empresas modernas la ley de dirección
unitaria debe ser complementada por la ley de la conveniente división
de zona de responsabilidad”.
“Las grandes empresas tienen rasgos anónimos desde el punto
de vista de la propiedad y, además, están en gran medida
despersonalizadas en las relaciones humanas. Por eso hay que encargar
a los empleados directivos que cultiven los valores y contactos humanos
y personales”.
“Es asombroso que los conflictos sociales se hayan entendido durante
largo tiempo como si no hubiera más funciones que las del capital
y el trabajo. El desprecio de la función empresarial, que une
capacidad creativa, fantasía real, audacia para apostar por desarrollos
llenos de futuro, talento de coordinación y tacto personal, se
debe en buena parte a que la marxista lucha de clases se inclinó
por el dualismo entre capital y trabajo, poniendo entre paréntesis
la función empresarial. Así aconteció que incluso
la doctrina social cristiana apenas se ocupó de la función
empresarial.
Cuando se hablaba de los empresarios se hacía con no recatada
desconfianza. Entre tanto se ha producido el cambio, que ha sido reconocido
por el Vaticano ll (Gadium et spes, 64). La función empresarial
no solo consiste en producir más y mejor (Popularum progressio,
48), más y racionalmente (Mater et magistra, 168), sino que le
corresponde también el cuidado de las relaciones humanas, de
modo que las empresas no se reduzcan a lugares de conflictos de autoridad”.
Cuando tenemos claros los conceptos de libertad, persona y amor, los
puntos de referencia se clarifican y todo el esquema del pensamiento
sensible pasa a ser una verdadera “herramienta” de gestión
no solamente social sino también personal.
La Doctrina Social Cristiana es así fuente permanente de conceptos
orientadores y ayuda a la comprensión de definiciones tan certeras
como la de Juan Pablo ll en Laborem Exercens:
El trabajo debe permitir: “al hombre hacerse más hombre”.
Así de simple, así de profundo.