Nº 089 - El Rincón del Hedonista - A la luz de las Velas Hedono


Si el ser humano sólo se guiara por aquello que le es más útil y práctico, después de la invención de Edison, las velas hubieran pasado a ser una pieza de museo (a la que hubiéramos tenido que recurrir con los “apagones”, claro que antes del grupo electrógeno, como se ha recurrido recientemente en otras partes del mundo para enseñarnos que en “todas partes se cuecen habas”).
Pero por suerte la mente de los humanos no sólo funciona para cubrir necesidades prácticas, sino que también vamos en busca de la belleza, de los goces estéticos (aunque no presten utilidades) y de los placeres visuales.
La calidez de la luz de una vela es algo que ninguna otra iluminación puede dar, reviste el entorno y ambienta espacios con su aroma. Una vela colocada en un lugar apropiado da una sensación de calidez y transforma lugares carentes de decoración.
En el pasado, y antes de la electricidad, la luz de las velas iluminó ciudades en el silencio de la noche, castillos suntuosos y frías catedrales; escritores, poetas enamorados, y científicos se han cobijado bajo su resplandor.
Según estudios realizados las primeras velas fueron construidas, en épocas primitivas, con la grasa de los animales que se capturaban para alimentarse (y al parecer les garantizaban también a nuestros antepasados que ni moscas ni mosquitos se arrimaran por dos cuadras a la redonda).
Más adelante, con el avanzar de los siglos, se recurre a la utilización de cera de abeja, la misma que al consumirse por efecto del fuego emanaba una agradable fragancia a miel pero, por su elevado costo, la utilización de las velas de cera de abejas quedó limitado sólo a los bacanes de la época: Nobles, reyes y otros macanudos tenían la dicha y el placer de alumbrarse y perfumarse a pura cera de abejas.
Pero hoy, con lámparas incandescentes y todo, las velas siguen teniendo protagonismo. Tal vez porque traen a la memoria recuerdos y añoranzas que entrañan un contenido mágico; tal vez porque transforman ambientes, creando una fuente de distinción y nobleza; tal vez porque encender una vela es disipar la oscuridad, y convertir las sombras en luz.
Para una cena de esas en las que usted y yo sabemos de qué estamos hablando, elegir exclusivamente luz eléctrica para iluminar no es la mejor idea; su intensidad le da dureza a la escena. En su lugar, la luz cálida de las velas otorga una luminosidad suave y que prepara el ambiente. Y Ella suele estar más a gusto en un lugar a media luz que invita a una comida agradable y una conversación más íntima.
El parroquiano de la Fonda de Don Julián se indignó: “Maestro, discúlpeme, pero el Edison ese se quemó las pestañas para descubrir la lamparita a la que usted desprecia por un par de velas rancheras ¡¿al sólo efecto de hacerse el romántico?!.”
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