La pobreza
en el mundo: el beneficio no se globaliza.
“No hay nada repartido más
equitativamente que la razón: todo el mundo está convencido
de tener suficiente”. René Descartes
Nunca en la historia de la humanidad hubo
tan pocos ricos tan ricos ni tantísimos pobres tan pobres. En
la historia reciente, la brecha entre los niveles de vida de países
ricos y pobres se ha ampliado progresivamente. Por ejemplo, en 1960
el promedio de PIB per cápita de los 20 países más
ricos del mundo era 15 veces mayor que el de los 20 países más
pobres. Hoy día, la brecha se ha ensanchado hasta llegar a 30
veces. De hecho, el ingreso per cápita en los 20 países
más pobres poco ha variado desde 1960 y ha disminuido en varios.
Este fenómeno se traduce, sobre todo, en las grandes diferencias
existentes entre los pueblos en el acceso a bienes y servicios básicos,
y es consecuencia de los procesos económicos que, con diferentes
resultados, se han experimentado en las últimas décadas.
Los procesos de globalización han tenido un resultado: 50 por
ciento de la humanidad sobrevive con un ingreso menor a dos dólares
diarios (60 mensuales), mientras unos cuantos individuos disfrutan de
una fortuna igual a ese 50 por ciento de la humanidad (son cifras del
Banco Mundial). El mundo está dividido en dos partes. La mitad
está excluida de cualquier beneficio del desarrollo, desprovista
de las condiciones que permiten una vida humana con un mínimo
de dignidad.
La población de los países pobres conoce perfectamente
la riqueza y el desahogo con que se vive en otros lugares del mundo
y es consciente de esas desigualdades. Se globalizan la información
y las corrientes financieras, pero no los derechos de la gente, ni el
desarrollo humano, ni el bienestar.
El nivel de bienestar de una sociedad es el resultado de las políticas
públicas existentes. Todo lo que haría falta en el mundo
para financiar los servicios básicos de salud, educación,
agua potable y alimentación ha sido calculado en unos 40.000
millones de dólares, lo que equivale a sólo el cuatro
por ciento de los bienes de las 225 personas más ricas del planeta.
El mundo sigue su curso inexorable hacia una especie de apartheid universal
o humanidad dual, caracterizada por la escandalosa separación
entre ricos y pobres de todas sus estructuras sociales, sean países
en el mundo, regiones en el país, o grupos humanos en la región.
Sería un error suponer que la presente tendencia del capitalismo
es un producto natural de la evolución social. Las fuerzas del
mercado fuera de la supervisión política y social tienen
un impacto negativo en la cohesión de nuestras sociedades.
Cuanto más riqueza se crea, más grande es la desigualdad.
Esto es un contrasentido, que muestra lo mal organizada -lo globalmente
irracional- que está la circulación y distribución
de la riqueza creada. Es además una tragedia, porque la desigualdad
no puede sino llevar al caos. La desigualdad deshace el pacto social
-explícito o implícito- en virtud del cual se establece
y se mantiene el orden cívico, nacional e internacional.
La pobreza está lejos de ser un problema sólo de los pobres.
La creciente desigualdad pone en peligro las libertades que se esperan
del propio proceso de desarrollo económico. La instauración
de un orden mundial que permita mayor equidad, el uso racional de los
recursos del planeta, en el reconocimiento recíproco de todas
las culturas, es una exigencia moral.
Cada año, los países ricos del llamado Primer Mundo, desembolsan
más de mil millones de dólares por día con el fin
de mantener a sus agricultores. Es decir, seis veces la cantidad de
lo que conceden anualmente para la ayuda al desarrollo de los países
del llamado Tercer Mundo.
La sociedad civil emergente se pregunta si es justo que una vaca europea
reciba 2,50 dólares diarios en subsidios mientras la mitad de
la población de la Tierra sobrevive con menos de dos dólares.
La privilegiada vaca japonesa, según el Banco Mundial, recibe
7,5 dólares.
De ahí que los pobres, después de haber expresado su deseo
de “ser globalizados”, para participar en los supuestos
beneficios, hoy se contentarían con ser tratados como las vacas,
aunque no fueran las japonesas.
Las cifras de personas que carecen de lo básico para sobrevivir
con un mínimo que garantice un nivel elemental de salud son abrumadoras:
más de 1.200 millones de seres humanos no tienen acceso a agua
potable; 1.000 millones carecen de vivienda digna; hay 840 millones
de malnutridos 200 millones son niños menores de cinco años-
y 2.000 millones de personas padecen anemia por falta de hierro; 880
millones de personas no tienen acceso a servicios básicos de
salud; y 2.000 millones de personas carecen de acceso a medicamentos
esenciales. Para resumir, nada menos que el 60% de la población
mundial vive en la pobreza. El problema no es tanto la falta de alimentos
y recursos, como la falta de voluntad política.
Los Informes del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo y de
otras agencias fiables denuncian el incremento en la venta de armamentos
por los países ricos, la contaminación de la capa de ozono
y de las aguas, la desertización creciente debida a las talas
indiscriminadas de bosques, la explosión del SIDA en África
y en Asia mientras los medicamentos asequibles en el primer mundo se
hacían prohibitivos para los más pobres, la reducción
de la ayuda al desarrollo de los países más empobrecidos.
Estas dinámicas frenan o impiden el desarrollo humano e influyen
directamente en la marginación de personas y colectivos de toda
participación social, no sólo económica también
política, social y cultural.
En el mundo se están gastando 900.000 millones de dólares
por año en armas, contra sólo 50.000 millones en ayuda
al desarrollo y apenas 1000 millones para combatir el SIDA. La administración
Bush destinará 87.000 millones de dólares a Irak este
año, contra 200 millones para el SIDA, la tuberculosis y la malaria.
No se ve (¿o no se quiere ver?) que el hambre mata más
personas que el terrorismo internacional. Es la peor de las plagas.
Porque la única guerra legítima es la guerra contra el
hambre. Lo cierto es que los que deciden y tienen poder para hacerlo
no tienen ideas claras ni programas ni medidas concretas para empezar
la tarea de reducir la pobreza y redistribuir la riqueza. Probablemente,
en muchos casos, ni siquiera intención real.
De todo ello a menudo nos olvidamos pese a que la desigualdad -mídasela
como se quiera- parece galopar imparable tanto a escala planetaria como
local, ya en los países pobres como en los ricos. Hace tiempo
que ha rebasado el nivel de lo social, lo ética y lo estéticamente
tolerable. Este estado de cosas está haciendo de este mundo nuestro
un lugar inestable, reprobable y feo. La opinión pública
internacional ya se ha acostumbrado a las hambrunas y a las imágenes
de niños malnutridos, y ha dejado de exigir una solución
rápida y eficaz para miles de seres humanos que también
tienen el derecho a comer.
La desigualdad extrema entre ricos y pobres (entendidos éstos
en sentido amplio) quiebra la comunidad, rompe los lazos de fraternidad
y desata, de un lado, la codicia de los pocos y, del otro, cuando no
la envidia y el resentimiento, al menos la frustración y la desesperación
de los muchos. Este conocimiento de la desigualdad, una vez referido
a la propia situación de carencia de bienes y servicios básicos,
es generador de odio, de integrismo y de violencia. Y no son pocos:
nada menos que 3.000 millones de seres humanos los que pueden sufrir
hoy en el mundo este sentimiento de injusticia. Sin duda, falta sensibilidad
social y voluntad política para hacer frente a un problema que
lejos de resolverse se puede agravar en los próximos años.
Es imperioso conseguir que la financiación para el desarrollo
sea una respuesta mundial, el acceso a los mercados a los países
pobres y asegurar un régimen comercial internacional justo. También,
fortalecer la aportación de los estados ricos e instancias internacionales
al desarrollo de los países pobres, y resolver los problemas
de su deuda externa. Y, naturalmente, promover la justa representación
de los países en desarrollo en la toma de decisiones internacionales.
Es evidente que la prevención de conflictos pasa, obligatoriamente,
por la lucha contra la pobreza y la iniquidad. La ayuda al desarrollo
es, siempre, la mejor inversión para un futuro de justicia para
todos y de seguridad mundial. Existen principios más importantes,
como poner a las personas por delante de los beneficios. De ahí
la urgencia y el deber de transformar las estructuras de opresión
y de injusticia en estructuras de solidaridad y de justicia.