Nº 089 -Hacia una Humanidad DualMarcos Rodríguez


La pobreza en el mundo: el beneficio no se globaliza.

“No hay nada repartido más equitativamente que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente”. René Descartes

Nunca en la historia de la humanidad hubo tan pocos ricos tan ricos ni tantísimos pobres tan pobres. En la historia reciente, la brecha entre los niveles de vida de países ricos y pobres se ha ampliado progresivamente. Por ejemplo, en 1960 el promedio de PIB per cápita de los 20 países más ricos del mundo era 15 veces mayor que el de los 20 países más pobres. Hoy día, la brecha se ha ensanchado hasta llegar a 30 veces. De hecho, el ingreso per cápita en los 20 países más pobres poco ha variado desde 1960 y ha disminuido en varios. Este fenómeno se traduce, sobre todo, en las grandes diferencias existentes entre los pueblos en el acceso a bienes y servicios básicos, y es consecuencia de los procesos económicos que, con diferentes resultados, se han experimentado en las últimas décadas.
Los procesos de globalización han tenido un resultado: 50 por ciento de la humanidad sobrevive con un ingreso menor a dos dólares diarios (60 mensuales), mientras unos cuantos individuos disfrutan de una fortuna igual a ese 50 por ciento de la humanidad (son cifras del Banco Mundial). El mundo está dividido en dos partes. La mitad está excluida de cualquier beneficio del desarrollo, desprovista de las condiciones que permiten una vida humana con un mínimo de dignidad.
La población de los países pobres conoce perfectamente la riqueza y el desahogo con que se vive en otros lugares del mundo y es consciente de esas desigualdades. Se globalizan la información y las corrientes financieras, pero no los derechos de la gente, ni el desarrollo humano, ni el bienestar.
El nivel de bienestar de una sociedad es el resultado de las políticas públicas existentes. Todo lo que haría falta en el mundo para financiar los servicios básicos de salud, educación, agua potable y alimentación ha sido calculado en unos 40.000 millones de dólares, lo que equivale a sólo el cuatro por ciento de los bienes de las 225 personas más ricas del planeta.
El mundo sigue su curso inexorable hacia una especie de apartheid universal o humanidad dual, caracterizada por la escandalosa separación entre ricos y pobres de todas sus estructuras sociales, sean países en el mundo, regiones en el país, o grupos humanos en la región. Sería un error suponer que la presente tendencia del capitalismo es un producto natural de la evolución social. Las fuerzas del mercado fuera de la supervisión política y social tienen un impacto negativo en la cohesión de nuestras sociedades.
Cuanto más riqueza se crea, más grande es la desigualdad. Esto es un contrasentido, que muestra lo mal organizada -lo globalmente irracional- que está la circulación y distribución de la riqueza creada. Es además una tragedia, porque la desigualdad no puede sino llevar al caos. La desigualdad deshace el pacto social -explícito o implícito- en virtud del cual se establece y se mantiene el orden cívico, nacional e internacional.
La pobreza está lejos de ser un problema sólo de los pobres. La creciente desigualdad pone en peligro las libertades que se esperan del propio proceso de desarrollo económico. La instauración de un orden mundial que permita mayor equidad, el uso racional de los recursos del planeta, en el reconocimiento recíproco de todas las culturas, es una exigencia moral.
Cada año, los países ricos del llamado Primer Mundo, desembolsan más de mil millones de dólares por día con el fin de mantener a sus agricultores. Es decir, seis veces la cantidad de lo que conceden anualmente para la ayuda al desarrollo de los países del llamado Tercer Mundo.
La sociedad civil emergente se pregunta si es justo que una vaca europea reciba 2,50 dólares diarios en subsidios mientras la mitad de la población de la Tierra sobrevive con menos de dos dólares. La privilegiada vaca japonesa, según el Banco Mundial, recibe 7,5 dólares.
De ahí que los pobres, después de haber expresado su deseo de “ser globalizados”, para participar en los supuestos beneficios, hoy se contentarían con ser tratados como las vacas, aunque no fueran las japonesas.
Las cifras de personas que carecen de lo básico para sobrevivir con un mínimo que garantice un nivel elemental de salud son abrumadoras: más de 1.200 millones de seres humanos no tienen acceso a agua potable; 1.000 millones carecen de vivienda digna; hay 840 millones de malnutridos 200 millones son niños menores de cinco años- y 2.000 millones de personas padecen anemia por falta de hierro; 880 millones de personas no tienen acceso a servicios básicos de salud; y 2.000 millones de personas carecen de acceso a medicamentos esenciales. Para resumir, nada menos que el 60% de la población mundial vive en la pobreza. El problema no es tanto la falta de alimentos y recursos, como la falta de voluntad política.
Los Informes del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo y de otras agencias fiables denuncian el incremento en la venta de armamentos por los países ricos, la contaminación de la capa de ozono y de las aguas, la desertización creciente debida a las talas indiscriminadas de bosques, la explosión del SIDA en África y en Asia mientras los medicamentos asequibles en el primer mundo se hacían prohibitivos para los más pobres, la reducción de la ayuda al desarrollo de los países más empobrecidos. Estas dinámicas frenan o impiden el desarrollo humano e influyen directamente en la marginación de personas y colectivos de toda participación social, no sólo económica también política, social y cultural.
En el mundo se están gastando 900.000 millones de dólares por año en armas, contra sólo 50.000 millones en ayuda al desarrollo y apenas 1000 millones para combatir el SIDA. La administración Bush destinará 87.000 millones de dólares a Irak este año, contra 200 millones para el SIDA, la tuberculosis y la malaria. No se ve (¿o no se quiere ver?) que el hambre mata más personas que el terrorismo internacional. Es la peor de las plagas. Porque la única guerra legítima es la guerra contra el hambre. Lo cierto es que los que deciden y tienen poder para hacerlo no tienen ideas claras ni programas ni medidas concretas para empezar la tarea de reducir la pobreza y redistribuir la riqueza. Probablemente, en muchos casos, ni siquiera intención real.
De todo ello a menudo nos olvidamos pese a que la desigualdad -mídasela como se quiera- parece galopar imparable tanto a escala planetaria como local, ya en los países pobres como en los ricos. Hace tiempo que ha rebasado el nivel de lo social, lo ética y lo estéticamente tolerable. Este estado de cosas está haciendo de este mundo nuestro un lugar inestable, reprobable y feo. La opinión pública internacional ya se ha acostumbrado a las hambrunas y a las imágenes de niños malnutridos, y ha dejado de exigir una solución rápida y eficaz para miles de seres humanos que también tienen el derecho a comer.
La desigualdad extrema entre ricos y pobres (entendidos éstos en sentido amplio) quiebra la comunidad, rompe los lazos de fraternidad y desata, de un lado, la codicia de los pocos y, del otro, cuando no la envidia y el resentimiento, al menos la frustración y la desesperación de los muchos. Este conocimiento de la desigualdad, una vez referido a la propia situación de carencia de bienes y servicios básicos, es generador de odio, de integrismo y de violencia. Y no son pocos: nada menos que 3.000 millones de seres humanos los que pueden sufrir hoy en el mundo este sentimiento de injusticia. Sin duda, falta sensibilidad social y voluntad política para hacer frente a un problema que lejos de resolverse se puede agravar en los próximos años.
Es imperioso conseguir que la financiación para el desarrollo sea una respuesta mundial, el acceso a los mercados a los países pobres y asegurar un régimen comercial internacional justo. También, fortalecer la aportación de los estados ricos e instancias internacionales al desarrollo de los países pobres, y resolver los problemas de su deuda externa. Y, naturalmente, promover la justa representación de los países en desarrollo en la toma de decisiones internacionales.
Es evidente que la prevención de conflictos pasa, obligatoriamente, por la lucha contra la pobreza y la iniquidad. La ayuda al desarrollo es, siempre, la mejor inversión para un futuro de justicia para todos y de seguridad mundial. Existen principios más importantes, como poner a las personas por delante de los beneficios. De ahí la urgencia y el deber de transformar las estructuras de opresión y de injusticia en estructuras de solidaridad y de justicia.

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