Nº 090 - Avestruz o Ñandú Americano - Carlos A. Arraga


Nombre científico Rhea Americana. Pertenece a la familia de las Rheidae. Se distribuyen por todo el norte del país hasta la Prov. de Río Negro. Se lo reconoce fácilmente por su gran tamaño que suele alcanzar una altura de 1,70 mts. Tiene una coloración gris con la corona y parte dorsal del cuello negras o negruzcas. El vientre es blancuzco. Son incapaces de volar. Su cuello es largo y cuenta con patas muy largas; varias hembras ponen huevos desperdigados por el suelo y algunas en nidos, y el macho las agrupa en cantidades de más de 30 huevos para luego incubarlos. Frecuentan campos pelados, terrenos arbustivos o algo boscosos como en la zona chaqueña. En nuestro país existen 3 especies y subespecies.
Los asesinos que ordenaron matar a ciudadanos a mansalva y torturar a gente indefensa, en varios lugares del país, salían de caza, como lo solían hacer habitualmente en los campos linderos, propiedad de su ministro de economía en el 76, linderos, decimos, al viejo hotel de Ventana al fondo de la Villa Ventana donde se sacrificaban, impunemente sobre camas de chapa a los desprotegidos, desaparecidos, aplicándoseles picanas de corriente de 220 volt. Yo lo vi en mis viajes por esos lados. También vi, en el patio del lugar vigilado con personajes armados que nos invitaron a irnos, una casilla rodante con cobijas de la Armada Nacional que tapaban las ventanas.
Yo lo vi mientras los instigadores del horror y la muerte vestidos con botas militares y armas de caza mayor, mataban animales en el predio personal del ministro.
Años después, cuando estábamos cuidando unos campos al pie de las Sierras de Pillahuinco de la cadena de la Ventana, cerca de la Ciudad de Cnel. Pringles al lado del pequeño pueblo de Pensamiento, diariamente observábamos a Ñandúes y Ciervos con sus crías abrevar en el arroyo que bajaba de las sierras. Vivían felices hasta que por la noche aparecían los cazadores con sus equipos de luces montados sobre mochilas y repartían tiros por doquier. Varias veces les salimos al paso para impedir sus aviesos propósitos. A veces lo conseguíamos, otras no. Era cuestión de suerte. Cuando los veíamos, disparábamos tiros al aire y ellos, casi siempre nos contestaban. Por suerte no nos acertaban. Al otro día, veíamos animales muertos sin que se los hubieran llevado ni cuereado ni siquiera haberle sacado las cornamentas a los que las tenían. Mataban por el gusto de, tal vez, contarle a sus amigos que habían sido los “héroes”. Viviendo aquí en Olavarría, escuché a algunos que relataban sus aventuras por aquellos lugares gozándose de sus mal dadas cacerías.
Donde hoy vivimos, a la vera de la ruta 76 que la llaman 51 no se porqué, otros amantes de la caza indiscriminada, sobretodo en los tiempos de veda, sin ninguna consideración ni respeto, entran en los campos privados ya sea de día como de noche para matar animales indefensos. Algunas veces, los hemos visto como matan a sus presas desde sus coches en movimiento o parándose en las banquinas sin darles oportunidad de que corran o emprendan su vuelo. Son muy machos y “machumenos” se comportan como tales con la más valiente cobardía.
Un día, unos 5 chicos de apenas 8 ó 9 años provistos de rifles tuvieron el tupé de entrar al lugar. “Adónde van” les preguntamos. Sin mirárnos nos dijeron que iban a cazar pájaros. “Aquí no” les advertimos. “Pero si no molestamos”. Contestaron. “Si matan animales sí”. “Se encogieron de hombros y pretendieron seguir adelante. Nos interpusimos y les exigimos que se fueran. Nos miraron con fastidio y rabia y salieron mascullando palabras irreproducibles como buenos mal educados. Los “papis”, tan mal educados como ellos, esperaban en el auto sin intervenir. No bien los chicos, abordaron el coche, salieron altaneramente a gran velocidad como si quisieran decir “Y a mí que me importa”. Lo importante fue que los pájaros se salvaron.
Otro día un personaje adulto se metió en el predio sin permiso para colocar, alegremente, unas trampas para pájaros sobre los árboles interiores. Le llamamos la atención y le dijimos que allí no se podía hacer eso. Nos replicó que él era libre de poner esas cosas donde quería. “Si- le dijimos - pero si lo hace fuera de aquí”. Refunfuñando toda clase de maldiciones, sacó las trampas y se fue con cajas destempladas para otro lugar lejos de allí. Una vez más se salvaron los pájaros.
Un día 3 individuos venían cruzando el campo lleno de vacunos con armas bajo el brazo.
Los llamamos y le dijimos que allí no se podía cazar. Autoritariamente un tipo mal entrazado nos dijo. “Yo soy policía y es tiempo de caza”. Le respondimos “Sí pero aquí hay hacienda y se la puede lastimar”. Maldiciendo salieron del campo. Estos personajes abundan en la fauna nacional. Creen que la placa los autoriza a transgredir las leyes y las normas de convivencia ciudadana. Estos hacen honor al anagrama sobre la palabra argentinos ya que son unos perfectos “ignorantes”. Hay algunos que, equivocadamente, suelen denominarlos como animales y la verdad que están errados ya que, los bichos, son muchos más generosos que esos badulaques.
Antiguamente los nativos de estas tierras cazaban para comer. Hoy, salvo algunas honrosas excepciones, se caza para hacerse ver de que son muy machos, capaces, certeros y grandes personajes de la fauna nacional. Otros, para vender las presas arruinando el ecosistema por la forma indiscriminada con que lo hacen sin guardar las pautas de reproducción. Ya en los campos casi no hay perdices, ni martinetas, ni liebres, sólo quedan alimañas, unas que alimentan a los chimangos y otras que vienen caminando en dos patas depredando todo sin tener la más mínima inteligencia para saber medir las consecuencias de sus irresponsabilidades. De ésta manera la fauna se perjudica estúpidamente.
Los que amamos a la naturaleza, sentimos gran pena por todo lo que estamos perdiendo día a día en manos de esos personajes irresponsables a los que ninguna autoridad sabe ponerle coto y por ello se mueven con total impunidad y desvergüenza. Dios quiera que alguna vez todo cambie y volvamos a vivir la alegría de poder gozar a la naturaleza rodeándonos con todos sus habitantes animales, vegetales y humanos sin la interferencia de individuos malignos. Que así sea.

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