La soledad es un estado, llega
a nuestras vidas,
entra, sale, a veces se instala y otras decide quedarse,
Siempre y cuando le concedamos el espacio para hacerlo.
Hay quienes eligen vivir
en soledad,
simplemente por gozar de ella,
logrando disfrute y plenitud.
Son, los que alcanzan verdadera paz interior.
Hay quienes se refugian
en la soledad
por temor a dar y a recibir
incapaces de romper sus cadenas internas.
Otros, por miedo a ser heridos
levantan muros, olvidando que están vivos
Alejando toda posibilidad de sufrimiento.
Son, los que con pesar llevan a cuestas su soledad.
Podemos estar o sentirnos
solos,
la diferencia es abismal y depende de nosotros.
Estar o no estar es una decisión personal;
muchas veces, aún acompañados se abre esa grieta
permanecemos distantes, tristes y angustiados.
Caemos muy despacio, al vacío de nuestra propia soledad
entonces, aparece el miedo, una potente alarma
se activa en lo más profundo de nuestro ser
frenando toda acción, totalmente paralizados
buscamos refugio en esa pequeña isla interior
con la esperanza de abrigo y amparo.
Así como entendemos
que al negar palabras
abrimos grandes distancias,
debemos ser capaces de revelar
que en el fondo, nadie quiere estar solo....
Porque, así como la soledad contiene un espacio de dicha
el aislamiento conlleva inevitablemente al sufrimiento.
En ocasiones el amor puede dañar,
dejando huellas difíciles de sanar.
Una madre, sin quererlo puede herir a
su hijo varón,como la negligencia
de un padre ausente marcar un inmenso
vacío en su hija mujer.
En ambos, suele nacer ese miedo a la entrega,
a la entrega total, sin reservas ni limitaciones.
Cuantas veces, sin darnos
cuenta
invadimos, avasallamos, sometemos al otro
a nuestros tiempos y necesidades
sin conciliar, ni buscar consensos válidos
que nos permitan una relación de respeto mutuo.
Sólo si nos damos cuenta, podemos parar,
reflexionar, reconocer, recapitular
para luego perdonarnos, perdonar y pedir perdón.
Alejo... Alejas... todos tratamos de alejar
pensamientos recurrentes que afloran a la superficie,
se sumergen y vuelven a emerger,
en forma obstinada,parecen anclados
en lo más profundo de nuestra mente.
A duras penas logramos despojarnos de la ira
y del dolor,dejando atrás el sabor amargo
del resentimiento comprendemos
que todos somos viajeros,más allá
del abandono y de los caminos de extrañeza
nos percatamosque siempre habrá un mañana
y cada uno es libre de verlo a su manera.
Por eso, se me ocurre observar
a mi peregrino
en lo alto, cuidando esa rosa tan lejana,
como el “Rubio niño pastor, que
después de mucho andar y caminar
solo y triste se sintió”, siendo capaz
de dejarlo todo, para regresar
A su pequeño y ansiado hogar.
Así como el percibir, sentir y añorar
son simples abstracciones,
la imaginación me permite representar
Los tiernos rasgos del “Principito”
para poder entender lo que no tiene explicación.
¿Acaso? Existe algo
más inalcanzable,
puro e inmaterial que el “Principito”.
Un dulce personaje de ensueño,
que nos deja junto a su mensaje de amor,
esa sensación de irrealidad.
Pues, es muy difícil saber a ciencia cierta
si lo vimos o no, si lo conocimos o no,
si lo escuchamos o no, si lo entendimos o no.
Lo cierto, es que, de alguna manera interactuamos,
su valioso legado impregna nuestro corazón
de valores esenciales, ideales y generosidad.
Tal vez, producto de nuestra necesidad
de compartir, de trascender y de tocar
con manos propias, solo por un instante,
esos bellos y ensortijados cabellos rubios,
es que aguardamos con esperanza su eterno retorno.