La Provincia de Buenos Aires es la unidad
federada más hipertrofiada del mundo.
Con treinta y seis por ciento de la población
total del país, excede en términos absolutos a sus similares
brasileña (San Pablo, veintidós por ciento), alemana (Renania
del Norte-Westfalia, veintidós por ciento) y estadounidense (California,
doce por ciento).
Peor aún: la desproporción bonaerense entre población
y cantidad de provincias sobre veinticuatro provincias, cada una equivale
a cuatro por ciento es de nueve a uno. En tanto, la desproporción
de California es de seis a uno, la de San Pablo de cinco a uno y la
de Renania de cuatro a uno. A juzgar por el déficit o bancarrota
de Buenos Aires y California, el gigantismo no ha tenido efectos positivos.
Y sin embargo, la hipertrofia bonaerense rara vez aparece en la agenda
de quienes promueven la reforma política, quizás porque
intuyen que los defensores del status quo son demasiado poderosos.
La Provincia elige 70 diputados nacionales y, si se cumpliera la Ley
22.847 en función del Censo 2001, debería elegir 86, mientras
ningún otro distrito debería superar los 20.
Semejante desigualdad entre entidades políticas formalmente iguales
atenta contra el espíritu de la Constitución. Resulta
necesario estudiar alternativas para reorganizar territorialmente a
la Provincia. Porque es en ella donde se localiza la mayor parte de
los problemas diagnosticados respecto de la política, como la
sobrerrepresentación legislativa, las llamadas “listas
sábana” y la distancia entre ciudadanos y administración.
Alternativas de reforma
La recuperación del equilibrio federal requiere la división
de Buenos Aires.
Para ello no hace falta reformar la Constitución.
Si se divide en dos, la línea demarcatoria natural se ubicaría
entre la provincia metropolitana, constituida por el gigantesco conurbano
que rodea a la Capital Federal, y la provincia interior, caracterizada
por una superficie mucho mayor pero menos poblada.
Así, la provincia metropolitana (o urbana) contaría con
8.500.000 habitantes, mientras la provincia interior (o rural) albergaría
a los 5.000.000 restantes.
Alternativamente, y para disminuir aún más el gigantismo
del conurbano, éste podría subdividirse en dos distritos
que se repartieran equitativamente la población.
Los actuales habitantes bonaerenses se convertirían, de este
modo, en ciudadanos de tres nuevas provincias, cuyas autoridades estarían
más cerca y serían más accesibles.
La homogeneidad de las nuevas provincias tornaría razonable la
instalación de legislaturas unicamerales en cada una de ellas,
ya que no existirían desequilibrios demográficos o territoriales
que compensar.
A la vez, unidades más pequeñas facilitarían el
proceso de descentralización hacia los municipios, que asumirían
mayores atribuciones de recaudación y gestión sin prescindir
de la coordinación provincial. Por último, los partidos
políticos se beneficiarían ante la posibilidad de regenerar
sus vínculos con la sociedad a partir de un proyecto colectivo:
la construcción de una nueva entidad política.
Estrategias de reforma
Para llevar a cabo una reforma institucional no basta con elaborar un
bonito programa: la posibilidad de implementarlo es tanto o más
importante que la perfección de su diseño. Ello se debe
a que los cambios afectan diversamente a diferentes actores. Cuando
algún actor con poder para vetar la reforma considera que ésta
lo perjudica, es necesario procurar compensaciones que eviten su bloqueo
o alianzas que superen sus fuerzas. En el caso en cuestión, los
afectados son muchos y sería ingenuo menospreciarlos.
Los más perjudicados por la división de Buenos Aires son,
por un lado, los aparatos provinciales de los dos grandes partidos,
y por el otro, los sectores ineficientes de la administración
pública central.
Ninguna reforma es viable si atenta contra los intereses de quienes
deben decidirla e implementarla, por lo que la hipótesis de enfrentar
en bloque a los partidos y a la burocracia es irrealizable. Pero es
posible encontrar aliados en el interior de los dos sectores.
Dentro de cada partido existen importantes sectores y dirigentes que
podrían beneficiarse con la división provincial.
En primer lugar están los intendentes, sobre todo los justicialistas
del conurbano y los radicales del interior.
En ambos casos, estos representantes suelen percibir que los aparatos
partidarios provinciales los utilizan para juntar votos, pero no los
consideran a la hora de armar las listas de candidatos o definir políticas
de gobierno. A su vez, hay honestos dirigentes intermedios que verían
sus carreras políticas desbloqueadas si pudieran competir en
distritos de dimensiones razonables, en los que el gigantismo no obstruyera
a quienes no controlan el aparato.
También el gobierno nacional resultaría beneficiado por
la reforma, ya que la concentración de poder bonaerense pende
desde el siglo XIX como espada de Damocles sobre las autoridades federales.
Aunque los más beneficiados serían, sin duda, los ciudadanos:
los bonaerenses, porque recuperarían la capacidad de controlar
a sus gobernantes y administradores; y los demás argentinos,
porque sus provincias ya no serían de segundo orden en el esquema
federal.
Por ello, los ciudadanos constituyen aliados indispensables de una causa
que, para ser exitosa, necesita también de los políticos.
De nuevos políticos.