Regresaba a su casa bajo
un sol tenue de mediodía, ese sol distinto que entibia la sangre
pero que es menos picante y fuerte que el del verano. Volvía
del trabajo duro en la construcción. Un horizonte de quintas
y de silencio acompañaba su andar.
Sus pies rompían el oro de las hojas en donde el sol había
alojado sus rayos. El distante corazón de la ciudad se había
ido acallando poco a poco, y el zumbido lejano de autos fue perdiendo
frecuencia.
Se detuvo en la casa de unos vecinos en donde le pasaron el "diario
de ayer" y un gran frasco de higos en almíbar bañados
en la miel de su sabrosa madurez.
Ya cerca, desde su casa le llegó el ruido de sus hijos jugando.
Vio a su mujer por la ventana de la cocina, cortando una rebanada de
pan fresco de la panadería de siempre.
Antes de entrar a la casa se lavó cuidadosamente en la canilla
del patio. Refrescó su cara y refregó sus manos.
A los ojos del hombre le costó abandonar el ámbar del
mediodía del otoño olavarriense y adentro la casa era
una fiesta. Poco a poco fue reconociendo las formas, los olores y sublimando
lo simple. El mayor de sus hijos le sirvió un vaso de vino rojo
y fragante.
Sobre las mesa estaban dispuestos los platos: Un salamín traído
de Paula, y que mayo había apurado en una helada temprana, tomates
con orégano y ajo. Su mujer trajo una tortilla de papas y la
colocó, como un sol de utilería, a reinar sobre la mesa.
Le dolía un poco la espalda.
El hombre sorbió el vino y acarició un hijo. Se sintió
dueño de cosas e instantes que el hombre de las grandes urbes
no posee. Lo inundó una enorme felicidad.
La familia se sumergió en un ritual.
Y el parroquiano de la Fonda de Don Julián, que escuchaba atentamente
mi relato, se deshizo en frases halagüeñas: "¡Maestro,
no es por tirarle flores, pero usted sí que da cátedra
del buen vivir y hace bello lo simple!. Bueno, ahora me voy porque la
patrona me espera para cenar".