Vivir y nacer en la Argentina tal vez,
pueda pensarse, tiene como glorioso destino la adquisición de
un diploma de supervivencia que nos premie luego de corcovear los vaivenes
de la historia.
Cuentan los memoriosos que años difíciles hubo desde hace
mucho, y que levantarse con cada sol muchas veces era enterarse de noticias
de cambios drásticos.
Pero quizá como nunca esta época, nos muestra de manera
tan patente las consecuencias de años de injusticia, de endeudamientos
y endeudadores profesionales, de intereses particulares pisoteando sueños
colectivos, en síntesis, de falta de amor.
Tan sólo la palabra amor y su carencia pueden explicar muchas
cosas. Porque sentir amor es sentir devoción por la tierra en
donde está la ascendencia y la herencia, por nuestro país
que tanta admiración debería provocar. Amar es sentirse
comprometido con el pasado y el futuro de la nación.
No existe, al día de hoy, ningún ser vivo que se mantenga
aferrado a la vida si no siente que lo aman.
Todo ser vivo necesita ser amado o al menos pensar que se es amado,
que se es alcanzado por el afecto familiar, por el afecto de la pareja,
o por el afecto que cada cual considere propio. Con la Argentina sucede
exactamente lo mismo, es un proyecto vivo, manifestado en personas de
carne y hueso, pero que por mucho tiempo no se ha sentido amado: ¿será
por eso que se ha estado muriendo?.
Es el tiempo del amor, un tiempo que debe comenzar y no detenerse, porque
además el amor se retroalimenta e inflama los corazones.
Es el tiempo de un amor que debe ir desde las raíces más
profundas de la sociedad hasta la dirigencia de todos los sectores,
hasta alcanzar a aquellos que quizá nunca se sintieron identificados
con nuestro destino compartido.
Pienso a veces en aquel gran escritor que fue Ricardo Rojas, cuando
definió a la Argentina como un país en donde la naturaleza
construye durante la noche lo que los hombres destruyen durante el día.
Estoy seguro de que el ciclo de los destructores ha terminado, que las
consecuencias de la destrucción se pusieron en evidencia como
nunca antes en la historia, esto es lo novedoso y esto es lo que anima
a pensar que la conciencia argentina, después de lo vivido, se
elevará hacia un nivel superior.
De Borges, un escritor universal que supo ser muy crítico de
la política y la historia argentina, quien podría imaginar
que haya dicho “nadie es la Patria, pero todos debemos/ ser dignos
del antiguo juramento/ que prestaron aquellos caballeros/ de ser lo
que ignoraban, argentinos./ De ser lo que serían por el hecho/
de haber jurado en esa vieja casa./ (...) Nadie es la patria, pero todos
lo somos./ Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, ese límpido
fuego misterioso”.
Ese límpido fuego misterioso es el amor: el amor por la Argentina
de carne y hueso, por los rostros anónimos que nos son familiares,
por un país que todo lo emprende, que todo lo espera.
(*) Sociólogo. Graduado en la Universidad
de Bs. Aires