Nº 090 - De Pronto , ¡Blumberg! – Octavio F. Oliva |
Todo estaba en orden para el gobierno de la Nación y tranquilo para el provincial. La popularidad del presidente se mantenía en sus niveles de excepción, pese a todo. Kirchner lo tenía a Solá para descargar en él sus conflictos de seguridad. Solá estaba tranquilo porque lo tenía a Rivara en Seguridad, y la sociedad entera seguía en su estado de expectación permanente, a la espera de algo que sacudiera la modorra general. De pronto, ¡Blumberg! ¿Qué fue ese apellido que ocupó la mente y los sentimientos de la gente? El de un joven de 23 años de edad salvajemente asesinado luego de uno de tantos secuestros cotidianos. Ese crimen habría seguido el mismo camino que los demás, después de estar en los titulares un par de días hasta que otro atractivo ocupase la escena llevándose la atención, sin que ese indolente cambio de objetivo mental alivie el dolor, la bronca y la desazón de una familia destrozada. Porque nadie, ni las autoridades competentes (¿?), asumen que los integrantes del cercano entorno familiar y de allegados de cada asesinado son, también, víctimas del mismo hecho que tan pronto se transfiere al olvido y la indiferencia. Para el gobierno de la Nación era una cuestión de Solá. Para Solá era una cuestión de Rivara. Para Rivara, un expediente más. Así fueron las transferencias en cada caso. Pero de pronto, otra vez, ¡Blumberg! Ahora en la imagen de un padre no lloroso, no blasfemo, no vengativo ni resignado, sino en la de un hombre dispuesto a cambiar toda esa rutina infame. Apareció en los medios llamando la atención por el dominio que exponía de sí mismo, de su dolor y la pena por la pérdida injusta y cruel de un hijo todo una promesa de hombre de bien-, el único, Axel. Y tras esa visión de una persona equilibrada y sensata vino lo demás: su discurso de conceptos certeros y punzantes dirigido a mover las fibras del alma y disponer el ánimo para emprender una cruzada con una consigna definida: que los resultados deseados se produzcan de inmediato, sobre caliente y sin que otra vez el reclamo se pierda en los vericuetos del olvido oficial y de la burocracia. Ni siquiera pedía Blumberg el esclarecimiento del asesinato del joven Axel, porque había que ir más lejos que ese trámite que no es, por lo que la experiencia y el conocimiento de los hechos indican, lo más importante. Porque se podrá determinar con más o menos seguridad quiénes fueron los culpables del salvaje hecho sin que ello signifique algo consistente para el resto de la comunidad. Porque la impunidad o la levedad de las sanciones o las negligencias de los jueces distraídos dejan muy pronto en aptitud de reincidir a los violentos delincuentes. Blumberg salió de su dolor para contemplar una sociedad que vive en la inseguridad, como resignada a una situación irremediable. Y vio también que estamos en un país donde hay un digesto nutrido de leyes que no se cumplen, de otras que fueron superadas por los tiempos y la evolución general, y de otras que aún no fueron sancionadas por lenidad de los gobiernos y la ineptitud de sus legisladores y magistrados. Ante esas visiones concibió la idea de motivar a la comunidad para un levantamiento pacífico, destinado a exigir que se cumplan las leyes adecuadas a esta realidad, que se reformen las que lo requieran y que se sancionen las que hagan falta para que la población viva en estado de seguridad compatible con la dignidad de la existencia. Con esa convocatoria, un día el país entero se sorprendió de sí mismo: una multitud sin precedentes adhirió a esa propuesta y protagonizó una verdadera epopeya popular. Pero si la comunidad vivió el asombro de verse a sí misma saliendo de la pasividad y en una marcha de protesta pacífica y solidaria, mucho más golpeó en la conciencia de las dirigencias políticas, sindicales, sociales y demás esa congregación enorme que en silencio, en orden y ensimismada reclamaba, con la fuerza incontenible de lo que se respalda con justicia y en hartazgo de esperar en vano, la atención de los poderosos. Y fue entonces cuando el elenco oficial de la Casa Rosada, estremecido, advirtió que no era esta vez el centro de la atención admirativa sino del más contundente reclamo popular. Y entendieron que esta vez no podría haber indiferencias, ni olvidos, ni distracciones. El gobierno venía de una serie de frustraciones y contratiempos que el periodismo había señalado, ahora sin maquillaje informativo. Menos de 10 mil personas lograron juntar y llevar- a las cercanías del Congreso cuando el presidente leyó el mensaje de apertura de las sesiones. 24 días después, menos de 20 mil acudieron al predio de la ESMA, los que después de la alocución presidencial realizaron la sesión de vandalismo, destrucción e irreverencia cultural que tal vez sólo admitirá parangón en la de aquella lejana noche de 1955, cuando las hordas profanaron, saquearon, destruyeron e incendiaron las pertenencias culturales del Jockey Club y las iglesias y santuarios de la Capital. Menos de 20 mil asistentes para un acto preparado con tanta previsión que hasta incluyó un prólogo de retiro de cuadros que será famoso en los anales de lo anodino y fútil no fue, con toda certeza, lo que esperaban los organizadores. Después vendrían los coletazos negativos en los comentarios y análisis de los medios de comunicación más serios y reconocidos, en los que el elogio, el aplauso y la aprobación entusiasta estuvieron totalmente ausentes. Había terminado un mes conflictivo para el alto establecimiento político, pero abril vino con esa muchedumbre convocada por un desconocido, un hombre común, él y sus convicciones, su equilibrio emocional y clara concepción de lo que se impone realizar para mirar hacia un futuro mejor, más justo, más previsor, protegido por los instrumentos y las instituciones creadas para ello. Con eso, solamente, ese desconocido logró lo que no había sucedido en diez meses: acallar la voz del presidente y las de sus corifeos; sacarlos a todos del tablado en el que se movieron con tanta desenvoltura y desenfado para que fueran a recluirse en una suerte de anonimato provisorio. Por eso no giran hoy los altos decibeles del gobierno que expresaban, con su no se qué de desparpajo, afirmaciones muy infladas pero escasas de contenidos convincentes. Es que no fue la movilización de una chusma descontrolada, depredadora, manipulada a distancia, sino un reguero interminable de almas congregadas por la solidaridad, por la decisión de que haya un cambio para que termine tanto asesinato, tanta impunidad alentada por peregrinas teorías redentoras, al fin no más que complicidades propias de confusiones ideológicas que no tienen sitio en los países donde se vive, se trabaja y se proyecta en función del progreso y bienestar de sus pueblos. Y en cuestión de horas hubo resultados: legisladores que, avergonzados, encararon lo que por mucho tiempo quisieron ignorar guardándolo en cajones y carpetas. Y el relevo de Rivara, el ministro que no debió designar Solá, ni debió aceptar nunca, por decoro y sensatez, el mismo Rivara. Y no debe haber tregua hasta que se llegue hasta donde fuere menester para recomponer la vida en seguridad. Hay que cuidar este movimiento, porque proviene desde la conciencia y los sentimientos de la gente común; porque ya asoman los indicios de resistencia y rechazo inspirados en hipótesis que dejaron que el crimen anule los esfuerzos por felicidad y alegría de la gente, y el arrinconamiento entre rejas de cada domicilio como única protección del hogar y las familias. Hay que cuidarlo de las reacciones propias de la clase política mezquina, porfiada y bizca que se entretiene mirándose el ombligo como si ahí estuviese el centro del mundo y las preocupaciones. Hay que cuidarlo incluso del gobierno, que no admitirá pasivamente este impulso movilizador extraño a sus planes, y de los funcionarios que medran en sus aislados despachos y ya se atreven a negar la entidad espontánea, popular y bien intencionada que en su primera expresión dejó explícitamente definida. Y hay que cuidarlo a Blumberg de la posibilidad de que el periodismo de sketch televisivo se lo chupe, para confundirlo entre los escandalosos virajes de los Soldán y tantos otros, que sirven bien para desviar la atención cuando es llamada por asuntos de interés y necesidad auténticos |
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