Lic. en Psicología
Los chicos necesitan autoridad y disciplina
pero también un tiempo para distenderse y sonreír. Hay
que enseñarles a disfrutar de las cosas sencillas y cotidianas
de la vida.
Toda educación para ser eficaz
debe estar enmarcada en un ambiente de cordialidad.
Los hijos tienen derecho a ser felices, a encontrar la paz y la alegría
que necesita el corazón humano.
Puede que estemos tan centrados en ayudarlos a portarse correctamente,
a adquirir buenos hábitos, que nos olvidamos que también
necesitan reír, y eso los ayudará a contar con recursos
para superar dificultades cotidianas.
Nuestros hijos han de ser capaces de enfrentarse a las situaciones problemáticas
de la vida, pero también han de ser capaces de recordar su infancia
como una época feliz, unos años de risas continuas (junto
a nuestra autoridad, que también es igual de necesaria). Y para
ello, hay que aprender a reírse en familia.
Ellos necesitan un clima hogareño en el que, habitualmente, se
esté de buen humor.
Este sirve para relajar un ambiente tenso y pone aceite lubricante al
engranaje de la autoridad.
Para ganarse el afecto de los hijos es necesario que los adultos colguemos
los problemas en el perchero al entrar a casa. Y lo mismo que nos proponemos
besar a nuestra pareja e hijos al llegar, también nos decidamos
a sonreír.
Estar de buen humor no cuesta tanto y, además, es mucho más
gratificante.
Hay que esforzarse por sonreír, aunque a veces se haga difícil.
Así acabará por enraizarse en el carácter un sólido
sentido del humor.
En definitiva los hijos aman a aquellos que tienen tiempo no solo para
enseñarles, sino para divertirse con ellos. Por lo tanto podemos
buscar miles de ocasiones que presta la vida para convertirlas en carcajadas,
es decir para reírnos con nuestros hijos. El ambiente risueño
es propicio a la confianza y a la confidencia. Quizá así
podamos entrar en intimidades que de otra forma nos serían vedadas.
El hogar debe ser atractivo para los hijos. Que produzca deseo de estar
juntos, en compañía de los padres y hermanos, así
no hará falta buscar saciar el hambre de felicidad en el bar,
en los viejos juegos, en la plaza, en la confitería, en la calle,
en los vicios.
Siempre hay momentos a lo largo del día que se pueden aprovechar
para hacer reír a los hijos, recordando anécdotas divertidas,
contando algún chiste, diciendo alguna frase ocurrente. No hace
falta gastar dinero para divertirse, pueden pedir a los niños
que organicen ellos una salida familiar, o una tarde especial. Hay que
enseñarles a disfrutar de las cosas sencillas y cotidianas presentes
en la vida. Hacer de un simple paseo dominical toda una aventura, disfrutar
de la conversación o de la preparación de una rica comida,
pero para todo ello, hay que pasarlo bien en familia.
También hay que dejarles claro que la vida no es solo reírse
a todas horas, hay situaciones (visitas, momentos de descanso, de estudio)
en las que hay que saber comportarse, respetando el silencio que necesitan
los demás, lo mismo que hay conversaciones que requieren seriedad
(por ejemplo, sobre los estudios, el trabajo, la actualidad, etc.)
Si realmente se capacita a los hijos para que vivan siempre alegres
a pesar de las distintas problemáticas diarias, y sepan encontrar
la felicidad para ellos y los demás, como padres hemos contribuido
a completar su formación.