Nº 090 - Estampas con aroma antiguo - Cuando se Hacia Buena Letra -
Retrovisor


Tinta líquida, plumas metálicas, portapluma o lapicera, papel secante, papel cuadriculado inclinado a la derecha. Con esos elementos se aprendía a escribir la letra caligráfica. En cada pupitre escolar existía un agujero en la parte superior derecha donde se calzaba un pequeño tintero de loza blanca, en el que se mojaba la pluma para escribir, esa pequeña pieza de acero de formas distintas, que permitía efectos de escritura diferentes. En la escuela era de uso obligatorio la pluma “palomita”, que tenía un corte a lo largo para regular el espesor del trazo. La pluma se encastraba en la lapicera, o portapluma, que las había de mil tamaños, materiales, colores etc. etc. El trazo ascendente era fino, en tanto el descendente marcaba el perfilado de la letra, debido a la presión de la mano que permitía una mayor descarga de tinta. Ese perfil o trazo grueso, más la soltura en las líneas curvas daba personalidad, elegancia y belleza a la letra manuscrita. Para evitar borrones o corridas de tinta y fijar los trazos, se usaba el secante, una cartulina esponjosa y blanda que al posarla suavemente sobre lo recién escrito la absorbía.
El fin de la escritura caligráfica lo determinó la invención del bolígrafo. Con él se terminaron las lapiceras, las plumas, el secante, los tinteros y las inevitables y a veces fatales manchas de tinta en las manos, en los cuadernos y en los guardapolvos, También se terminó la letra perfilada, porque el novedoso sistema no lo permitió y legó, en cambio, el trazo uniforme de la escritura a mano. Se terminaron aquellas “lapiceras fuente”, “estilográficas” que eran joyas y daban ciertos aires de “status” a quienes las poseían, y los tinteros que adornaban los escritorios con sus presencias a veces exageradas. Ya no hay más los tinteros “involcables” que tanto protegieron la ropa, las manos y las hojas de los cuadernos con su simplísimo sistema de retención del líquido delator.
Escribir con bella letra era una forma de distinción, de educación de la mano y de sentido estético. Pero era un trabajo lento, parsimonioso, que no va con estos tiempos de tanta velocidad. Esa caligrafía fue desplazada por el bolígrafo (la birome, ¡bah!) que, además de practicidad y limpieza, introdujo también la rapidez y el secado instantáneo, elementos de alta cotización en ésta nuestra era tecnológica.

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