Participé el año pasado,
en oportunidad de realizar una estancia de trabajo como becario en la
Universidad de Salamanca, España, de gigantescas manifestaciones
de protesta y me sentí rodeado por una multitud plural, parcialmente
concorde y parcialmente contradictoria. Había banderas de la
república española, viejas banderas anarquistas, símbolos
de organizaciones múltiples, carteles contra Aznar, contra Bush,
contra la globalización, a favor de los palestinos, de los iraquíes,
de los niños de todo el mundo, jóvenes, viejos y muchos
matrimonios con niños. Para mi sorpresa, se habían juntado
cincuenta mil personas en la Plaza Mayor de Salamanca; una ciudad que
no supera los ciento noventa mil habitantes.
La sociedad civil ya comenzó a influir en forma tímida
en la agenda internacional con motivo de la Cumbre de Río de
Janeiro de 1992 sobre el clima y el medio ambiente. Aquí, fueron
las organizaciones no gubernamentales las que introdujeron objetivos
y compromisos que los dirigentes debían debatir y aprobar o rechazar.
Después vinieron más cumbres, sobre la mujer o sobre la
población, y, posteriormente, la revuelta de Seattle y el movimiento
antiglobalización.
La sociedad civil es más que una idea, es un movimiento y un
despertar de las personas que se sienten interpeladas ante la injusticia.
Se trata de participar en movimientos organizados con objetivos muy
diversos: el voluntariado, tanto social como de medio ambiente y cultural;
los grupos de mujeres, las organizaciones de promoción de la
salud, la educación y el desarrollo, las microempresas, las cooperativas,
las asociaciones de vecinos, los movimientos sociales y toda una gama
infinita de maneras de agruparse para expresar las opiniones y participar
en acciones concretas que mejoren el bienestar de los pueblos, en lucha
por una sociedad más justa y solidaria para todos.
La crisis de la política y de los sistemas de representación
clásicos, el debilitamiento de los Estados nacionales y el aumento
de las desigualdades sociales dieron lugar a un torrente de protesta
cosmopolita y multinacional, que se expresa en varias lenguas, se comunica
a través de Internet y se organiza en forma de red. Aparece en
diferentes lugares del mundo (Seattle, Porto Alegre, Génova,
Florencia), a modo de réplica de las reuniones de organismos
internacionales o grandes foros empresariales como el de Davos, y puede
llegar a congregar a centenares de miles de personas en cada ocasión.
Sus banderas principales son el pacifismo, la preservación del
medio ambiente, una efectiva libertad de comercio, el desarrollo económico
sustentable, la igualdad social y la defensa de los derechos de los
inmigrantes, los consumidores y las minorías. El Social Forum
empezó como un rechazo a la globalización, y por eso dio
el nombre de no global. Pero con el tiempo se invirtió esa relación:
ya no se trataba de impugnar la globalización sino de plantear
una nueva globalización. De festejar la globalización
pasamos a la preocupación de cómo administrarla. De no
global comenzó a llamarse new global o neoglobal. La idea de
una "ciudadanía global" y de un cosmopolitismo de masas
caló muy hondo y puso de manifiesto la necesidad de generar alternativas
que permitan a la sociedad recuperar el control democrático sobre
las decisiones económicas y a los individuos -a muchos, a millones
de ellos- recuperar el control sobre sus propias vidas, esto es, su
autonomía.
Desde la protesta contra la globalización que se llevó
a cabo en Seattle, en diciembre de 1999, se han sucedido grandes actos
ciudadanos de protesta. Son movilizaciones semiespontáneas, flexibles,
en cuya organización intervienen centenares de grupos diversos
y desperdigados, pero capaces de concentrarse en actos simbólicos
de gran repercusión, que aprovechan internet y los celulares
para comunicarse, porque son tecnologías rápidas y baratas.
Demostrando así una capacidad organizativa inusitada de actos
simultáneos en todo el mundo.
La agitación ciudadana ha sido tan heterogénea y numerosa
que pocas personas recuerdan o han dado importancia al nombre de los
que dirigen las diferentes plataformas convocatorias. Pero lo que si
tienen presente son los dos factores que contribuyen al clamor social:
la exhibición escandalosa de poder militar por parte de EE.UU.
y la sensación de peligro ante la imposición de la ley
del más fuerte a nivel universal, y que de repente la gente se
siente poco representada por sus representantes.
Así las cosas, resulta sorprendente que tantos millones de personas
en el mundo dejen su sofá y su televisor y se vayan a algo tan
incómodo como una manifestación. ¿A qué
se debe? Quizás estemos asistiendo a un cambio de paradigma ciudadano.
Esto se vincula a algunos fenómenos sociales contemporáneos:
el aumento de las ONG y del voluntariado, los movimientos de desobediencia
civil, las manifestaciones antiglobalización, las muestras de
solidaridad y las manifestaciones contra la guerra en Irak. Son movimientos
de rebelión contra el destino, de afirmación del protagonismo
ciudadano, que rechazan los causes convencionales de participación
política, y que, por eso, mantienen relaciones contradictorias
con el sistema actual. Pero el núcleo de estos movimientos no
es ni violento ni revolucionario. Son movimientos de “objeción
de conciencia”, critican aspectos legales, económicos o
políticos que les parecen crueles o injustos. No pretenden, afortunadamente,
cambiar el sistema democrático. La características de
la manifestación llevada a cabo en la plaza de los Dos Congresos
pidiendo seguridad y justicia es clara prueba de esto.
Tal vez estemos asistiendo a un nuevo orden social. Algunos lo llamarían
desorden por su carácter transversal, multiclasista y multigeneracional,
y por su espectro ideológico abigarrado y su posible dispersión
más allá de su oposición concreta a la guerra.
En cualquier caso, el fenómeno de rebelión moral parece
paralelo a la formulación de un confuso nuevo orden internacional
aún no totalmente definido, que algunos llamarían desconcierto
de naciones porque se resume en que una potencia hegemónica impone
las reglas del juego. Una potencia ante la que no existe ningún
poder estatal o económico que pueda oponerse, sino una corriente
de opinión que certifique o desapruebe la legitimidad y la moralidad
de ese poderío y del uso que hace de él.
Una contestación moral y cívica de carácter universal
ha generado expectativas del nacimiento de una nueva conciencia social
y política que no tolera la ley del más fuerte para resolver
los conflictos. Quizás estemos dejando de creer en el destino
para empezar a creer que podemos cambiar el mundo. Se está construyendo
una sociedad civil mundial, cuyo impacto va aumentando. Por su interpelación
a las instituciones, por su trabajo de análisis, ella ha acelerado,
por ejemplo, la toma de conciencia sobre la relación entre la
globalización y el aumento de las desigualdades.
Vivimos en una democracia, que es un sistema que da el poder al ciudadano
y que le permite desinteresarse de ese poder. La representación
se interpreta como un descanso. Pero la democracia es un modo arduo
y exigente de vivir. No es un modelo vulgar sino noble. De aquí
la importancia de recrear y formar al hombre-ciudadano; una ciudadanía
con derechos y deberes, mas no una ciudadanía gratuita. Una democracia
más participativa suena como la reivindicación más
factible en una época en que las revoluciones han perdido base
ideológica sin que se haya apuntado alternativa para evitar los
problemas de pobreza, injusticia y representatividad que afectan a la
inmensa mayoría de los habitantes del planeta.
El que la ciudadanía se tome una siesta no quiere decir que todo
el mundo lo haga. La naturaleza odia el vacío, incluido el vacío
de poder. Y alguien estará ocupándose de nuestros asuntos
mientras nosotros dormimos. De vez en cuando abrimos el ojo y nos damos
cuenta de que hemos abdicado excesivamente de nuestra responsabilidad
y a menudo creemos que ya no hay remedio. Eso es lo que parece que está
cambiando. La sociedad civil quiere recuperar la iniciativa frente a
la sociedad política. Quiere participar de otra manera. Quiere
crear un mundo mejor. Por eso el eslogan de Porto Alegre era: “Otro
mundo es posible”. Claro está que este fenómeno
se da con diferentes matices de acuerdo a la sociedad y realidad nacional
de la que hablemos.
¿Se mantendrá esta actitud de rebelión contra el
destino? Posiblemente, no. Las fuerzas de la pasividad y la inercia
son poderosísimas. La guerra ocurrió a pesar de las protestas.
Después de mucho hablar del poder de la opinión pública,
al final resulta que el poder verdadero está en otra parte. Pero
para evitarlo hay que cambiar muchas cabezas y muchos corazones. Tenemos
no que vivir de simulacros, sino de acción. Debemos retornar
a una etapa creadora y activa. Hay esperanzas de que ello ocurra. Por
ejemplo a través del surgimiento de un nuevo concepto de solidaridad
que se expresa en la participación individual, en una solidaridad
directa, que, si no va contra el Estado (en cuyo accionar antes se centraba
el deseo de solidaridad), al menos marcha paralelamente a él.
Para que estos movimientos sean beneficiosos, deben, sin embargo, alcanzar
una conciencia reflexiva. Hasta ahora son heterogéneos y sólo
se unen para la protesta. Tras la movilización hay que ir a la
definición de alternativas. El ciudadano debe ver con claridad
por lo que lucha. De lo contrario, acabará desconfiando de la
anarquía “light” de las manifestaciones. En un mundo
de desconfianza generalizada, necesitamos ser capaces de generar confianza.
Lo primero es “echar en falta” algo; lo segundo “convencerse
de que ese algo es posible”, y lo tercero, empeñarse en
conseguirlo. Debemos fomentar este cambio de paradigma social y aprender
a trabajar simultáneamente para conseguir la felicidad personal
y la felicidad social y política. Seamos realistas y exijamos
lo que parece imposible y pretenden que es locura: poder político
para los ciudadanos y ciudadanas (pues es suyo) y una economía
al servicio de la inmensa mayoría.