Nº 090 - Turismo - Pensamiento Mágico - Alberto Tridone


Al pie de la sierra de Famatina, a 40 kilómetros al sur de Chilecito, se extiende una pequeña localidad de tres mil habitantes: Vichigasta, tan llena de creencias folklóricas que ningún avance científico le alcanza para calmar el miedo ancestral de su gente.

En esa región, el primer milenio de nuestra Era presenció una vigorosa expansión de pueblos sedentarios y agricultores de maíz que vivían en pequeñas comunidades, presumiblemente formadas cada una por unas pocas familias, gobernadas por un cacique. Trabajaban la tierra en común y guardaban parte de la cosecha en depósitos comunales. La gran preocupación era el agua.

El carácter permeable de las arenas y limos del lecho hace que muchos de sus cursos de agua, originados en las altas vertientes, permanezcan secos durante la mayor parte del año. Además, las altas temperaturas diurnas y la debilidad del manto vegetal contribuyen a acelerar la evaporación de las escasas precipitaciones.

No obstante, la construcción de obras hidráulicas permitió que muchos de los terrenos para cultivos sean abastecidos por un inteligente sistema de riego, que aún puede observarse en varias fincas de los alrededores. La “galería filtrante”, de origen prehispano, está compuesta por túneles excavados bajo el lecho del río, siguiendo su curso. Sus paredes filtrantes (las originales de maderas, las actuales de hormigón) tienen hendiduras por donde entra el agua para alimentar estanques superficiales construidos en cotas de nivel más bajas. El sistema se complementa con rústicos diques de piedras que retienen las crecientes por algún tiempo.

Cuenta la tradición que esos terrenos fueron adjudicadas de acuerdo con la participación de cada vecino en el desmonte y preparación del suelo destinado al cultivo. Ese “derecho”, sobre la propiedad de la tierra y el agua, se trasmitió por herencia hasta hoy.

Todo el noroeste de La Rioja tiene la impronta original de civilizaciones aborígenes como la de los Incas y Diaguitas, honradas por su extraordinaria cultura. Como lógica consecuencia, también heredaron sus creencias, costumbres y supersticiones. En Vichigasta es difícil encontrar a un lugareño que no haya vivido o escuchado historias que documentan las leyendas de creencias. Sus pobladores narran, en primera persona (como experiencia propia), historias sobre aparecidos, duendes, brujas y luces malas.

La impotencia ante la muerte, la fascinación por el milagro de la vida, la fertilidad, la lucha por dominar espacios adversos, se reflejan en una serie de mitos y leyendas, cuyos dioses se enfrentan por los principios del bien y del mal. En ese contexto, la existencia de personas que practican la hechicería, el curanderismo o, simplemente la demanda de recetas o amuletos para sobrellevar la vida cotidiana, es posible ante el difícil acceso de los pobladores a la información.

El imaginario colectivo todavía permite encontrar agazapado detrás de una piedra al terrible Miquilo, el duende pícaro y burlón que asusta a los niños que escapan a jugar, o ver a mujeres suspendidas en el aire entre las copas de los árboles: “Al atardecer, estaba regando el campo cuando empecé a escuchar un creciente zumbido. Cuando miré hacia arriba vi un pájaro con forma de mujer. Por el miedo, me quedé quieto hasta que la figura se perdió entre los árboles. Volaba lentamente en forma inclinada, con los brazos abiertos. No pude reconocer si era una mujer del pueblo”

Estos simples relatos, inocentes en apariencia, afectan el comportamiento de los vichigastenses. En la pretensión por neutralizar los poderes de las fuerzas sobrenaturales, muchas mujeres del pueblo, que cargan con la acusación de brujas, deben soportar desprecio y discriminación.

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