Sociólogo.
Graduado en la Universidad de Bs. As.
“La pampa suele ser, para un poeta,
Una invitación a mirar el cielo;
y para un niño una invitación a jugar al fútbol”
(Federico García Lorca, en una visita a la Argentina)
"Arrejón" es un vocablo
criollo que quiere decir "riesgo grande". Así bautizó
a su campo Don Alfredo Aramburu, seguramente acostumbrado a los grandes
desafíos, a tenidas difíciles, y a "riesgos grandes"
que suelen hacer yunta con las oportunidades.
Hoy, con su esposa María, Don Alfredo hizo de su establecimiento
rural, un lugar también dedicado al agroturismo. Esta actividad
comenzó a desarrollarse en nuestro país en los años
'90 y hoy es una práctica extendida en campos y estancias argentinas.
En Olavarría hay cuatro establecimientos campestres dedicados
a recibir turistas.
El auge de estos lugares suele estar asociado, como explica María
Aramburu, a la "necesidad de los habitantes de las grandes ciudades
de desconectarse y de encontrar, en el contacto con la naturaleza, la
paz y la tranquilidad deseada".
También el turismo extranjero suele gustar de esta modalidad
turística, pero las motivaciones suelen ser distintas a las de
los nacionales. Los extranjeros se ven atraídos por la llanura
interminable, su mística, y su tranquilidad. María cuenta
la historia de un matrimonio europeo que vino por trabajo a la Fábrica
de Loma Negra, y que visitaron “El Arrejón” con un
entusiasmo increíble por andar a caballo.
Es que el lugar ofrece la posibilidad de disfrutar de largas cabalgatas
en familia; pudiendo realizarse travesías hacia el Cerro "Dos
hermanas", que domina la vista desde la casa principal de "El
Arrejón", y al que María en persona suele guiar a
los turistas.
El predio ofrece, también, la bendición de la pileta en
verano, y el entretenimiento del fútbol, las bochas y el voley.
Entre mate y mate en el interior de la casa, pues los primeros días
del otoño y las últimas luces del día volvían
un tanto destemplada la charla al aire libre, los Aramburu fueron narrando
las historias de su campo y de su ya avanzado proyecto de turismo rural.
Fueron pasando las historias de Don Alfredo acerca de sus incontables
especies de árboles: fresnos, pinos, eucaliptos, cedros y ceibos,
que son el valor agregado del lugar.
María por su parte habla de los nueve caballos de paseo de los
cuales, señala, “a los turistas les encanta saber sus nombres”.
El hombre de la casa parece interesarse sólo en un overo oscuro,
que es su orgullo. Cuenta que en un acontecimiento llevado a cabo en
Luján, el caballo fue elogiado por Amalita; y aquel mismo día
andaba por allí el millonario norteamericano Rockefeller, quien
se dio el gusto de montarlo. Don Alfredo comenta con picardía
criolla: “quizá trasmita 'algo' el lomo de ese animal”.
En cada historia, en cada árbol, y en el aire de “El Arrejón”
hay algo que hace que todos los turistas que lo visitan se vayan contentos.
Inclusive aquellos que contratan el predio para la organización
de eventos tales como reuniones empresariales o casamientos.
Ya en el camino de regreso, a la derecha, Olavarría encendía
sus primeras luces, a la izquierda el sol se ponía en astillas
de fuego. Es que “El Arrejón” queda aquí cerca,
y hacia el lado donde el sol se esconde.
N. de la D.
“El Arrejón” es un emprendimiento comercial privado
del cual hay -por suerte- otros tres excelentes ejemplos en las pampas
de nuestro partido. Pertenecen a gente que ha sabido buscarle la vuelta
a la explotación turística. Sin dudas, Olavarría
tiene mucho para mostrar y quizás haya que hacer un curso de
convencimiento para los escépticos que piensan que aquí
no hay nada. Tal vez lo que sí hace falta es más gente
“corajuda” para hacer las inversiones privadas que son necesarias.
Ojalá así sea.